Mi primera clase de piano en el día en que falleció Blanca Fernández Ochoa


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Quiero creer que bien. Comiendo y viendo el día tan hermoso que ha amanecido. Salamanca brilla con una luz especial cuando el sol asoma con más timidez de lo habitual.

Los niveles de cortisol subirán en breve. Lo presiento. El estrés empieza a hacer mella en mí y eso se traduce en un montón de síntomas extraños que sólo desaparecen cuando retorna la calma.

Estoy cansada. Bastante, de hecho. Duermo bastante mejor que antes, pero no sé si es un descanso reparador. Ahora mismo se me ‘caen las persianas’, como tú decías. Pero en breve me reseteo y vuelvo a estar a tope.

Creo que te lo conté ya, pero por si acaso, te lo repito. Ayer tuve mi primera clase de piano. Sentarse allí y acariciar cada una de sus teclas es un auténtico placer.

Deslizas los dedos y comienza a sonar la música. Claro está que no hubiera sido posible si no hubiera tenido una maestra de excepción, María Jesús Egido, quien con toda su amabilidad y paciencia, sacó un hueco para mí.

Verla tocar es delirante. Pienso que su conexión con el piano es tan intensa, que hay un momento en el que se inhibe del mundo. Están solos ella y su teclado.

En España la consternación por la aparición del cuerpo sin vida de la medallista olímpica Blanca Fernández Ochoa ha dejado huérfana a una o varias generaciones, independientemente de su relación con el mundo del deporte. A estas horas aún se desconoce la causa de su muerte.

Mientras tanto, otras 11 mujeres acusan de presunto acoso a Plácido Domingo y seguimos sin tener claro quién será el presidente del Gobierno, aunque los plazos se van agotando y no quiero ni pensar en unas nuevas elecciones generales.

Bueno, mi vida. Ahora sí. Te dejo que organices tu tarde. La mía se presenta completa. Cuídate mucho. ¡Te quiero, papá! ❤️

Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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