Mañanitas en ‘El padre putas’, Mette y sus caldos caseros ‘muy ricos’


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¡Hola, papá! ¿Has visto que bonita mañana ha amanecido? Quedan dos semanas para que oficialmente sea primavera, pero parece que este año se ha empeñado en adelantarse. ¿Cómo hace por allí? Espero que tengas atardeceres de ensueño para recrear tus cautivadores ojos grises. Sigue leyendo “Mañanitas en ‘El padre putas’, Mette y sus caldos caseros ‘muy ricos’”

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Un tipo afable que nunca se cansaba de aprender y buscar en el Archivo Municipal


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¡Hola, papá! ¡Vaya día que ha amanecido! Hace un frío que se mete por los huesos y además llueve. Y lo peor de todo es que tus gorras y tus guantes están aquí. Se me olvidó mandártelos en el pequeño equipaje que preparamos para tu último viaje.

¡Qué cabeza la mía! Espero que por allí alguno de tus amigos, cada día se van marchando más , por desgracia, te presten una, porque ya no recuerdo si te puse algunas monedas por si las necesitabas.

Mi espalda está regular. Ya te dije ayer que no es lo malo el masaje para aliviar las contracturas, sino las horas siguientes. Además, ha sido otra mañana de no parar. Ahora tengo muchas cosas que hacer, entre ellas cuidar a mamá y la verdad es que a veces siento que me faltan horas, especialmente para las gestiones administrativas.

Media mañana perdida en el centro de salud, otra media en Servicios Sociales y luego una visita al Archivo Municipal para un proyecto que ya te iré contando si sale bien.

Y claro, ya sabes que fue llegar allí y recordar las horas que pasaste sentado en sus mesas buscando documentación para el ‘Callejero Histórico Salmantino’. Hoy estaba vacío, pero cuando estaba mirando cada uno de esos rincones, apareció uno de los trabajadores por allí, que lógicamente se quedó extrañado por mi presencia.

Le expliqué que era tu hija y que estaba curioseando la sala porque tú ya no estabas y me gusta ver los sitios en los que tú eras tremendamente feliz. Enseguida me habló de tus libros, de la cantidad de tiempo que pasaste allí y lo que más me gustó es que dijo una gran verdad: “Tu padre era un hombre muy afable y simpático”. No veas la felicidad que se siente cuando la gente te recuerda como una persona así. Él mismo me explicaba que no es lo normal, que hay ‘cenutrios ‘ que ni tan siquiera saludan.

Amablemente me invitó a que volviera si algún día tenía que hacer alguna consulta. Y yo le respondí que si algún día me decido a seguir tus pasos y escribir un libro, estaría encantada de volver allí y ocupar uno de esos asientos.

Sé que me repito mucho, pero es que realmente es un orgullo que los que te conocieron tengan siempre buenas palabras sobre una persona tan increíble como tú, porque aquí no creo en ese epitafio que tanto te gustaba de Enrique Jardiel Poncela que decía: “Si queréis los mejores elogios, moríos”.

Hablando de muertes. Cuando abrí el buzón encontré la última carta del hospital, la de tu fallecimiento. Ahora toca actuar contra todos los que te llevaron al fatal desenlace. Y lo voy a hacer por ti. No sé de donde voy a sacar las fuerzas, pero lo voy a hacer. Tanto sufrimiento, tanto dolor, tantas horas de quirófanos, noches sin dormir, angustia, depresión… Para al final por un cúmulo de negligencias quedarme sin el amor de mi vida.

Te dejo, papá. Si te encuentras con tu admirado Gabo (Gabriel García Márquez) acuérdate de felicitarle, que hoy hubiera cumplido 86 años. Tápate bien esta noche, ya que yo ya no puedo hacerlo. Y recuerda lo que te digo siempre: ¡Te quiero, mi vida!

Mañanitas de domingo en la casa de tu infancia y juventud


Tú en el centro de la imagen cogiendo por el hombro a tus padres, Piedad y Enrique. Detrás, tus hermanos Ángel (izquierda), Enrique y Delia.

¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Hoy es Domingo de Carnaval y ya aprovecho para decirte que ayer en Miróbriga hubo dos heridos por asta de toro. Salamanca está casi vacía. Es época de vacaciones para los niños y mucha gente también se ha ido a disfrutar de esta fiesta que nosotros vivimos durante décadas.

Ya sabes que los domingos los aprovecho para darme paseos a esos lugares donde tu recuerdo permanece aún más vivo. Dejo que sean mis pies y mi corazón los que me sirvan de guía. Y así, caminando, lento, llegué a la calle Alarcón. Tu calle. Donde naciste, donde creciste y muy cerca de donde luego te dimos el último adiós.

El portal de la casa donde nació y creció mi padre, en la calle Alarcón.

Fui caminando hasta tu portal y toqué el timbre para ir a ver a Delia, tu hermana. Cuando abrió la puerta no nos hizo falta decir nada. Ella empezó a llorar y yo tampoco pude contener mis lágrimas. Nos fundimos en un abrazo y fue entonces cuando por mi cabeza comenzaron a pasar mil imágenes y mil historias.

En el salón siguen las mismas fotos que cuando íbamos de pequeñas a ver a la abuela, pero ahora las miro de forma diferente. Hubo una que me gustó especialmente, y que te voy a dejar aquí, porque sé que a ti también te gustará verte con tus padres y tus hermanos cuando tu eras un ‘mocoso’, eso sí, guapo a rabiar. Ya en la imagen destacaban tus inolvidables ojos grises.

Y viendo esa foto me vino a la cabeza una historia que me contaste decenas de veces. Y que hoy quiero compartir con todos los que siguen este pequeño tributo a Nacho, a mi ‘pituco’.

Cuando tú eras pequeño, evidentemente, las casas eran de planta baja. Y en la tuya había un patio, donde ya, a tan temprana edad, te gustaba tumbarte en las noches de verano para contemplar las estrellas, esas que ahora enciendes y apagas cada día.

La abuela, Piedad, había comprado un pollo para la comida del día siguiente. Y antes a los pobres animalitos los vendían vivos. Así que tu madre estaba en la cocina, cogió el cuchillo y le tenía que dar el corte en el cuello. Pero el ave quiso escapar a la muerte y saltó de la cocina para empezar una carrera en busca de la salvación.

Tú, que disfrutabas plácidamente del anochecer, oíste el ruido, pero lo que menos te imaginabas es que en su huída despavorida iba a pasar por encima de ti y te iba a salpicar con su sangre.

Después de ese momento, dudo bastante quién ganó la carrera hasta la calle. Desde entonces tú jamás volviste a probar el pollo. Es más, sólo con oír hablar de ese plato comenzaban a darte arcadas. Fue otra de las cosas que yo también heredé. Cada vez que en casa se pedía un pollo asado, colocábamos una especie de separador en la mesa, de suerte que no viéramos nada si es que queríamos probar bocado.

Ahora mismo sonrío imaginándote. Pero mis días son así. De sonrisas y lágrimas. Todavía más lágrimas que sonrisas. Pero es inevitable, papá. Cuando uno ama con la locura infinita con la que te quería y te quiero, el adiós definitivo es devastador.

Pero bueno. La vida sigue. No es lo mismo sin ti, pero no queda otra que seguir adelante. Acuérdate que tienes que ayudarme a elegir una portada para tu libro. Sé que en cualquier momento me vendrá una imagen a la cabeza y diré: “Esta”. Porque tú me las habrás puesto ahí.

Te dejo, mi amor. Que pases una buena tarde de música y chirigotas, de fiesta y de algarabía. ¡Te quiero, papá!

El ‘Tejerazo’, el tabaco y los discos que desaparecieron por unas horas


Antonio Tejero, en el Congreso de los Diputados, el 23 de febrero de 1981 (foto El País)

¡Hola, papá! ¿Cómo sigues? Supongo que disfrutando de esta primavera anticipada que va a estar otra semana más. Con lo friolero que eras, estarás encantado de ponerte un rato al sol desde tu terraza particular ahí arriba.

Hoy es 23-F, el día del ‘Tejerazo’, como tú mismo lo calificaste. Y quiero recordar con todos aquellos que leen la manera en la que vivimos aquella jornada.

A pesar de que han pasado la friolera de 38 años, me fluyen perfectamente las imágenes de aquella jornada. Era por la tarde, no había colegio o no habíamos ido porque Marta estaba con algo de fiebre y en el salón estaba puesta la radio, como casi siempre hacías a las horas en punto para enterarte de las noticias.

De repente se interrumpió la programación y comenzó a sonar música militar. Y entonces rápidamente pusiste la tele. Tampoco había emisiones. Sólo la carta de ajuste y más música militar.

Empecé a notar en ti un gesto de preocupación y a oír por primera vez en mi vida la palabra golpe de estado. No tenía ni idea de lo que era, pero tu manera de actuar me decía que algo no iba bien.

Estaba en casa una amiga jugando y su hermano apareció corriendo a recogerla. Las tías se presentaron de repente y fue ese momento en que tú aprovechaste para bajar corriendo al estanco a hacer acopio de tabaco, pues era la época en que fumabas dos cajetillas diarias.

Como siempre, tú intentabas tranquilizarme e intentaste explicarme de la forma más sencilla posible y comprensible para una niña de 8 años el por qué de aquel alboroto. Me dijiste que un militar había entrado en el Congreso de los Diputados cuando se estaba votando al que iba a ser nuevo presidente del país y que la intención de ese asalto era hacerse con el poder.

Te pregunté que si era algo malo, pero creo que no me quisiste asustar más. Con el tiempo me di cuenta de que aquello podía haber sido algo realmente grave.

No había noticias por ninguna parte. La música militar seguía sonando, tú fumabas con el gesto preocupado mientras que buscabas un lugar seguro para guardar algunos discos de cantautores reivindicativos, que sabías que te podían costar hasta la vida si aquello se consumaba.

Mi miedo iba creciendo cuando me asomé a la terraza y vi las calles vacías. Sólo pasaban tanques y tanques, que hacían un ruido que aún hoy llevo clavado en mis oídos.

La música militar en la radio fue dejando paso a algunas primeras y confusas informaciones, momento que aprovechaste para acompañar a tía a su trabajo al hospital. Eras muy valiente, papá. Mientras en casa nos quedamos esperando ansiosas y preocupadas tu vuelta.

Recuerdo que fue una noche larga, muy larga. También como Manuel Fraga gritaba que quería irse del Congreso y de aquella famosa frase “Quieto todo el mundo”, con la que Antonio Tejero irrumpió en el hemiciclo mientras que otras militares disparaban al techo para amedrentar a los diputados.

Todos se tiraron al suelo menos dos: Antonio Gutiérrez Mellado y Adolfo Suárez, que no dudó en poner su vida en juego para defender a su compañero cuando los golpistas le zarandearon para intentar tirarlo al suelo.

Poco a poco, pero ya de madrugada, y aunque me llevaste a la cama como cualquier otra noche, oía tu conversación con mamá y, por fin, la música militar cesó para dar paso al discurso del Rey donde decía que el intento de golpe de estado había fracasado.

Te fuiste a la cama tarde, cansado, exhausto por la preocupación de esas largas horas. Mamá y yo salimos por la mañana, tampoco hubo colegio ese día, y le dejaste encargado que te comprara ‘La Vanguardia’ y ‘El País’. Querías conocer los distintos puntos de vista de la prensa y conocer al detalle lo que había ocurrido para luego poder hablar con conocimiento de causa sobre lo que había pasado en una jornada que forma parte de la historia de España y que después nos contaste con detalle para que supiéramos lo que había pasado y también poder hablar de ello, valorar la libertad, la democracia… Qué fortuna haber tenido un padre como tú, siempre queriendo que fuera una hija que supiera de casi todo, menos de fútbol, pero como no nos gustaba a ninguno de los dos, no había mucho problema.

Voy a terminar diciéndote algo que seguro que te va a enorgullecer. La poca gente que todavía conoce el blog, me dice que escribo bonito. Yo sé que como tú no lo hacía nadie, pero me gusta. ¡Te quiero, papá!

La ‘loca’ que se baño en La Concha en pleno mes de febrero


Yo, el 15 de febrero, bañándome en La Concha, a diez grados de temperatura

¡Hola, papá! Hoy hace ya dos meses que te fuiste para siempre. Y todavía no me lo creo. Esta mañana me fui a pasear por tu calle, Alarcón, y te imaginaba por allí correteando, jugando a las ‘dreas’ (combates de tirar piedras) con los amigos y los que no lo eran tanto y haciendo alguna de las tuyas.

Hoy, también, hace un año que terminaba nuestro viaje soñado, el que te llevó a San Sebastián y a Deba. Y después de 3 días frío, lluvia y el típico tiempo del norte que te encantaba, el 15 de febrero amaneció con un solecito que poco a poco fue subiendo el termómetro hasta los 10 ó 12 grados.

Para tu sorpresa, en mi maleta había guardado mi bikini, porque tenía claro que después de cuatro años sin pisar la playa, en cuanto templara un poco me iba a dar un reconfortante baño en el mar (heredé el amor por ese gran río de agua salada de ti).

Creo que cuando me viste preparada para bajar a darme el chapuzón no dabas crédito a tus ojos. Y me dijiste que estaba loca. Sin embargo, saliste a tu terraza del hotel Londres para no perderte ese momento.

Y así lo hice. Llegué, me quité los leggins, la chaqueta de punto grueso y sin pensarlo dos veces me sumergí en el agua. A medida que iba adentrándome para saltar olas, dejaba de sentir los pies, las piernas, el abdómen, pero no importaba. Era mi momento de gloria. Sabía que no iba a volver al mar en mucho tiempo.

Regresé a la habitación y tú seguías sin dar crédito, aunque en el fondo sé que te daba un poco de envidia, porque tú también hubieras querido volver a sumergirte en las aguas del Cantábrico. Luego se convirtió en la mejor anécdota del viaje. Creo que se lo contaste a cientos de personas. Con una tremenda sonrisa en la boca.

Rebuscando en mi álbum particular, y con unas fotos espectaculares de la noche donostiarra, encuentro el texto que las acompañaba, en el que os daba las gracias a mamá y a ti por ese viaje mágico y pedía que ojalá lo repitiéramos pronto. De hecho ya tenías reservada tu terraza para volver ahora en abril.

Pero el destino es… diría que una palabrota, pero no voy a hacerlo. Me quedo con lo feliz que fuiste esos cuatro días. Mejor… que fuimos, porque yo estaba radiante viéndote en una tierra tan hermosa.

Termino ya poniéndote un poco al día de cómo andan las cosas por el país. Al final habrá elecciones el 28 de abril. En temas políticos no vamos a adentranos más, porque rompe el encanto de cualquier historia. Te dejo, mi amor. Recuerda que como te dije hace un año y te repito a todas horas ¡te quiero!

Los rosales marchitos que revivieron en el día del amor


¡Hola, papá! ¡Feliz día de los enamorados! Aunque para nosotros San Valentín era siempre. Y es que hay muchas clases de amor. Uno se puede enamorar de una flor, de una canción, de un vestido, de un paisaje, de un libro o de unos ojos.

Lo único que he tenido claro después de muchas experiencias fracasadas intentando encontrar al ‘príncipe azul’ es que el amor verdadero, sin fisuras, sin interés, el que se sin esperar nada a cambio es el que te dan tus padres. Y en tu caso y el mío, Cupido lanzó la flecha y dio de pleno en nuestro corazón.

Como tú decías siempre que San Valentín era el día del comercio, porque todo el mundo se vuelve loco buscando algo que regalar a sus parejas, yo, en este primer año que nos toca vivirlo por separado, he querido darte una sorpresa especial.

Seguro que no hace falta que te la cuente, porque la habrás estado viendo y te estarás riendo todavía. La terraza de casa siempre fue tu paraíso. Allí plantaste muchos rosales para que en verano las flores le pusieran un toque de color a ese lugar en el que nunca te cansabas de salir si asomaba un rayo de sol.

El año pasado, por pereza, y porque es cierto que tus piernas no estaban al cien por cien, los dejaste sin podar. A pesar de todo, las rosas siguieron brotando. Y cada primavera, cuando salía la primera, la cortabas y me la llevabas a mi habitación. Y yo te abrazaba con fuerza y te decía, como siempre, te quiero.

Bueno, pues esta mañana, complicada sin el amor de mi vida, y con la chica nueva que nos ayuda en las tareas domésticas, te he podado tus rosales, Ahora, como verás en la foto, están un poco feos, pero en unas pocas semanas comenzarán a echar brotes y cuando llegue mayo seré yo la que corte esa primera rosa y te la regale a ti.

Mi inexperiencia y mi torpeza a la hora de realizar estos trabajos de jardinería han dejado mis manos con más de alguna marca de los pinchos de tus plantas y tengo agujetas de limpiar la maleza que había crecido en la tierra. Pero aún así, pelones, lucen de otra forma.

Ahora sólo hay que ponerles un poco de cariño y regarlos con frecuencia para que este trabajo no haya sido en vano,.

También imagino que no te habrás olvidado que el año pasado, justamente hoy, fue tu esperado reencuentro con el primer mar, el de Deba, y que cuando llegamos al hotel Londres, en San Sebastián, nos habían dejado encima de las camas unos paraguas y unas chocolatinas con corazones que aún conservo.

Qué último San Valentín tan mágico vivimos, papá. El que te merecías. El que sólo pueden disfrutar como disfrutamos dos personas que saben lo que es al amor verdadero, el amor de un padre a una hija y viceversa.

Aunque ya no estés a mi lado mi corazón sigue latiendo con la misma fuerza cuando veo nuestras fotos. Pero no hay besos, no hay abrazos y no hay ojos grises que me miren embelesado y me digan ‘qué ojones tienes’.

¡Ay, papá! Qué difícil es esto. Por un parte tengo la satisfacción de que ese día 14 de febrero de 2018 estuvieras en el lugar donde siempre fuiste feliz, pero por otra te echo tanto de menos… Voy a cuidar de esas plantas para que nunca vuelvan a marchitarse, para que den las rosas más hermosas y para que tú veas tu terraza más bonita que nunca. ¡Te quiero, papá! Hoy y siempre.

Por San Blas y el resto del año la cigüeña verás


¡Hola, papá! ¿Como sigues? Sé de sobra que no te has olvidado de que hoy es San Blas. Un día en el que las protagonistas las cigüeñas, esas aves cuyo vuelo te embelesaba y a las que podías pasarte horas mirando.

¡Cuántas veces deseaste ser cigüeña para poder volar y ver desde tanta altura tu amada Salamanca! Seguro que desde el cielo, incluso, las puedes acariciar con esas delicadas manos que también agarraban las mías cuando juntos veíamos algún nido.

Y ese amor por las cigüeñas se convirtió en una auténtica locura. Como nunca sabíamos qué regalarte por tu cumpleaños o por el día del Padre o simplemente por que sí, porque eres el mejor papá del mundo, hizo que ahora tu casa siga llena de ellas. En la terraza, colgadas en tu despacho, en tus camisetas…. Si es que es imposible recorrer un metro sin que algo me recuerde a ti. He elegido la veleta que luce en nuestra terraza como porque sigue siendo una guía para mí, que siempre fui bastante torpe para distinguir los puntos cardinales, lo mismo que la derecha y la izquierda.

Así que por San Blas, como dice el refrán, yo he visto no una cigüeña, sino decenas. Ahora con el frío no me apetece mucho bajar para la zona antigua, pero me han dicho que por allí sí están. En realidad, como bien decías, creo que se quedan aquí prácticamente todo el año. Quizá porque saben que su vuelo mágico te fascina.

Seguro que recuerdas a Barsanufia, la cigüeña de madera gigante que te regalamos y que está en el taller de reparaciones otra vez. Le pusiste ese nombre porque fue un regalo de cumpleaños y tú naciste el día de San Barsanufio. Siempre dabas gracias porque tus padres no te bautizaran con el nombre del día (y yo también). Más que nada, porque como le contabas a la gente, luego hubieras acabado siendo Barsa. Igual a alguno le acabamos de dar una idea, pero nosotros pasamos de fútbol. De hecho la noche que nos decían que había partido importante, cambiábamos nuestra ruta para tomar nuestra cerveza o vino diario a un lugar sin televisión.

Pero como en 45 años y 24 horas al día juntos nos han pasado tantas cosas, se me ha venido a la memoria una tarde que bajábamos en mi coche a llevar a Barsanufia a la tienda de la calle San Pablo, porque la pobre había sufrido otro accidente casero.

Para tu sorpresa y mi alegría, cuando llegamos al final del paseo de Canalejas vimos un pequeño revuelo de gente. Y lógicamente paré el automóvil para ver qué sucedía.

Nada grave, por fortuna. Todo lo contrario. Más bien un momento que disfrutaste como pocos. Una cigüeña no podía o no quería, simplemente, levantar el vuelo y se puso a cruzar por el paso de peatones una y otra vez, tranquilamente, sin darse cuenta de la que estaba liando. ¡Madre mía! ¡Qué caos de tráfico!

Un señor se convirtió en su guardaespaldas e iba parando los coches para que no le pasara nada y, lógicamente, tú no podías ser menos. Con una sonrisa gigante en la cara ibáis los tres de un lado para otro hasta que se cansó y se posó en el jardín del hotel San Polo. Allí se quedó unos minutos, mientras tú la mirabas con esos ojos grises, curiosos, que seguramente la enamoraron igual que me tienen enamorada a mí.

Cuando entre todos conseguisteis que volviera a volar, te subiste al coche, completamente pletórico por ese momento que te regaló, perdón, nos regaló la vida. Porque no hace falta que te diga que lo que te hacía feliz a ti, a mi me lo hacía mucho más.

Caminando tranquilamente esta soleada mañana de domingo he pasado por San Marcos y he aprovechado que estaban allí los señores vendiendo gargantillas para hacer una foto y ver qué bonita luce nuestra iglesia redonda, por la que pasábamos todos los días y donde yo recibí mi bautismo.

Bueno papá. Espero que te guste la imagen. Te dejo que sigas buscando cigüeñas por ahí arriba. Y me despido como cada día. Con un ¡te quiero! tan grande y un beso infinito. que sé que ahora mismo sientes en tu mejilla.