Las cebollas moradas de Fidel y el guarrazo de debutante en la piscina de Tejares

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¡Hola, papá! Hoy ando tempranera. La verdad es que viendo lo que apuntan los termómetros a mediodía, lo mejor es contarte cositas a estas horas para que luego podamos disfrutar del día plácidamente.

Aquí estoy con mi desayuno. Un batido de chocolate de Herbalife, al que añado una pieza de fruta o un puñado de fresas, sí fresas, ya sé que antes ni las probaba. Con él mi apetito queda saciado hasta media mañana, cuando tengo que volver a tomar algo nutritivo y bajo en calorías para que mi silueta siga reduciendo.

Pero no te voy a hablar de regímenes a ti que nunca te gustaron especialmente. Ya sabes que me encanta rebuscar fotos en Facebook y hoy te voy a enseñar una que va a hacer que tu boca salive. Son dos cebollas moradas que te regaló tu amigo Fidel Castro (no el líder cubano, sino el afable señor de peno cano que todas las mañanas iba a cultivar su huerta y traía algunas piezas de su cosecha para regalar entre sus allegados.

Llegaste a casa con una felicidad radiante, porque ya te las imaginabas con un buen tomate, un poco de sal y aceite de oliva, que solías comprarte a capricho en La Tahona.

No hace mucho, recordaba y me reía (lo justito) del debut que hiciste en tu primer día de piscina hace 3 ó 4 años (fíjate que soy buena para las fechas, pero aquí me falla el dato). Habían remodelado las instalaciones y nada más salir del vestuario, había una bajada sin señalizar. Fuiste a echar el pie y te fuiste de bruces.

Creo que aún recuerdo el ruido de tu cuerpo chocando con fuerza contra el suelo. Me giré rápidamente y la bolsa donde llevabas tus cosas para el baño, había salido disparada a varios metros. Los socorristas corrieron raudos a levantarte. ¡Menudo susto nos llevamos todos! Tú el primero. Al final la cosa quedó en un par de rasguños, por suerte.

Luego ya, una vez avisadas las autoridades competentes, colocaron unas jardineras para que no volviera a ocurrir, pues tú eras la tercera víctima de aquel engendro.

Bueno, mi vida. Aprovecha estas horitas donde aún se puede respirar, que luego llegaremos a 38 grados. No olvides que ¡te quiero, papá! Hasta la luna y vuelta.

 

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