El retorno a la realidad y el hechizante sonido del tañer de las campanas


Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo de vuelta a Salamanca, a casa. Te mentiría si no reconozco que tengo ganas de tumbarme en mi cama después de estos cuatro días frenéticos.

La palabra que mejor define mi estado ahora mismo es exhausta. No he dormido más de cuatro horas cada noche, pero me reconforta pensar que allí he dejado una gran familia.

Un grupo maravilloso de personas que me han cuidado y me han tratado como si fuera una más en un pueblo con un encanto indescriptible.

Sé que hubieras disfrutado paseando por sus estrechas callejuelas, del silencio de sus noches de ensueño, del tañer de la campana de la iglesia que te recordaba que el tiempo pasa, inexorable, demasiado fugaz a veces.

Cuando regresábamos a nuestro apartamento ayer, me paré a escucharlas. Un halo de melancolía se apoderó de mi corazón, mis ojos se tornaron vidriosos y por mi mente comenzaron a brotar recuerdos de mi primer año como estudiante de periodismo.

Las mañanas de invierno, en las que el frío te traspasa los huesos, cogías el coche para acercarme a la facultad. Llegábamos siempre unos minutos antes. Salíamos al hermoso claustro de la Universidad Pontificia y esperábamos a que el badajo de La Clerecía anunciara con su ruido casi ensordecedor que eran las ocho, hora de entrar a clase.

En esos instantes, efímeros diría yo, nos mirábamos a los ojos, uníamos nuestras manos y simplemente disfrutábamos del instante. Luego llegaba el esperado beso.

¿Sabes? Las lágrimas están brotando con fuerza ahora mismo. Tanta adrenalina hace que el bajón, el retorno a la normalidad, sea más difícil.

Bien es cierto que el otoño es una estación nociva para quienes tenemos el ánimo frágil, pero te prometo que voy a ser fuerte y aguantar como una jabata.

No puedo ni quiero que me veas triste. Al contrario. Ese sexto sentido que siempre conectó nuestras almas, me dice que viéndome disfrutar en Motorland, tú también has sido feliz. Y eso hace que sonríe, aunque te añore cada segundo.

Bueno, peque. Oigo el tren que se acerca a la estación. Es el principio del fin de una experiencia que tardaré mucho en olvidar. Cuídate mucho, mi vida. ¡Te quiero, papá! ❤️

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Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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