El agua cristalina y sanadora de la Gran Barrera de Coral australiana


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Hoy también luce el sol sobre tu querida Salamanca y a mediodía tendremos una temperatura casi estival. ¡Menudo lujo poder disfrutar de este paisaje cuando noviembre está casi llamando a la puerta.

Hoy Facebook, y mi memoria, por supuesto, me recuerdan que hace un año conocí uno de los enclaves naturales más bellos del planeta: la Gran Barrera de Coral.

No puedo evitar sonreír al volver a ver las imágenes. Hice snorkel, tuvimos una vuelta de lo más movidita en la que pensé que se me iba a salir el estómago, rocé con mis manos la inigualable fauna y flora marina que habita allí… Pero lo más increíble fue pisar tierra firme en la mitad del océano Pacífico.

Mis labios aún saben a sal. Siento el olor hechizante de las aguas cristalinas, que tornaron mis ojos en el mismo color verde cristalino del mar.

Tú ya estabas malito. Hacía casi 2 semanas que te habían ingresado. Yo cogí una botella de plástico y la llené. Quería que también disfrutaras de ese olor. Pensaba, no sé si ingenuamente, que aquellas aguas sanarían tus heridas.

Cuando regresé de mi aventura australiana llevé el recipiente al hospital. Quería que tuvieras algo más que una imagen del paraíso. La tomaste en tus manos, retiraste el tapón y aspiraste profundamente. Creo que fue la última vez que tu olfato sintió el mar.

Aún conservo esa botella como la traje. Ni tan siquiera la volví a tocar, porque no quisiste dejarla en la habitación y la guardé con la esperanza de que regresarías y la podríamos disfrutar juntos, que volveríamos a ver atardeceres bucólicos abrazados mientras las olas rompían contra las rocas.

Pero el destino, esa palabra que es tan hermosa como difícil, quiso separarnos físicamente. Hoy he vuelto a Australia, no físicamente, sino viendo las carreras en Phillip Island por la televisión.

Pensé que se me saltaría alguna lágrima, pero no. El corazón se ha recubierto con una capa de hierro, difícil de traspasar. Eso sí, quien la rompe, se queda para siempre a vivir en él. Quien se va, también es de manera definitiva. Ya no me valen las medias tintas. Ya no. Ahora soy una mujer fuerte. Espero que no sea algo efímero, sino eterno. Que dure hasta que la muerte nos vuelva a unir físicamente en la séptima farola de la eternidad.

Te echo tanto de menos. Han pasado diez meses y aún tengo la sensación de que cualquier día aparecerás por la puerta de casa, con tus ojos grises, y que me cogerás del brazo para salir juntos a dar un paseo, que me pedirás un beso de buenas noches y una copichuela para brindar por los buenos momentos.

¡Ay, papá! ¿Por qué es todo tan efímero? ¿Por qué no habrá personas eternas? Muchas preguntas rondan mi cabeza y no encuentro respuesta. Tampoco pretendo encontrarla.

Bueno, pituco, cuídate mucho y disfruta del sábado. Acuérdate de cambiar la hora esta madrugada. ¡Te quiero, papá. Siempre! ❤️

Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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