Mañanitas de Domingo de Ramos, laurel bendecido y churros con azúcar


laurel

¡Hola, papá! Hoy he madrugado un poco para cumplir con la tradición del Domingo de Ramos. Me he acercado a la parroquia a recoger el laurel bendecido, ése con el que mamá luego te hacía deliciosos guisos caseros.

Y es que me gusta llegar a la mesa del salón y colocarlo junto a su bote de cerámica. Siempre eras tú el que ibas arrancando hoja a hoja con la meticulosidad que te caracterizaba y luego mostrabas orgulloso tu ‘ardua’ labor.

Las calles ya estaban llenas de gente con palmas y más laurel, preparándose ya para la tradicional procesión de ‘La borriquilla’, uno de esos conjuntos artísticos que te gustaba admirar por su belleza, no por tus creencias, o mejor no creencias, religiosas.

Y como siempre hacía en esta mañana dominical, después iba a la churrería a buscar unos churros calientes con azúcar (nuestros favoritos), que tú tomabas con Cola Cao y luego te rechupeteabas los labios para rebañar los restos de tan delicioso y típico manjar.

Este año, curiosamente, el Domingo de Ramos coincide con el Día de la República. Hubiera tenido trabajo extra pintándote la uña gorda con los colores de su bandera para que luego la fueras enseñando a tus amigos para despertar una sonrisa en su boca.

Aún guardo los esmaltes que me hiciste comprar el año pasado para hacer esta ‘obra de arte’, porque mi pulso nunca fue prodigioso y había que hacer varios intentos hasta lograr uno decente.

Otro día más cargado de recuerdos, de emociones… en definitiva… de ti, de tu esencia, de tu mirada de ojos grises. La silla del salón está hoy vacía, y el laurel esperando a que alguien lo guarde en su tarro. Ahora mismo me pondré a ello, mi amor.

Disfruta de otro día casi estival, pues a estas horas los termómetros marcan casi 15 grados, y no olvides que hoy, mañana y siempre ¡te quiero, papá!

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Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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