El Día Internacional de los Museos, nuestra visita al Prado y una foto con Velázquez

velazquez

¡Hola, papá! ¿Qué tal sigues? Yo hoy estoy un poco nostálgica. Otro día más. He vuelto a poner ‘Mi refugio’ mientras te escribo. Me gusta esa canción. Me identifico bastante con esa letra…

Ando un poco más tardía porque ha habido motociclismo y he estado tuiteando los entrenamientos. Ahora mismo estoy tumbada en la cama. Mi espalda se ha resentido de nuevo después del masaje del fisioterapeuta de ayer y estoy esperando a que el calmante haga efecto para salir a dar un paseo.

Supongo que habrás visto que hoy es el Día Internacional de los Museos. También coincide con nuestro inolvidable viaje a Madrid. Tras pasar la noche en el hotel Mora, me desperté temprano, a pesar de los nervios de la gala. Como siempre que voy a Madrid, me gusta darme un paseo por la Puerta del Sol, el Congreso de los Diputados y desayunar un zumo de naranja natural y una tostada en el Viena de Capellanes.

Así lo hice. Aproveché para fotografiar algunas de las Meninas que habían pintado algunos diseñadores y, de vuelta al alojamiento, pensando que aún no eran las 11:11, tu hora de levantarte, compré un Cola Cao y un bollo para llevarte a la cama.

Pero cuando me iba aproximando al hotel, la cara se me iluminó al verte arreglado, apoyado en la barandilla del paseo del Prado, contemplando el Jardín Botánico al sol. Tenías una cara de felicidad imposible de olvidar. Sonreías. Casi tanto como yo cuando me acerqué a darte un beso.

Te di tu tentempié, pero para mi sorpresa ya habías bajado a la cafetería y habías saciado el hambre después de una noche tan intensa. No nos quedaba mucho tiempo para coger el tren de vuelta a Salamanca, pero como era el Día de los Museos, te propuse acercarnos al Prado. Y sí, aceptaste. Te agarré del brazo y nos fuimos caminando despacito, a tu ritmo, mientras comentábamos las anécdotas de la gala.

Cuando llegamos a la entrada había una cola inmensa. Así que saludamos a Velázquez, nos hicimos una foto con él y nos sentamos tranquilamente en un banco antes de recoger el equipaje y llamar al Cabify para que nos llevara de vuelta a Chamartín con destino a casa.

Tengo cada momento de esos dos días grabados en mi mente. Los colores, los sonidos, los olores… la magia de ese viaje que me regalaste. Quiero creer que no intuías que era el último y por eso lo hiciste tan especial.

Ahora mismo me invade otra vez el desconsuelo y las lágrimas corren por mi cara. Te fuiste demasiado pronto, papá, demasiado.

Lo siento, cariño, pero no puedo escribirte más, porque falta hasta el aire de tanto llorar. Gracias, mi vida. ¡Te quiero, pituco!

 

 

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