El primer día que fui contigo a votar en las elecciones y mi primer ‘boto’


elecciones
La sala del Francisco Vitoria donde votabas cada vez que había elecciones.

¡Hola, papá! Ya está amaneciendo. Los días cada vez son más largos y, sinceramente, no sé si es peor que anochezca a las seis o a las diez.

Ahora, cuando veo tanta luz hasta bien tarde recuerdo nuestros paseos en busca de una terraza para tomar un refrigerio.

He dormido fatal. Supongo que porque hoy son las primeras elecciones en las que cuando baje a votar, no te voy a ver en el censo. Y va a escocer la herida otra vez.

Hoy tengo tarea por delante por hacer. Y bastante, pero al final el instinto de supervivencia te lleva a sumergirte en proyectos que antes ni te planteabas.

Pero volviendo a las elecciones, hoy recuerdo con especial ternura la primera vez que acudí contigo a las urnas.

Que si yo te cojo la papeleta, que si la meto en el sobre… Una auténtica revolución detrás de la cortinilla para mantener el voto secreto.

Al salir del colegio, como hacías siempre, nos explicaste lo que eran unas elecciones y el por qué era tan necesario elegir a la persona que va a dirigir el país los próximos años.

Tú lo tenías muy claro. Como bohemio soñador que eras, en casa había colgado un póster de Felipe González y en tu coche sonaba ‘La Internacional’. Visualizo esa imagen ahora mismo. Y nosotras te hacíamos los coros.

Mi curiosidad, herencia paterna, me hizo preguntarte el por qué yo no podía meter mi sobre en la urna. Con toda la paciencia del mundo me explicaste que aún era muy pequeña para ello.

Pero con tu genialidad única, encontraste una fórmula para que yo ese día votara. A mi manera, claro está. Era tan fácil como cambiar la V por la B. Así que me dijiste: ‘Bota, bota’. Y yo comencé a dar saltos en la calle. Tú afirmaste rotundo: ‘¿Ves. Ya has votado? Y yo me quedé mucho más tranquila, aunque creo que seguí votando todo el día y parte de la noche, pero feliz como la niña que era.

Y es que tenias unas ocurrencias geniales… Simplemente geniales, papá. Por eso creo que hoy no he conciliado el sueño y lo peor es que aún sigo despierta, escuchando como los vecinos también se ponen en marcha esta mañana de domingo.

Las vecinas, Carmen y compañía, tienen cama para rato, pues anoche tocó fiesta hasta las tantas y hoy no hay Universidad.

Te siguen echando de menos. No tanto como yo, porque es imposible, pero siempre les pareciste un hombre afable, simpático y con mil anécdotas que les hacían reír.

Ahora sí. Mis ojos comienzan a cerrarse. Espero que no por mucho tiempo, porque como ya te he dicho es un domingo largo, en el que tan siquiera sé si podré ver la carrera de Fórmula Uno con mamá, aunque últimamente están de lo más aburridas.

Pero como a ti este tema también te aburre, me despido con un ¡te quiero, mi amor!

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Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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