El viaje a Finisterre y la tarjeta del hotel que se fundió en el bolsillo de mi abrigo


fisterra
Tú, mi vida, pletórico de felicidad en Finisterre.

¡Hola, papá! ¿Qué tal sigues? Aquí sigue el mal tiempo y el viento gira incesante la veleta de la cigüeña, que en unos días engrasarán los operarios que cada verano vienen a colocar los toldos para evitar que el fuerte sol estival entre de lleno en el salón.

Este viento me ha hecho recordar nuestro viaje a Fisterra, como a ti te gustaba llamar a Finisterre. Como eres una caja de sorpresas, encontré nuestras fotos allí. Ni tan siquiera sabía que las conservabas, seguramente porque fue un lugar que también marcó tu corazón por su belleza infinita.

En ella estás en ese gran río, llamado mar. Pero en este no se ve la tierra por ningún sitio. Y llegar hasta abajo y abrir los brazos te hace sentir una sensación de libertad total, de querer volar… Una extraña sensación de vértigo, pero que se pasa rápido, porque el movimiento y el ruido de las olas relajan el alma y la mente.

Recuerdo perfectamente aquel día. Hacía frío e íbamos abrigados para poder pasar allí un buen rato contemplado ese paisaje que nos cautivó de tal manera que estuvimos más de una hora. Salió el sol, nos cogimos de la mano y dejamos que el tiempo corriera. No había prisa, no hacía falta nada más. Era un instante de felicidad plena.

Yo llevaba un plumífero largo, de color marrón, y al salir del hotel guardé en él la plastificada tarjeta que daba acceso a nuestra habitación. Ese sol fue aumentando su fuerza, pero nosotros queríamos parar el momento y que fuera eterno.

Por desgracia, no lo fue. Nos levantamos, miramos una y mil veces hacia atrás, sin saber que iba a ser la primera y la última vez que estaríamos juntos allí, y regresamos a nuestro lugar de destino: Santiago de Compostela. Algo cansados por la excursión, en la que paramos a comer (te pediste unos boquerones, pensando que eran frescos, y terminaste diciéndole a la camarera que esos por lo menos habían venido de Málaga. decidimos regresar a estirar las piernas para por la tarde noche poder pasear por esa ciudad que te maravillaba.

La sorpresa fue que al coger la tarjeta de la habitación, y sin percatarme de ello, el calor de nuestra ‘sentada’ en Fisterra, la había casi fundido y tuvimos que bajar a pedir otra para poder entrar.

Siento tu sonrisa ahora mismo. La siento, a pesar de que hoy mi corazón está un poquito más apagado que estos días, porque de vez en cuando le hacen una pequeña grieta.

Pero no, hoy no hay tristeza que valga, que se acerca el día de tu fiesta y tengo que continuar con los preparativos. Así que te dejo, mi vida. ¡Te quiero, papá!

Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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