Las mágicas noches de ‘Raíces Profundas’ y la deliciosa fabada asturiana de bote

fabada

¡Hola, papá! ¿Qué tal estás? Espero que todo bien por allí. A mí ya me ves. Supongo que no es como más te gustaría que estuviera, pero es imposible llenar ese vacío tan grande. Imposible, mi amor.

A mi cabeza vienen cada día cientos de recuerdos y pienso que podría estar escribiéndote cosas tres vidas más, aunque en las dos siguientes espero que ya no nos tengamos que separar nunca.

Ahora, en estas noches donde ya el calor comienza a hacer estragos, me acordé de nuestra infancia. ¡Bendita infancia! ¡Bendita inocencia!

Como siempre te gustó transmitirnos tus inquietudes culturales, cuando apenas empezábamos a tener consciencia de las cosas, decidiste que era el momento de ver juntos una película del Oeste, pero no una cualquiera. Elegiste ‘Raíces profundas’ (Shane era su título original).

El niño protagonista, Joey, nos caló tan hondo por su ternura, su pelo rubio, casi albino, su curiosidad por descubrir cosas y su admiración por Shane, que ese film pasó a formar parte de la rutina diaria.

Cada noche llegábamos a casa y tú nos la ponías. No sé si la veríamos 100 veces en aquella época y después cada vez que en la televisión la anunciaban. Llorábamos siempre en la escena en la que mataban a Torry y también en la despedida, con Joey gritando desde la puerta del bar del pueblo: “Shane, vuelve”.

Decías, y no te faltaba razón, que quizás era una de las mejores cintas del ‘western’. Para acompañar ese momento de cine, en lugar de palomitas, como ya era la hora de cenar, decidiste meterte a cocinitas y como lo tuyo no eran los guisos, descubriste lo socorrida que era una buena lata de fabada, de Litoral, que era la que había entonces.

Así que cogías el cazo, abrías el envase, le ponías tu toque personal (que era echarle un poco de agua para que hacerle caldo) y orgulloso llevabas los platos a la mesa. Los devorábamos. Para nosotras era el mejor manjar del mundo. Hasta que, lógicamente, una noche, como era de esperar, tras estar un rato en la terraza tomando el fresco, se nos cortó la digestión y se acabó la fiesta culinaria. Luego la cambiamos por algunos alimentos menos fuertes para antes de irse a la cama.

¡Qué tiempos tan bonitos! ¿Verdad? Del mundo te cuento que el Rey se jubila definitivamente de la vida pública. Como tú siempre decías, un merecido descanso (leáse la ironía) después de la sacrificada vida de entrega al pueblo. Partidos de fútbol amañados y resaca electoral copan hoy la actualidad informativa.

Bueno, cariño, te dejo ya. Es mi hora de gimnasio y la tuya de la siesta. Recuerda siempre, siempre que te quiero, papá.

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