Las dos palabras que te pedí que nunca, pase lo que pase, olvides: ‘Te quiero’


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¡Hola, papá! ¿Cómo llevas el día? Yo regular. Sé que soy muy pesada con las fechas, pero también entiendes que es poco tiempo y que por mi cabeza pasan cientos de recuerdos cada minuto.

Hace justamente un año que empezábamos nuestra penúltima batalla contra la muerte en la que salimos victoriosos. Estoy segura de que tú tampoco lo has olvidado. A estas horas (son las cinco y media de la tarde) ni te habías levantado de tu siesta y yo paseaba con mamá esperando que llegara nuestro momento diario de salir a dar una vuelta y tomar algo juntos.

Llegamos a casa y estabas sentado en la cama, ya vestido, metiéndote los zapatos con tu calzador. Todo normal. Nada hacía presagiar que algo extraño estaba pasando ya en tu cuerpo. Me cogiste del brazo y caminamos hacia una terraza, donde pensábamos pasar un rato tranquilo, porque ese día debutaba la selección española de fútbol en el Mundial y rehuíamos los locales con televisor abarrotados de gente para animar a once tipos que cobran un pastizal por dar patadas a un balón.

No recuerdo exactamente lo que te pregunté, pero sí la respuesta. No articulabas las frases en tu boca. Primero, tonta de mí, creí que estabas de broma, porque creo que te había comentado algo del partido y no querías ni oír hablar del tema. Cambiamos a otra cosa, pero seguía sin entender lo que me decías.

Entonces ya se disparó la alarma en mi cerebro y en mi corazón. Comencé a hacerte preguntas sobre tu edad, mi nombre… de todo. Tú me mirabas con esos maravillosos ojos grises, que ya ocultaban preocupación al ver los míos, desencajados. Rápidamente llamé a un conocido médico y me confirmó el pronóstico que temía. Estabas sufriendo un ictus. Ni ambulancia ni nada. Corrí a la parada de taxis y te bajé a la unidad especializada en esta enfermedad.

Nada más que te vieron empezaron con lo que ellos llaman el protocolo. Por fortuna, aquella vez sí, al rato salió el médico y me dijo que estaba todo bajo control, aunque había que esperar un tiempo prudencial para ver si había algún órgano afectado.

Te dejaron ingresado en esa unidad. Había otras tres personas que estaba en una situación parecida. En cuanto me dejaron entrar, me abalancé sobre tu cama, te agarré la mano con fuerza y cierta prudencia, porque tenías muchos cables para controlarte, y me acerqué a tu oído. Desconozco si me escuchaste. Una de las mujeres que estaba allí sí lo hizo. Te dije lo que en aquel momento me salió de lo más profundo del alma y era algo así como que no sabía lo que iba a pasar cuando despertaras, pero que había dos palabras que, pasara lo que pasara, no quería que olvidaras jamás: “Te quiero”. La señora, según me confesó al día siguiente, comenzó a llorar al oírme. Me comentó, de nuevo con lágrimas en su rostro, que era lo más bonito que le había oído decir a una hija; y más en una situación tan compleja, porque cuando las cosas marchan bien, es más sencillo decir cosas.

Y ahí estuvimos cuatro días. Al final, antes de lo esperado, pudiste regresar a casa. Esa noche era imposible conciliar el sueño, porque mi miedo no había desaparecido por completo y tenía el oído bien abierto por si acaso. Empecé a escuchar una conversación que se alejaba bastante de lo coherente. Decías que estabas rodeado de boquerones y que estabas buscando el lugar para que te enterraran. Salté de mi cama como un resorte, te puse la ropa y el calzado y me fui otra vez a Urgencias por si te estaba repitiendo.

En el primer momento no dijiste nada. Pero cuando ya llevábamos allí cerca de dos horas, me dejaron pasar a verte a la sala donde esperabas al neurólogo. Tan rotundo como de costumbre, espetaste: “Patricia, qué cojones hago aquí otra vez”. Y entonces supe que había sido una falsa alarma. Justo en ese momento pasaba el médico por allí, te reconoció y tras observar que todo estaba normal, nos mandó para casa.

Y así terminó esta historia, casi novelesca, que hoy me tiene un poco apagada, nostálgica, melancólica… Hace una tarde casi de verano, pero miro al sol y ya no brilla como antes. Es como si su rayo más luminoso se hubiera apagado. En realidad es así. Por lo menos en mi corazón. Nada más, papá. Si estuvieras aquí, hoy lo hubiéramos celebrado con un copazo, porque sería ya tu segundo cumpleaños de 2019, pero como te fuiste en ese maldito viaje sin retorno, no hay mucho que festejar. Solamente decirte lo que hace 365 días te susurré al oído: ¡Te quiero, papá!

 

Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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