Los cerezas y otras imágenes que inspiran las frases dedicadas a lo más bonito de mi vida


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¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo echándote de menos, para variar. No te imaginas lo largos que se hacen los días sin ti. Siempre teníamos cosas que hacer juntos, conversaciones, paseos… Una simple sonrisa hacía que mereciera la pena levantarse de la cama y empezar de cero una y mil veces.

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¡Vuela alto! (el día en que Nacho volvió a Santa Catalina para quedarse en su mar)


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El libro de metal donde las cenizas de Nacho viajaron hasta Santa Catalina y donde están los recuerdos que allí le dejé.

¡Hola, papá! Te siento feliz. Feliz y libre. Libre como las gaviotas que esta mañana sobrevolaban por la playa de Deba, tu primer mar, el que cautivó por su infinita belleza y dejó preso tu corazón. Sigue leyendo “¡Vuela alto! (el día en que Nacho volvió a Santa Catalina para quedarse en su mar)”

La terraza con vistas a la sierra y una silla que siempre estará vacía


Tu terraza, papá, que ibas a pintar este año, pero que ya lo haré por ti para que siga igual de bonita.

¡Hola, papá! ¿Qué tal llevas el día? ¡Madre mía hay 20 grados y está terminando febrero! El tiempo está un poco loco. Desde mi habitación, a lo lejos, oigo reír y charlar animadamente a las vecinas en su terraza. Y sólo pienso lo feliz que estaría tú en tus sillas viendo de fondo la sierra de Béjar y con un rico aperitivo antes de comer.

¡Cómo disfrutabas allí! ¿Verdad? No había nada que me hiciera más feliz que cruzar la calle, verte asomado a la barandilla y que me saludaras desde arriba. Yo te lanzaba besos y aceleraba mi paso para llegar antes a dártelos en persona.

Tú me regalabas tu mejor sonrisa y cuando entraba en casa nos quedábamos un rato allí ‘cotilleando’ de quien pasaba por la calle o simplemente contándote cualquier cosa que hubiera sucedido en el rato que no te había visto.

Era tu lugar favorito para sentarte a leer en las noches de verano, siempre con tu buena cerveza fría al lado. Allí tenías tus flores, tus toldos, tus estrellas y la luna, a la que te podías pasar horas mirando sin cansarte.

Ahora soy yo la que la miro cada noche por si desde donde estás tú también la estás viendo y podemos cruzar nuestra mirada.

Cuando éramos muy niñas, y como el calor siempre pega fuerte en la época estival, te gustaba cogerte una colchoneta y una almohada y dormir allí con la única luz que llegaba desde las constelaciones estelares. Era un auténtico placer para ti hasta que, como niñas, se nos ocurrió ir a hacerte compañía. Y entonces la tranquilidad se convertía en una auténtica batalla campal por ver quién tenía el mejor sitio para descansar.

De madrugada, cuando las temperaturas empezaban a bajar, nos cubrías con una manta para que no cogiéramos frío y ya con los primeros rayos de luz nos llevabas a la cama, porque era hora de irse a trabajar.

Allí también vivíamos nuestras noches de San Lorenzo, contando estrellas fugaces y yo pidiendo deseos. Especialmente que las siguiéramos viendo muchos años juntos. Al final la vida fue bastante generosa, fueron más de cuatro décadas las que tuve la suerte de tenerte a mi lado, aunque para mí se me quedan muy cortas, porque me hubiera gustado que fueras eterno, mi vida. Te dejo porque estoy hecha un mar de lágrimas, mi boca reseca de tanto llorar y mis manos temblorosas. ¡Qué vacío tan grande!

Se me olvidaba preguntarte por los Óscar. Bueno, no. Por las estatuillas no. Sólo quería saber a cuál de tus dos ‘divas’ viste más guapa: Jennifer López (la Jenny, como la llamabas familiarmente) o Charlize Theron. Te dejo las fotos por si aún no las has visto.

¡Te quiero, papá!

Los platos de cuchara de mamá y el ‘bendito’ pollo asado


¡Hola, papá! Qué difícil es la vida sin ti. No te lo puedes imaginar. Perdona. Hoy no te he preguntado que cómo va todo por allí. Supongo que bien. Allí tendrás una panda de amigos con quien podrás tomarte un vino y un buen plato de cuchara, de esos que mamá te preparaba y tú te rechupeteabas los dedos.

Lo que te gustaba un buen cocido, un potaje (como el de la foto), unas alubias ‘pedorreras’, un arroz caldoso… Aún te imagino sentado en tu silla del salón esperando a que llegaran las dos de la tarde para saciar tu apetito.

Éramos los dos iguales en muchos de nuestros gustos o no gustos culinarios. Es imposible pasar por una tienda de pollos asados y no pensar en ti. Y en la que montábamos en casa cuando mamá y Marta querían comer ese ‘delicioso’ manjar que nos ponía el estómago del revés. Tú empezabas con tus arcadas y yo directamente ese día prefería hacer ayuno por lo menos hasta la merienda.

Y es que lo de comer con la cabeza nunca fue bueno, pero lo nuestro no tenía remedio. Nos pasaba exactamente si un día teníamos que hacer recados en el mercado y pasábamos por el mercado. Prohibido mirar si no queríamos pasar un mal rato.

¿Recuerdas nuestro viaje relámpago a Tanger? Este lo contaré otro día con más calma, porque fue de lo más divertido. Sólo recuerdo cuando el guía dijo que íbamos a uno de los lugares más típicos de la bonita ciudad marroquí. Y nada más entrar, y comenzar a ver las vacas, muchas de ellas cubiertas de moscas, cerraste los ojos, te agarraste a mí espalda y me pedista que te guiara (cual lazarillo) hasta la salida.

Lo mejor es que cuando llegamos al restaurante, nos tenían de menú pincho moruno y entonces fue el no va más. Menos mal que coincidimos con un amigo de estómago agradecido que se comió lo suyo y lo nuestro. Te quedaste con tanta hambre que al final te bebiste hasta la infusión. Y eso sí que me dejó alucinada, porque jamás te gustó ni eso ni el café.

Aquí estamos disfrutando de una primavera anticipada, que parece que termina el lunes, un sol que está dando vida a tus rosales y que hace los días tristes un poco más llevaderos. ¡Te quiero, papá! ¡Buen apetito!

La ‘loca’ que se baño en La Concha en pleno mes de febrero


Yo, el 15 de febrero, bañándome en La Concha, a diez grados de temperatura

¡Hola, papá! Hoy hace ya dos meses que te fuiste para siempre. Y todavía no me lo creo. Esta mañana me fui a pasear por tu calle, Alarcón, y te imaginaba por allí correteando, jugando a las ‘dreas’ (combates de tirar piedras) con los amigos y los que no lo eran tanto y haciendo alguna de las tuyas.

Hoy, también, hace un año que terminaba nuestro viaje soñado, el que te llevó a San Sebastián y a Deba. Y después de 3 días frío, lluvia y el típico tiempo del norte que te encantaba, el 15 de febrero amaneció con un solecito que poco a poco fue subiendo el termómetro hasta los 10 ó 12 grados.

Para tu sorpresa, en mi maleta había guardado mi bikini, porque tenía claro que después de cuatro años sin pisar la playa, en cuanto templara un poco me iba a dar un reconfortante baño en el mar (heredé el amor por ese gran río de agua salada de ti).

Creo que cuando me viste preparada para bajar a darme el chapuzón no dabas crédito a tus ojos. Y me dijiste que estaba loca. Sin embargo, saliste a tu terraza del hotel Londres para no perderte ese momento.

Y así lo hice. Llegué, me quité los leggins, la chaqueta de punto grueso y sin pensarlo dos veces me sumergí en el agua. A medida que iba adentrándome para saltar olas, dejaba de sentir los pies, las piernas, el abdómen, pero no importaba. Era mi momento de gloria. Sabía que no iba a volver al mar en mucho tiempo.

Regresé a la habitación y tú seguías sin dar crédito, aunque en el fondo sé que te daba un poco de envidia, porque tú también hubieras querido volver a sumergirte en las aguas del Cantábrico. Luego se convirtió en la mejor anécdota del viaje. Creo que se lo contaste a cientos de personas. Con una tremenda sonrisa en la boca.

Rebuscando en mi álbum particular, y con unas fotos espectaculares de la noche donostiarra, encuentro el texto que las acompañaba, en el que os daba las gracias a mamá y a ti por ese viaje mágico y pedía que ojalá lo repitiéramos pronto. De hecho ya tenías reservada tu terraza para volver ahora en abril.

Pero el destino es… diría que una palabrota, pero no voy a hacerlo. Me quedo con lo feliz que fuiste esos cuatro días. Mejor… que fuimos, porque yo estaba radiante viéndote en una tierra tan hermosa.

Termino ya poniéndote un poco al día de cómo andan las cosas por el país. Al final habrá elecciones el 28 de abril. En temas políticos no vamos a adentranos más, porque rompe el encanto de cualquier historia. Te dejo, mi amor. Recuerda que como te dije hace un año y te repito a todas horas ¡te quiero!

El niño de rizos dorados que rompía los huevos por el pasillo


¡Hola, papá! ¿Qué tal va todo? Por aquí otra vez disfrutando de un día casi primaveral en la que por primera vez he vuelto a bajar al Clínico para pedir el último informe médico sobre tu estancia allí.

Ahora mismo, preparando la medicación de mamá, me he vuelto a encontrar con la que era tu foto favorita. Una en la que apenas tenías un año, el pelo lleno de bucles dorados y unos ojos enormes. De tu mano llevabas un peluche y siempre que la veías comentabas lo mismo: “No me digas que no el niño más guapo del mundo”, a lo que yo respondía afirmativamente con una sonrisa.

Realmente eras un niño adorable, aunque por lo que me contaste algo travieso. Como llegaste extraviado, pues te sacabas 10 años con Ángel, el tercero de los cuatro hermanos, te convertiste en el auténtico terremoto de la casa. Supongo que además malcriado por el resto de la familia.

Entre nuestras miles de conversaciones, alguna vez solías hablar de tu niñez, y por lo visto eras un pieza de cuidado. Alguna mañana de estas que estarías aburrido en casa, no se te ocurrió otra cosa que abrir la nevera.

Encontraste el ‘juguete’ perfecto para matar el rato: una docena de huevos. Y por circunstancias de la vida, un martillo. Así que no te lo pensaste dos veces. Fuiste distribuyéndolos por el pasillo según mejor te parecía y al mismo tiempo que los colocabas, le dabas un martillazo.

Puedo imaginar la cara de la abuela cuando viera el desaguisado. Y más teniendo en cuenta que no eráis una familia de grandes recursos económicos, sino más bien humilde.

Nunca me lo llegaste a confirmar, pero supongo que tu madre, Crispina Piedad (sí, sí, seguro que muchos cuando lo lean piensan que se trata de un error tipográfico, pero ése era el verdadero nombre de la abuela) te pondría un buen castigo o te echaría una buena regañina, pero la felicidad del momento no te la quitó nadie. ¡Qué trasto eras, fuiste y lo sigues siendo! Porque hay veces que estoy en casa y se me cae algo o se rompe cualquier cosa y directamente pienso que has sido tú el culpable.

Por cierto, aunque te dije que no iba a hablar mucho de política, pero que el país estaba un poco revuelto, en principio habrá elecciones generales el 14 de abril, el día de la República, el día de tu uña pintada de rojo, morado y amarillo, que este año me pintaré yo.

Bueno papá. Te dejo. Es hora de ir al gimnasio a pasar un rato con los amigos e intentar olvidar por unos minutos la pena inmensa de saber que no estás. Gracias por abrirme los ojos sólo hace unos minutos con eso que sólo tú y yo sabemos. ¡Te quiero infinito