Los cerezas y otras imágenes que inspiran las frases dedicadas a lo más bonito de mi vida

cerezoa

¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Yo echándote de menos, para variar. No te imaginas lo largos que se hacen los días sin ti. Siempre teníamos cosas que hacer juntos, conversaciones, paseos… Una simple sonrisa hacía que mereciera la pena levantarse de la cama y empezar de cero una y mil veces.

Ahora mi momento más feliz es éste. Me pongo frente al ordenador y escribo lo que el corazón me da dictando, con la esperanza absurda de que lo lees, pero esperanza al fin y al cabo.

Mis dedos se deslizan por el teclado con suavidad, como si te estuviera acariciando la cara o los rizos de tu pelo. Unas veces sonrío y otras se me llenan los ojos de lágrimas. Muchas sensaciones. Es como subirse a una montaña rusa. Unas veces en lo más alto y otras caída en picado hasta chocar bruscamente con la realidad.

Una realidad que voy asumiendo poco a poco. Por desgracia llorar no sirve de mucho. Nada ni nadie te va a traer de nuevo a mi lado. Reír tampoco. Mi sonrisa se cotiza cada vez más al alza. Creo que me he vuelto más arisca y reservada. La vida es así. Aprendes a base de golpes, de tropezones, de caídas… y si quedan fuerzas te vuelves a levantar.

Por mi mente pasan mil imágenes por minuto. Mis ojos buscan con anhelo en cada rincón algo que nos recuerde a los dos. Y casi siempre lo encuentran. Al final es lo que siempre digo. Qué fortuna la mía por habernos conocido y qué generosidad la tuya por todo lo que me enseñaste, papá.

Ya sabes que junio es el mes en el que empiezan a llegar a las fruterías las cerezas bien rojas y grandes. De esas que te encantaban y que yo cada mañaba iba a comprarte. Volvía con mi bolsa de papel feliz por ver tu cara cuando la abrieras. Y nunca me defraudabas. Las cogías y cual niño que acaba de encontrar un pequeño tesoro, las cogías con tus delicadas manos y las metías en la boca. Cerrabas los ojos para apreciar mejor su sabor y solías terminar con “esto es un manjar de dioses”.

Ahora paso, las veo y mi mirada se queda fija y perdida durante unos segundos. Al lado suelen estar unos enormes tomates partidos al medio. De los que abrías a la mitad y echabas un poco de sal. Tu comida preferida para esta época del año.

Cuanta nostalgia hay hoy en estas líneas. ¿Verdad, papá? Con la de cosas divertidas que tengo en mi cabeza y en mi corazón guardadas. Pero no te preocupes. Irán brotando por sí solas. Lo sé. Tú me vas marcando el guión en esta aventura, no sé si llamarla literaria, en la que me embarqué por ti, aunque, lógicamente, esté a años luz de las maravillas que firmabas con esa exquisita pluma que tenías y que espero que conserves para seguirme escribiendo cosas bonitas cuando volvamos a vernos.

Te dejo, mi vida. Hoy es tarde de ruedas, de gasolina y de darle un poco de marcha al blog de motor. Disfruta del solito, solete. ¡Te quiero, papá!

 

 

 

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