El mal humorado anciano y la señora del gorro de margaritas de la playa de Deba

debapl

¡Hola, papá! ¿Cómo llevas el domingo? Por aquí la cosa está más o menos tranquila. Después de algunas semanas de sobresaltos de salud, parece que mamá está estabilizada y, al menos, no tenemos que volver a pisar el maldito hospital.

Tengo tantas cosas que llevarte a Deba, que estoy preparando la lista para que no se me quede ninguna. Allí te esperan con el mismo cariño de siempre. Ya lo sabes.

Aún recuerdo nuestro primer viaje allí. Nos alojamos en el hotel Miramar, que estaba justo al lado de la playa. Tanto era así, que cuando subía la marea, el agua llegaba prácticamente hasta la puerta.

Estábamos en la arena haciendo nuestros castillos cuando un anciano malhumorado que paseaba cada mañana por la orilla, nos lo pisó para nuestro desencanto infantil. El señor se quejaba de que luego quedaban agujeros en su recorrido y tenía riesgo de caída. Así que nos quedamos con nuestra cara de asombro y levantamos otro de mayor tamaño, mientras el abuelo cascarrabias se divisaba ya a lo lejos.

Llegó la hora del ansiado baño. Sabio, como pocos, nos decías que el miedo era lo que realmente te hundía, que si una ola te metía para dentro, otra te sacaba. Era cuestión de mantener la calma y tener un poco de destreza para salir.

El mar estaba especialmente salvaje. Las olas doblaban su fuerza a escasos metros de la orilla y la única manera de intentar salvar la caída era agarrarse fuerte de las manos para esperar a la siguiente.

Y en estas estábamos cuando a nuestro lado apareció una señora con un gorro amarillo con unas margaritas blancas adornando su cabeza. Pensando en nuestra seguridad, se colocó a nuestro lado y dijo: “Cuidado, que esta es buena”.

Siguiendo tus palabras, nos cogimos con la fuerza necesaria para quedar en pie tras su paso, pero cuando buscamos a la dama del gorro amarillo, la encontramos en la orilla, intentando levantarse tras el fuerte impacto de las brutales embestidas.

Corrimos a ayudarla. Por suerte sólo tenía algún rasguño y el susto. Y siguiendo con personajes de aquel inolvidable verano, el título de ‘rey’ se lo llevó un chaval que jugaba con una colchoneta. Aprovechando la marea revuelta, cogía su colchoneta y la redireccionaba hacia el lugar donde estábamos. Hasta que hizo diana.

Finalmente también terminó en la orilla y Marta también había corrido la misma suerte. El niño, ansioso de palpar carne, se aferró con todas sus ganas a la cintura de tu hija que, sin pensarlo dos veces, le arreó un guantazo en cada una de sus mejillas y le espetó: “Ay, mamón”.

Cuando íbamos camino del hotel, el chico estaba recogiendo sus cosas en un banco, con su madre. Llevaba unas gafas con cristales muy gruesos para su corta edad. Quizá por eso tenía esa necesidad de palpar. Sea como fuere, nos reímos durante mucho tiempo de aquel momento.

Espero que sigas sonriendo cuando leas estas líneas. Yo lo he hecho. ¡Gracias, papá! ¡Te quiero!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s