Los besos que me pedías cada noche y yo nunca te negaba


¡Hola, papá! ¿Cómo va todo por ahí? Tenemos un día soleado de invierno. De esos en los que te gustaba así pasar en la terraza con tu pijama de franela mientras que veías tranquilamente pasar la gente desde arriba.

Y yo salía y siempre te cogía por detrás y te regalaba un beso. Tú me cogías con mucha ternura y me lo devolvías con ese cariño infinito que te hacía especial.

Hoy, hablando de besos, y de que todo está lleno de cosas de San Valentín, me he acordado de nuestras noches. Llegábamos a casa, te colocaba tu manta caliente si era invierno y dos normales si era verano, porque siempre estabas congelado (creo que es cierto lo de manos frías, corazón caliente).

Y entonces yo iba a darte un beso de buenas noches y a contarte alguna tontería que se me ocurriera y te pusiera una sonrisa en los labios, especialmente si te veía algo triste. Cuando ya salía de la habitación, tú gritabas: ¡Patricia, un beso!

Y sin dudarlo ni un segundo volvía y te daba no uno, tres, cinco… los que hicieran falta. Como eras un poco ‘chantajista’, si en algún momento te decía que ya me decías que me imaginara que te morías esa noche y no te lo había dado. Y podía volver diez veces.

Cada día que pasa, aunque tengo rota el alma, me doy cuenta de que soy muy afortunada por haberte tenido un padre como tú, incluso de que fueras tan ‘chantajista’, porque te di tantos y tantos besos, que creo que nadie se merecía más que tú.

Es duro llegar cada noche y ver ese lado de la cama vacío y asimilar que ya no me vas a llamar para ‘robarme’ besos, pero confío, espero y deseo que nuestra séptima farola de la eternidad (eras mágico hasta para buscar el sitio donde quedar después de la muerte) exista y recuperemos todos los que nos quedaban por dar. ¡Te quiero, papá!