Los amaneceres en el claustro de la Pontificia bajo el tañer de las campanas

claustro

El claustro de la Universidad Pontificia esta mañana.

¡Hola, papá! Ahora que llega abril, parece que están a punto de llegar aguas mil. Hace un día frío y desapacible. La gente ha vuelto a recuperar su ropa de abrigo y nuestro barómetro aneroide da ha volcado su aguja hacia lluvia. Así que toca preparar el paraguas por si acaso.

De camino de Víctor Jara para recoger unos cuantos ejemplares de tu genial ‘Aquella cigüeña tempranera’, mis ojos recalaron en la Universidad Pontifica, otro de esos edificios de piedra dorada que cautivan la mirada de propios y extraños.

Mi mente viajó en el tiempo a 1992, ayer. Fue entonces cuando yo empecé a cursar mis estudios de Periodismo (tenía clara mi vocación desde niña) y las clases comenzaban a las 8 de la mañana.

A pesar de que ya era una adolescente hecha y derecha que sabía de sobra moverme por la ciudad, a ti te gustaba bajarme en coche, sobre todo en invierno, cuando amanecía tarde. Te quedabas más tranquilo dejándome en la puerta y yo, sinceramente tan feliz de que quisieras venir conmigo.

Una mañana, esperando la hora de que sonara el timbre que anunciaba el inicio de las clases, decidimos entrar al claustro para admirar su belleza. Y allí, en ese entorno mágico, propio para dos almas bohemias y soñadoras, con las estrellas apagándose y la luna de testigo antes de ocultarse para dar paso al sol, las campanas comenzaron a sonar.

No salió ni una palabra de nuestras bocas para no estropear ese momento. Era música para los oídos, un sonido que trasladaba la mente a otros tiempos, donde el mundanal ruido no existía y donde, una vez más, como siempre en las ocasiones especiales, nos cogimos de la mano y nos abrazamos, sabiendo que era algo único.

Y desde entonces ya lo convertimos en un ritual, en nuestro ritual. En algo maravilloso que hoy he vuelto a recordar asomada a ese claustro. No había silencio, sino el bullicio de una manifestación de estudiantes que reivindicaban no sé muy bien qué.

Las piedras brillaban menos, porque las nubes ocultaban el sol, pero allí volví a sentir tu mano, tu abrazo, tus ojos de padre orgulloso y, entonces, sonreí.

¡Te quiero, papá!

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