El toro de piedra del Puente Romano y tu pasión por el ‘Lazarillo de Tormes’

toropiedra

¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Supongo que abrigado, porque con este bajón de temperaturas y la lluvia que cayó anoche, hemos tenido que volver a sacar las chaquetas del armario y recuperar los zapatos cerrados.

Cada vez que me pongo a escribirte en ocasiones me bloqueo. Son tantas y tantas las cosas que hemos vivido juntos, que creo que podría estar tres vidas más sin para de contar anécdotas, tristes y alegres, de la niñez, de la pubertad o de hace sólo unos meses.

Hoy no sé cuál te apetece más. Ni yo tampoco. Hay pocos lugares por los que paso en los que no me recuerden a ti. Al final tuve la fortuna de tener un padre que quiso transmitirme tantos conocimientos, que por eso no sé por donde empezar.

Esta tarde he quedado con Luixi y con Marta, dos personas que te hubiera encantado conocer para compartir tertulia literaria. Ambas te conocieron hace poco tiempo, pero saben que eras un gran escritor y una mejor persona. Al final hemos hecho una bonita amistad y me gusta estar con ellas para hablar de lo que sea. De lo divino y de lo humano.

Hace ya algunos días pasé por el Puente Romano y me detuve un momento en el toro de piedra. Lógicamente se me vino a la cabeza ‘El Lazarillo de Tormes’ y la de veces que contabas la historia del pícaro y el ciego, mientras en tu boca se dibujaba una sonrisa de felicidad recreando la obra que te cautivó para siempre.

Sigue siendo uno de los lugares de referencia para los turistas, aunque la mayoría, seguramente, serán ajenos a todo el significado de ese bloque de piedra dorada que todos inmortalizan. Y yo también, claro. Ya sabes que me gustaba sacar fotos de todo, aunque insisto en que ahora me parecen pocas. Sobre todo las nuestras.

Pero ya no sirve de nada lamentarse. Hay que mirar hacia adelante y cada vez que miro nuestras imágenes, recordarte con la mejor sonrisa posible. Sé que así es como me quieres ver: sonriendo. No te creas que es tarea fácil. Soy consciente de que unos días podré y otros no podré contener las lágrimas. ¡Ay, papá, qué raro se me hace todo sin ti! No sé si alguien va a poder no llenar el vacío inmenso que hay en mi corazón. Lo veo difícil, por no decir imposible.

Egoistamente he de confesar que cada día me cuesta más abrirme a la gente. Es como un arma de defensa ante el dolor. No quiero que me hieran, más sufrimiento, más pena. Prefiero quedarme con tu recuerdo y ya. Bueno, cariño, te dejo, que es hora de ir a entrenar un rato y empezar la tarde con la mente puesta en otras cosas. ¡Te quiero papá!

 

 

 

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