Seis años del ‘asesinato’ de El Adelanto y el saludo de mi colega Enrique de Sena

eladelanto

¡Hola, papá! ¿Cómo sigues? Hoy el día ha amanecido ruidoso. Estamos de obras en el portal. Están cambiando las ventanas que dan al patio en todos los pisos y desde bien temprano un ruido atronador ha puesto en pie a todos los vecinos.

Hoy hace 6 años ya que El Adelanto cerraba su rotativa. El decano de la prensa salmantina se hundía cual Titanic por la nefasta gestión de dos impresentables que lo compraron para sus ‘negocios’ y la no menos nefasta dirección de un ex jugador de baloncesto, que iba de pijo y utilizaba bolsas de Carolina Herrera para llevar gazpacho de Mercadona, y del que ocupaba el despacho de al lado, que únicamente miraba que su gomina luciera perfecta.

No sé si por suerte o por desgracia, yo me fui, invitada amablemente por ellos, en 2009 (aún estoy esperando una llamada del director para decirme que estoy despedida). Fui una de las pocas que pudo cobrar todo lo que me correspondía por mis 9 años de servicio, porque sé que todavía hay gente que sigue esperando a ello.

Hablar de El Adelanto es hablar de uno de los más grandes periodistas que dio esta ciudad: Enrique de Sena.

Ahora mismo estoy visualizando la imagen. Estábamos en el salón de Caja Duero donde se entregaban los premios literarios ‘Miguel de Unamuno’. Tú habías quedado finalista y yo, que por aquel entonces llevaba seis meses de carrera periodística, quise estar contigo en ese momento tan especial para un escritor tan grande.

Una vez concluido el acto, Enrique acudió a saludarte (tenías admiración mutua desde los tiempos en que colaborabas en el periódico que él, con maestría, dirigía).

Yo lo miraba con respeto desde la distancia. Me llamaste para que lo conociera personalmente. Lo recuerdo perfectamente. Tenía un rostro afable y no era de trajes de chaqueta, sino de camisa y jersey, como tú, mi amor.

Me acerqué nerviosa. Para mí era todo un referente en la profesión a la que me quería dedicar.

Primero extendió su mano, mientras le explicabas que yo también quería seguir sus pasos, luego me dio dos besos y me dijo: “Encantado de conocerte, colega”. Colega. Y yo ni había escrito un artículo, salvo en alguna práctica de la facultad.

Me sonrojé, al tiempo que me sentí casi desbordada por tanta cercanía y amabilidad. Y desde entonces cada vez que hablábamos de él, ya no decíamos su nombre, nos entendíamos diciendo ‘el colega’.

Qué bella persona, papá. Espero que hayas vuelto a coincidir con él y que sigáis con esas apasionantes tertulias sobre lo divino y lo humano.

Hoy sólo puede decirte para concluir que bendigo la suerte de haber podido conocerte, que fue un placer coincidir contigo en esta vida y que ¡te quiero y te querré siempre, papá!

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