Los días de ciclismo en vivo, mañanas eternas y felicidad infinita


¡Hola, papá! ¿Qué tal estás? Yo bien. En casa. Esta mañana ha sido una divertida aventura con los piscineros. Nos levantamos temprano y nos fuimos a coger moras y también algunos higos.

Compré unos churros y cogimos nuestros palos para comenzar a caminar entre zarzas.

No veas qué aventura. Subimos y bajamos con el palo que siempre me tienen preparado tus amigos.

Fue una relajante caminata por la orilla del río. Eso sí. Extremando precauciones. Nunca sabes donde va a haber un hoyo.

Al final terminé con algunos dedos magullados y un enorme cubo de frutos rojos, con ayuda de los dos ‘Manolo’ y Fidel.

Ellos conocen el terreno mejor que nadie y se dan mucha maña. En lo que yo recojo una, ellos ya tienen su cubo a rebosar

La falta de practica, lógicamente. Pero fue un auténtico lujo poder ver un amanecer cerca de la ceña del Lazarillo de Tormes.

Fueron muchos recuerdos de aquellas mañanas de risas, chistes, diversión y alguna caída accidental, que, por fortuna, sirvió para despertar más carcajadas de las que habitualmente nos echábamos.

Cómo extraño aquellos tiempos. De mañanas eternas, de mediodías tomando el aperitivo en Tejares, de llegar a casa y poner el ciclismo, de tu siesta… De tantas y tantas cosas…

Hace dos años estaba feliz en Plaza Mayor viendo la salida de La Vuelta. Mi sonrisa nunca tenía fin. Me puse una gorra que parecía que me la habían tirado de un cuarto piso, pero mi felicidad era infinita.

Llegaba a casa y estabas allí, expectante, para que te contara todo lo que había sucedido en mi devenir diario.

Ahora ni hay espectáculo ni estás tú. Ni mamá. Ahora llego y me siento sola, vacía.. Con la sensación de que se me marcha un año. Un tiempo que no podremos recuperar. Y eso duele. Mucho.

Bueno, pituco. Te dejo por hoy. ¡Cuídate mucho y cuida de mi princesa! ¡Os quiero! ❤️

Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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