Mañanitas de viajes virtuales recordando mi baile con el pato Donald en Orlando


Hola, papá. ¿Cómo estás? ¿Y mamá? Por Salamanca todo tranquilo. Seguimos igual que hace 18 días. Confinados en casa.

Me despierto temprano, preparo mi desayuno y después hago mi clase de gimnasia diaria con Doria. Nos mete mucha caña y así nos mantenemos en forma en estos días de tanto parón.

Ha amanecido un día gris, triste. El móvil suena de vez en cuando para recibir vídeos sobre la cuarentena o para mantener conversaciones virtuales con amigos de hace mucho tiempo. Con ellos te echas unas risas y sueñas con el momento de volver a verlos y darles un abrazo de verdad.

El silencio es total. Si a la petición de las instituciones de permanecer en casa, le sumas la climatología desfavorable, apaga y vámonos.

Pero hoy quiero recordar contigo una de esas locas aventuras que solo se me ocurren a mí, que mantengo mi índice de sana locura al cien por cien.

Hace ya dos décadas fuimos de viaje a Orlando, destino impensable ahora que también Estados Unidos atraviesa una situación económica y sanitaria más que preocupante.

Allí vi por primera vez al Pato Donald, nuestro héroe animado con el que tantas risas nos echamos.

Había cabalgata en el parque y la carroza paró justo delante de mí.

No pude frenar mi impulso y comencé a gritar con fuerza: “Donald, Donald”.

La simpática mascota de Disney se giró hacia al lugar donde yo esperaba, ataviada con la camiseta y la gorra con su nombre.

Alzó su brazo y me hizo un gesto con el dedo invitándome a salir a bailar.

No hace falta que te diga la respuesta. Salí corriendo hacia él y empecé a mover mis piernas a su ritmo. Mi cara desprendía la felicidad de una niña de cinco años.

La misma niña que vive en mí tanto tiempo después y que es feliz con cualquier pequeño detalle.

Había más de 40 grados. Pero en ese momento no notaba ni frío ni calor. Estaba flotando en una nube, consciente de que era un instante mágico, único irrepetible.

Yo le decía “i love you’ y Donald me abrazaba con fuerza. Igual que yo a él.

Nada más que terminó corrí rauda hacia una cabina de teléfono y te llamé para contártelo. Antes había recorrido medio parque brincando cual adolescente.

Cuando te lo conté te reías. Y no era para menos. Hoy esa foto ocupa un lugar preferente en mi habitación.

La miro y otra vez más sonrío. Es tiempo de sonreír, de poner al mal tiempo buena cara, de intentar llevar lo mejor posible una situación que de momento no tiene fecha para finalizar.

Bueno, pituco. Te dejo. Abrígate bien, que siempre fuiste muy friolero. Cuídate mucho y cuida de mi princesa. También la echo mucho de menos. ¡Os quiero! ❤️

Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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