El hombre de la barba que siempre picaba y hacía cosquillas en mi ‘mamola’

peluqueria

¡Hola, papá! ¿Qué tal estás? A mí seguramente que ya me ves. Dicen que mi cara ha cambiado, que mis ojos empiezan a recuperar su luz, incluso que tengo un toque de belleza italiana, quizá como Sofía Loren, una de tus musas de curvas impresionantes, pestañas infinitas y mirada seductora. 

Después de una mañana intensa, especialmente en emociones, alguien muy especial para los dos me ha hecho recordar tu barba. Cuando de pequeña me cogías en tu regazo, tirabas suavemente hacia atrás de mi cabeza y empezabas a mover la cabeza de un lado para otro para hacerme cosquillas.

Yo no paraba de reír, mientras tú decías sonrisueño: ¡Mamola, mamola, mamola!, porque era allí, por debajo del mentón, donde con tu barba, que picaba un poco, te gustaba juguetear con tus niñas.

Una barba que llevaste durante toda tu vida. Sólo recuerdo verte sin ella dos veces: una en casa de tu hermana Delia, cuando cogiste una hojilla y te la cortaste sin encomendarte ni a Dios ni al diablo y que no contó con el beneplácito de nadie de la familia, y otra, la que intento olvidar, aunque es complejo, en la UVI, donde nos dijeron que era necesario por tu salud.

Así que al final, cosas del destino, te marchaste sin barba. Y hoy, cuando se cumplen cuatro meses de tu muerte, echo de menos esas cosquillas, esas risas, esa felicidad de la infancia tan bonita que nos regalaste.

Hace no mucho tiempo pasé por tu barbería. No había clientes y le comenté que habías fallecido. Vi el sillón donde siempre te sentabas para que te dejaran aún más guapo de lo que eras, lo miré con ternura, cerré la puerta y me fui, con los ojos empapados en lágrimas y las gafas de sol que tanto odiabas para camuflar mi dolor ante ese momento.

Pero la vida al final hace que las cosas surjan porque sí. Y que los recuerdos fluyan por tu mente. Que te des cuenta de que no sólo yo no te olvido, que los abrazos y los besos son reconfortantes y sanadores, que no me voy a rendir ante nada y ante nadie y que sigo siendo cabezota, apasionada y algo macarra. O mucho. No lo sé.

Lo que sí se es que te extraño cada minuto, pero que desde hace unos días estoy feliz porque siento que tú también lo estás, y que dejarte libre viendo amaneceres de ensueño y atardeceres bucólicos a la orilla del mar fue la mejor despedida para el hombre que más he querido en este mundo. Y nunca me cansaré de gritar al mundo una y otra vez: ¡Te quiero, papá!

 

 

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