Las luces que se encendían solas y la silla elevadora que nunca llegaste a utilizar


silla

¡Hola, papá! ¿Cómo ha empezado la semana? La mía tranquila, la verdad. Hoy tengo un dolor de cabeza que no me deja concentrarme en nada y el ibuprofeno me quita la molestia, pero me cae fatal al estómago. Así que no sé si es peor el remedio que la enfermedad.

Anoche cuando llegábamos a casa, de repente se me vino una imagen a la cabeza, una imagen que me encantó recordar, a pesar de la añoranza lógica. Salíamos del ascensor para subir al ático y las luces del portal saltaron solas, como llevan haciéndolo ya un par de años, por lo menos.

Para los dos fue algo realmente novedoso. Por la inercia, siempre que entrábamos, mis manos se desviaban al interruptor para encenderlas. Algo lógico después de casi cuatro décadas haciendo lo mismo.

Tú, que siempre tenías ese toque de genialidad que te hacía único, venías con tu bastón en la mano y cuando el elevador paraba ya en la sexta planta y las puertas se abrían, taponabas la salida. Con mucho cuidado empezabas a dar pequeños pasos y movías el palo en todas las direcciones hasta que hacía contacto.

Luego, cuando ya empezabas a subir las escaleras, ralentizabas el ritmo para seguir con esa aventura nocturna que te hacía disfrutar cual niño. Y cuando tardaba en encenderse, agitabas más fuerte el bastón. Incluso te enfadabas con el mundo si tardaba más de lo normal.

Te encantaba trastear con todo. Siempre tenías inquietudes de todo tipo. Hacías de cada momento algo especial. Y por desgracia no llegaste a conocer la silla elevadora que colocaron para que pudieras subir a casa con más comodidad y sin riesgo de caerte. Te imagino en ella hasta nervioso, porque en realidad es como ir despegando poco a poco del suelo, algo que no te hacía demasiada gracia.

 ¡Ay, papá! Qué rápido pasa el tiempo, la vida… Todo. Casi va a hacer seis meses que te fuiste. Seis meses. Me parece imposible, pero es cierto. Bueno, mi amor, te dejo por hoy. Pasa buena tarde y recuerda lo que te digo cada día. ¡Te quiero! Hasta el infinito y más allá.

 

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Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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