Preparando la maleta para el viaje de cumpleaños a tu primer (y último mar)

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¡Hola, papá! ¿Cómo sigues? Supongo que contento porque en una semana volverás a tu primer mar, que, por desgracia, también será el último. Tengo un nudo en el estómago de pensarlo, porque egoístamente quiero que estés siempre a mi lado, pero sé que allí, en la playa de Deba, en ese río grande que mirabas mientras te acercabas con el tren y en el que no alcanzabas a ver el fondo, serás feliz.

Porque tú amabas el suave susurro de las olas, el color de sus aguas en los días azules y también en los grises, quizá por la similitud con tus ojos, subir a Santa Catalina, comer un buen rodaballo, especialmente si te lo traía recién pescado tu amigo Joserra, que ya te espera allí para darte el último adiós.

Volveremos al Izende, el restaurante donde en sus paredes cuelga ese artículo de emociones infinitas titulado, como no podía ser de otra manera, ‘Mi primer mar’, y que yo misma, si soy capaz de articular palabra, leeré antes de que llegue nuestra despedida definitiva. De fondo, como no, sonará ‘Maite’ cantada por las cálidas voces del Orfeón Donostiarra que otrora escuchaste en la plaza del pueblo una noche de verano, con cientos de estrellas brillando en el cielo.

Quiero pensar que este es el cumpleaños que te hubiera gustado tener. Hubieras cumplido tres cuartos de siglo. Aunque yo siempre deseé que heredaras la genética de la abuela, que casi llegó a centenaria. Pero bien es cierto que lo tuyo fue una muerte cruel, injusta, en la que la incompetencia de los médicos te fueron minando primero tus fuerzas, luego tu ánimo y, finalmente, tu vida. Y con ella una buena parte de la mía.

No habrá Remelluri, porque ya sabes que no me gusta el vino, aunque si hay que mojar los labios en tu honor, lo haré (por ti haría lo que fuera). Va a ser un día tan duro como hermoso, de reencuentros y despedidas, de recuerdos y de lágrimas y, probablemente, según he visto en el pronóstico del tiempo, de lluvia.

El cielo llorará una vez más, pero yo pensaré que es tu llanto por el adiós físico (sabes que de mi corazón no te vas a ir nunca). Ve preparando tu maleta para este, ahora sí, último viaje.

¡Te quiero, papá!

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