Las noches de luna llena y las patatas caldosas que preparaba con todo mi amor


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¡Hola, papá! ¿Cómo estás? ¿Y mamá? Por aquí todo tranquilo. Hace un día de primavera, con sol, pero con una leve brisa invita a ponerse el abrigo. Miro Facebook. Es una red social donde siempre encuentras recuerdos entrañables de otros años. Sigue leyendo “Las noches de luna llena y las patatas caldosas que preparaba con todo mi amor”

Los cerezas y otras imágenes que inspiran las frases dedicadas a lo más bonito de mi vida


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¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo echándote de menos, para variar. No te imaginas lo largos que se hacen los días sin ti. Siempre teníamos cosas que hacer juntos, conversaciones, paseos… Una simple sonrisa hacía que mereciera la pena levantarse de la cama y empezar de cero una y mil veces.

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¡Vuela alto! (el día en que Nacho volvió a Santa Catalina para quedarse en su mar)


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El libro de metal donde las cenizas de Nacho viajaron hasta Santa Catalina y donde están los recuerdos que allí le dejé.

¡Hola, papá! Te siento feliz. Feliz y libre. Libre como las gaviotas que esta mañana sobrevolaban por la playa de Deba, tu primer mar, el que cautivó por su infinita belleza y dejó preso tu corazón. Sigue leyendo “¡Vuela alto! (el día en que Nacho volvió a Santa Catalina para quedarse en su mar)”

La terraza con vistas a la sierra y una silla que siempre estará vacía


Tu terraza, papá, que ibas a pintar este año, pero que ya lo haré por ti para que siga igual de bonita.

¡Hola, papá! ¿Qué tal llevas el día? ¡Madre mía hay 20 grados y está terminando febrero! El tiempo está un poco loco. Desde mi habitación, a lo lejos, oigo reír y charlar animadamente a las vecinas en su terraza. Y sólo pienso lo feliz que estaría tú en tus sillas viendo de fondo la sierra de Béjar y con un rico aperitivo antes de comer.

¡Cómo disfrutabas allí! ¿Verdad? No había nada que me hiciera más feliz que cruzar la calle, verte asomado a la barandilla y que me saludaras desde arriba. Yo te lanzaba besos y aceleraba mi paso para llegar antes a dártelos en persona.

Tú me regalabas tu mejor sonrisa y cuando entraba en casa nos quedábamos un rato allí ‘cotilleando’ de quien pasaba por la calle o simplemente contándote cualquier cosa que hubiera sucedido en el rato que no te había visto.

Era tu lugar favorito para sentarte a leer en las noches de verano, siempre con tu buena cerveza fría al lado. Allí tenías tus flores, tus toldos, tus estrellas y la luna, a la que te podías pasar horas mirando sin cansarte.

Ahora soy yo la que la miro cada noche por si desde donde estás tú también la estás viendo y podemos cruzar nuestra mirada.

Cuando éramos muy niñas, y como el calor siempre pega fuerte en la época estival, te gustaba cogerte una colchoneta y una almohada y dormir allí con la única luz que llegaba desde las constelaciones estelares. Era un auténtico placer para ti hasta que, como niñas, se nos ocurrió ir a hacerte compañía. Y entonces la tranquilidad se convertía en una auténtica batalla campal por ver quién tenía el mejor sitio para descansar.

De madrugada, cuando las temperaturas empezaban a bajar, nos cubrías con una manta para que no cogiéramos frío y ya con los primeros rayos de luz nos llevabas a la cama, porque era hora de irse a trabajar.

Allí también vivíamos nuestras noches de San Lorenzo, contando estrellas fugaces y yo pidiendo deseos. Especialmente que las siguiéramos viendo muchos años juntos. Al final la vida fue bastante generosa, fueron más de cuatro décadas las que tuve la suerte de tenerte a mi lado, aunque para mí se me quedan muy cortas, porque me hubiera gustado que fueras eterno, mi vida. Te dejo porque estoy hecha un mar de lágrimas, mi boca reseca de tanto llorar y mis manos temblorosas. ¡Qué vacío tan grande!

Se me olvidaba preguntarte por los Óscar. Bueno, no. Por las estatuillas no. Sólo quería saber a cuál de tus dos ‘divas’ viste más guapa: Jennifer López (la Jenny, como la llamabas familiarmente) o Charlize Theron. Te dejo las fotos por si aún no las has visto.

¡Te quiero, papá!

Los platos de cuchara de mamá y el ‘bendito’ pollo asado


¡Hola, papá! Qué difícil es la vida sin ti. No te lo puedes imaginar. Perdona. Hoy no te he preguntado que cómo va todo por allí. Supongo que bien. Allí tendrás una panda de amigos con quien podrás tomarte un vino y un buen plato de cuchara, de esos que mamá te preparaba y tú te rechupeteabas los dedos.

Lo que te gustaba un buen cocido, un potaje (como el de la foto), unas alubias ‘pedorreras’, un arroz caldoso… Aún te imagino sentado en tu silla del salón esperando a que llegaran las dos de la tarde para saciar tu apetito.

Éramos los dos iguales en muchos de nuestros gustos o no gustos culinarios. Es imposible pasar por una tienda de pollos asados y no pensar en ti. Y en la que montábamos en casa cuando mamá y Marta querían comer ese ‘delicioso’ manjar que nos ponía el estómago del revés. Tú empezabas con tus arcadas y yo directamente ese día prefería hacer ayuno por lo menos hasta la merienda.

Y es que lo de comer con la cabeza nunca fue bueno, pero lo nuestro no tenía remedio. Nos pasaba exactamente si un día teníamos que hacer recados en el mercado y pasábamos por el mercado. Prohibido mirar si no queríamos pasar un mal rato.

¿Recuerdas nuestro viaje relámpago a Tanger? Este lo contaré otro día con más calma, porque fue de lo más divertido. Sólo recuerdo cuando el guía dijo que íbamos a uno de los lugares más típicos de la bonita ciudad marroquí. Y nada más entrar, y comenzar a ver las vacas, muchas de ellas cubiertas de moscas, cerraste los ojos, te agarraste a mí espalda y me pedista que te guiara (cual lazarillo) hasta la salida.

Lo mejor es que cuando llegamos al restaurante, nos tenían de menú pincho moruno y entonces fue el no va más. Menos mal que coincidimos con un amigo de estómago agradecido que se comió lo suyo y lo nuestro. Te quedaste con tanta hambre que al final te bebiste hasta la infusión. Y eso sí que me dejó alucinada, porque jamás te gustó ni eso ni el café.

Aquí estamos disfrutando de una primavera anticipada, que parece que termina el lunes, un sol que está dando vida a tus rosales y que hace los días tristes un poco más llevaderos. ¡Te quiero, papá! ¡Buen apetito!