Mi Primera Comunión vestida como una princesa de cuento y tu veleta engrasada


comunión

¡Hola, papá! ¿Qué tal estás? Supongo que habrás visto ya tu terraza con los toldos puestos. Los encargados de colocarlos te engrasaron la veleta de la cigüeña.

Suponía que lo habían hecho, pero por si acaso salí a decírselo. Como imaginé que no sabían nada, tuve que decirles que te habías marchado para siempre.

Su rostro cambió de repente. Cuando en octubre fueron a recogerlos para que no sufran las inclemencias meteorológicas, ya estabas ingresado, pero no quisieron preguntar nada por precaución.

Una vez que se lo dije, ya hablamos y les había extrañado mucho que no salieras a recibirlos, como hacías siempre, y a echar un ‘parlao’ con ellos. También pasar por el salón y ver tu silla vacía les extrañó.

Ahora ya están listos para mitigar un poco la primera ola de calor, que vendrá este fin de semana y que anuncia 35 grados de temperatura en Salamanca.

Nada que ver con el 30 de mayo de hace ya unos cuantos años, muchos, en el que recibí mi Primera Comunión. La noche anterior había caído el diluvio universal y yo estrenaba un vestido blanco, de Ecke, que mamá escogió a capricho y tú pagaste sin rechistar, que me hacía sentir cual princesa. Recuerdo que giraba sobre mí una y otra vez para verme.

La ceremonia era en el colegio y, justamente, el acceso estaba en obras, por lo que había un auténtico barrizal que cruzar para acceder a la capilla. Tú, tan padrazo como siempre, y sabiendo lo importante que era para mí llegar radiante, me cogiste en brazos, te subiste el bajo de tu pantalón y así me llevaste hasta la entrada.

Después llegó la comida, sólo para la familia, porque no eras amigo de esas comuniones que parecen bodas. Elegiste uno de los mejores restaurantes de la ciudad: El Candil y te encargaste de seleccionar el más exquisito vino de la bodega para la ocasión, a pesar de que tú no creías en nada, como tampoco creo yo.

Tras el opíparo banquete, aunque también lo había hecho al salir de casa, llegó la hora de ir a hacer las visitas de rigor a vecinos y amigos, que en sus casas te tenían un pequeño detalle, a llevarle los recordatorios.

¡Qué rápido pasa la vida, pituco, qué fugaz es todo! Escribiendo estas líneas he sentido tus manos en mi vestido blanco, he visto tus ojos brillando de orgullo al ver que la niña empezaba a hacerse mayor. He sonreído al imaginarnos (ahora no podrías conmigo). Nada más por hoy, mi amor. ¡Te quiero, papá!

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Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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