La mágica velada en la que la tuna rondó a mamá en la terraza por su santo

¡Hola, papá! ¿Qué tal estás? Yo bien. O algo parecido a estar bien. No sé explicar exactamente lo que pasa por mi cabeza y por mi mente en cada momento.Es un sentimiento agridulce, como el Aperol, que te embriaga a ratos y de repente te devuelve a la realidad.Realidad a la que hago frente con tanto miedo como valor, con instantes confusos en los que se entremezclan felicidad y añoranza por segundos.

Hoy es Santa Isabel, la onomástica de mamá. Cómo te gustaba saber cuando había que felicitar a cada persona. Siempre, de una manera u otra, terminabas adivinando el día de celebración por muy extraño que fuera el nombre.

De hecho, y creo que me repito, tú naciste el 11 de abril, San Barsanufio, y aún sigues dando gracias a la vida porque tus padres no decidieran seguir con la instaurada tradición de bautizar a los hijos en función de la fecha de nacimiento.

Vuelvo a Facebook. Es un gran álbum de fotos que cada jornada, a las doce en punto de la noche, te recuerda lo que hiciste en esa fecha desde que te inscribiste en esa red social que tú más bien aborrecías.En 2016 estaba preparando una tortilla española. Jugosita, aunque no siempre le cogía el punto. Aunque en ocasiones me daba un poco de pereza, me encantaba ponerme a pelar patatas y cebolla.

Ir a la frutería a buscar perejil y hacer la mezcla antes de echarla sobre el aceite de oliva, convenientemente calentado, para que cuajara.Dar la vuelta con la tapadera era una aventura que luego convertí casi en rutina y que a ti, como tantas y tantas cosas, te dejaba maravillado. Tus ojos grises no perdían detalle de cada movimiento, más nunca te atreviste a hacerlo con tus manos. No sé si por miedo o por vergüenza.

Tampoco te hacía falta, porque para mí era un placer cocinar y esperar tu veredicto, sincero como ninguno, sobre cada ocurrencia culinaria.

Pero el 8 de julio de hace por lo menos 20 años fue una de las noches más especiales para mamá. Tú, como siempre, eras mi cómplice para darle una sorpresa que sabíamos que le iba a emocionar.A eso de las 10 de la noche, la hicimos salir a la terraza engañada por una supuesta cena. Abajo, justo donde la tienda de lencería que aún está en el mismo lugar, aparecieron los tunos ante su cara de sorpresa, pues no se había enterado de que venían a rondarla.

Ella disfrutó, pero tú, mi amor, como un niño. Creo que terminaste cantando rancheras con alguno de ellos a la luz de la luna.El balance de daños no fue mucho para el nutrido grupo de personas que nos juntamos. Te rompieron una maceta, que diste por bien perdida después de la mágica velada.Alguna vez intentamos repetirla, pero ya no fue posible. Conclusión: ‘Que nos quiten lo bailao’. Cuídate mucho mi vida. ¡Te quiero, papá!

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