Te quiero (las dos palabras que nunca te dejé olvidar en los peores momentos)


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Ha sido una noche de dormir regular. No hay nada peor que acostarse con el estómago vacío, porque a las 4 de la madrugada el cuerpo te está pidiendo algo que sacie tu apetito y que sea lo suficientemente ligero como para que no tengas ardor de estómago después.

Últimamente hablo mucho de ti. Me gusta recordar nuestros momentos. Fueron tantos…

Hay veces que dudo si éste ya lo conté alguna vez, pero no me importa. Es realmente maravilloso.

El 15 de junio de 2018, cuando habíamos salido a dar nuestro paseo vespertino diario, nos sentamos a tomar un ‘piscolabis’, como hacíamos normalmente.

La tranquilidad de ese instante se vio bruscamente alterada cuando me di cuenta de que no eras capaz de articular las palabras, que sólo balbuceabas y no sabías ni vocalizar mi nombre.

Me asusté. Mucho. Pero en lugar de perder los nervios, hice una llamada certera que confirmó mi peor pronóstico. Estabas sufriendo un ictus.

De inmediato cogimos un taxi (ni tan siquiera esperamos a la ambulancia) y bajamos a la Unidad del Ictus del Virgen de la Vega. Un equipo de facultativos comenzó a hacerte las pruebas pertinentes, al tiempo que te iban poniendo tratamiento para mitigar sus secuelas.

Pasaron horas hasta que me permitieron entrar en la habitación. Estabas en coma inducido para no agravar la situación. Tenía miedo. Más bien pánico. Tomé tu mano. No sé si sentiste la fuerza que te intentaba transmitir. La cogí con fuerza y me acerqué a tu oído. Ni tan siquiera pensaba que me estuvieras escuchando.

Junté mi mejilla a la tuya. Y te dije lo que me pedía el corazón en ese momento: “Papá: puede que ahora no recuerdes nada de lo que hemos pasado juntos, pero hay dos palabras que no quiero que olvides jamás. Te quiero”.

La señora que compartía sala contigo comenzó a llorar. Me dijo que jamás había oído decir a una hija algo tan hermoso a su padre. Y menos en una situación tan compleja como la que estábamos atravesando.

Por fortuna aquella vez sí logramos esquivar a la parca. Le hiciste un quiebro torero y saliste por la puerta grande. Y yo feliz, feliz y orgullosa, porque eras y serás el progenitor más valiente del mundo.

Esa noche, ya en tu cama, empezaste a decir cosas raras. Hablabas de boquerones que rodeaban tu almohada, de que ya sabías el lugar donde querías que te enterraran… De nuevo me asusté. Bajamos a Urgencias, pero el médico vio que todas esas alucinaciones eran consecuencia de la medicación que tomabas para conciliar el sueño.

Aún te veo en la sala de espera. Cuando se pasó el efecto de la pastilla, y harto de estar en esos sillones donde dejan a los pacientes como si fueran animales sin corazón, y de aguantar a enfermeras feas, amargadas, con el rostro sajado por el paso de los años y un carácter que sólo soportan unos pocos ingenuos, por no llamarlos de otra manera, pediste el alta voluntaria.

Antes, eso sí, me dedicaste una hermosa frase: ¡Patricia, qué cojones hago aquí otra vez! Cogimos los bártulos y regresaste a tu cama a descansar plácidamente hasta las 11.11, tu hora.

Según estoy escribiendo, no puedo dejar de sonreír recordando esta rocambolesca situación. Una de las mil que tengo para contar.

Bueno, mi amor. Espero que hoy también disfrutes de un maravilloso día ‘veroñal’. Yo voy a seguir con mis cosas, que esta tarde volveré a sacar el vestido rojo, nuestro vestido rojo, para ir a una fiesta a la que me han invitado.

Cuídate mucho, pituco. ¡Te quiero, papá! ❤️

 

 

Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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