Los inolvidables días de nieve, de muñecos y de guerras de bolas

nieve

¡Hola, papá! Vaya frío que hace en la calle. Parece que la primavera se ha marchado de repente para dejar paso al invierno. Ha nevado. En la capital no, pero en los pueblos muchos. Y toda la felicidad que evocaba la nieve en mí, ahora se ha transformado en nostalgia, en recuerdos, muchos recuerdos.

Cada vez que empezaban a caer copos los dos nos quedábamos eclipsados mirando por el cristal de la terraza como poco a poco una capa blanca iba cubriendo el suelo. Nos gustaba palpar su tacto con las manos e, incluso, hacer muñecos, que decorábamos con gorros, bufandas y zanahorias en la nariz.

Ahora se me vienen a la cabeza nuestras guerras de bolas en la calle. Cogíamos un buen puñado de los coches y luego nos las lanzábamos. ¡Qué tiempos tan bonitos!

Hoy no, porque aún me faltan fuerzas para abrir los álbumes de fotos de mi infancia e ilustrar este texto con ella, pero siempre recordabas con ese gracejo para contar tus mil y una batallas el día que tu amigo Rafa, el de Candelario, como le conocíamos familiarmente, nos subió a la plataforma y Rodrigo, su hijo pequeño perdió un zapato. Por el miedo a su padre, que los traía ‘a raya’, el pobre niño no dijo nada hasta que volvimos al coche y estuvo sin calzado un buen rato.

Nosotras llorábamos porque al querer sostener la nieve en nuestras manos, nos empezaron a quemar, y el dolor era casi insoportable. Pero ahí estabas tú para cogérmelas y calentármelas. Y esa falta de calor es la que ahora mismo me tiene rota de dolor, con los ojos empapados en lágrimas, con el corazón partido en mil trozos.

Sé que no quieres verme así, pero también sé que entiendes que la herida está muy reciente, que nuestro amor era muy grande y que vivimos tantos momentos maravillosos juntos que la emoción me supera por muy fuerte que quiera parecer.

Papá… cada día me pregunto por qué el destino nos quiso separar tan pronto. Pero no encuentro respuesta ni consuelo. Sólo esta página donde contarte mis cosas, sólo. Una página en blanco que me gustaría llenar siempre con textos alegres, pero que no siempre es posible. Una vez más te lo pido, mi amor. ¡Guíame! Porque en ocasiones siento que con tu ausencia pierdo el rumbo de mi existencia y la soledad infinita que me rodea no ayuda demasiado a encontrarlo.

¡Te quiero, papá!

 

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