La primera rosa del año es amarilla y llena de luz la terraza y mi habitación


rosa

¡Hola, papá! ¿Qué tal estás? Te lo prometí ayer y hoy aquí la tienes. Tu primera rosa del año. La rosa amarilla que ya bauticé como ‘Patricia’, porque eran mis favoritas y tú la hubieras cortado y llevado con una enorme sonrisa a mi habitación.

Es un contraste de sentimientos difícil de explicar. Por un lado la felicidad inmensa de que esas plantas llenan de luz y color tu terraza. Por el otro, la nostalgia de mirar esa rosa y saber que ya nunca vendrá de tus tiernas manos, que ya nadie la cortará especialmente para mí y me la traerá con esa sonrisa dulce, tierna… La sonrisa de un padre como tú es difícil de describir. O quizás fácil, pero no para quien la disfrutó durante tanto tiempo, igual que sufrió las épocas menos buenas.

Sea como sea, esa rosa, amarilla, qué paradoja que sea mi preferida cuando odio ese color, ocupará el mismo lugar de siempre en mi mesilla. Le cambiaré el agua para que siga igual de hermosa y luego la secaré. Y la colocaré en un lugar especial.

¡Ay, papá! Qué difícil es todo sin ti. Esta mañana cuando salí de casa me encontré con Luisa, la dulce señora que paseaba cada noche con su único apoyo, su perrita Laika.

Me miró y esbozó una leve sonrisa. Ella también perdió lo que más quería. Ni tan siquiera me atreví a acercarme. La última vez que la vimos apenas nos reconoció. Y es que tras la muerte de su ‘hija’ canina, su cuerpo puso en marcha un mecanismo de autodefensa contra el sufrimiento.

Ese mecanismo se llama Alzheimer. Y por eso ella pasea feliz por los lugares de siempre, pero ya no recuerda a nada ni a nadie. Supongo que Laika tendrá un lugar especial reservado en ese corazón que se me antoja herido, marchito, esperando a que un día la puta parca la vuelva a unir con el único apoyo con el que compartió los últimos años de su existencia.

Nada más por hoy, mi vida. Sólo, como cada día, ¡te quiero, papá!

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Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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