Nuestros desayunos en el Derby sentados en la mesa de don Ramón (Valle Inclán)

 

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El Derby, el café de don Ramón María del Valle Inclán (foto desayunagalicia.blogspot.com)

¡Hola, papá! ¿Qué tal sigues? En Salamanca tenemos un tiempo casi de verano. Los termómetros se han disparado hasta los 28 grados y vamos a cambiar las mantas eléctricas por los ventiladores, aunque el barómetro aneroide ha dado un sospechoso giro hacia lluvia, por lo que no guardaremos las botas y algo de ropa de abrigo hasta dentro de unos días.

No veas cómo está tu terraza. Todos los rosales han brotado ya y ahora es un paraíso de colores, flores, luz… pero también un sitio de recuerdos, de umbría sentimental, de miradas nostálgicas… de tantas y tantas cosas, que no acabaría nunca de escribir.

Hoy, a pesar de que el sol luce, tengo un día malo. Mis lágrimas llenan mis ojos cada cinco minutos. Quizás sea por qué también se acerca el cumpleaños de mamá, el Día de la Madre. No sé. Qué difícil es vivir sin ti.

Con tanto trajín se me olvidó comentarte que el otro día charlé personalmente con Hortensia, ya sabes quien te digo. Su marido no está bien de salud, pero ella me dijo que también nos conocía y que se había extrañado de verme sola desde hace tiempo, porque siempre pensaba lo afortunado que eras al llevar a tu hija de bastón. Es muy simpática y sintió mucho cuando le comenté que ya no estabas.

Pero hoy vamos a viajar en el tiempo. A un mes de abril, que se termina ya, de hace 14 años. Juntos nos fuimos a otra de tus ciudades favoritas: Santiago de Compostela. Te encandilaba su Catedral, sus calles empedradas, la lluvia, las ‘meigas’ y, especialmente, que era la tierra de tu admirado Ramón María del Valle Inclán.

Nos alojamos en un hotel que estaba justo enfrente del café donde él pasaba sus ratos de ocio y, seguramente, de donde nacieron algunas de sus universales obras. Entramos allí a desayunar y tú, curioso y algo inquieto por la emoción que despertó en ti ese lugar, preguntaste al camarero cuál era la silla donde se sentaba. Aunque era fácil de adivinar.

Un bohemio, soñador y escritor como tú, sólo podía sentarse junto al ventanal para ver la calle, la gente y perder su mirada en el infinito. No hace falta decir que fue allí donde nos pusimos.

Pero algo desconfiado, al día siguiente retornamos. Te encontraste con otro camarero distinto e hiciste la misma pregunta. Cuando la respuesta fue la misma, entonces te quedaste tranquilo. Ya sabías era ahí.

En nuestro recorrido por Santiago, también querías saber el lugar donde yacía su tumba. Te costó que alguien te lo dijera, pero finalmente te aseguraron que era en el cementerio de Boixaca.

Todas las mañanas te levantabas temprano, cogías el autobús y en la puerta del camposanto comprabas un clavel rojo, que con todo el respeto y la admiración, colocabas sobre el sitio donde reposan sus restos.

Este año ya teníamos reserva para volver, precisamente hoy deberíamos estar allí, pero el destino ha querido que quizás estéis juntos en ese cielo, en el que yo no creo.

Ojalá sea así. ¡Te quiero, papá!

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