Mis primeras torrijas y el estómago agradecido de mi ‘conejillo de indias’

torrijas

¡Hola, papá! ¿Qué tal todo? Yo emocionada y nerviosa. Parece que el nacimiento de tu ‘hijo’ literario se adelanta y la responsabilidad de saber que tengo que escribir el prólogo ha acelerado mis emociones y mis pulsaciones. Pero es realmente un orgullo que vayas a estar otra vez en la Feria Municipal del Libro de tu querida Salamanca.

En poco más de tres semanas llega la Semana Santa y los escaparates de las pastelerías ya están repletos de los dulces típicos de estas fechas. Y claro, la estrella, como no podía ser de otra manera, es la torrija. Seguro que sólo de pensarlo te estás relamiendo acordándote de las que te preparaba mamá, que sabía darle el toque perfecto para deleitar tu exquisito paladar.

Aunque por mi mente se pasaron aquellas que decidí hacerte una mañana en que ella estaba ingresada en el hospital y tú convaleciente de una intervención. Me afanaba en cocinar platos de cuchara, carne rellena, pescado y confeccionar menús para que te recuperaras y, sobre todo, que no pasaras hambre.

Daba vueltas a mi mente para sorprenderte cada día con algo diferente y en una de esas se me ocurrió que podría hacer unas torrijas de postre. Así que cogí una barra de pan y me puse a ello.

En lugar de mirar una receta en Internet, como solía hacer, me ‘tiré a la piscina’ y pasó lo que pasó. Mi experimento fue una auténtico desastre. El pan no estaba suficientemente empapado en leche, el corte no era el correcto y no calculé bien el tiempo que debían de pasar en la sartén.

Mas como siempre se me ha dado bien presentar platos, le eché canela por encima y tú, agradecido por el esfuerzo, te las comiste sin decir ni pío. Cuando la casa había recuperado la normalidad y mamá volvió a tomar las riendas de los fogones me confesaste que no habías probado algo más malo en tu vida (luego me superé con los gazpachos).

Nunca más volví a hacerlas, porque tampoco fueron santo de mi devoción a pesar de ser una golosa empedernida, pero me sentí profundamente agradecida del esfuerzo que hiciste por comértelas sin rechistar porque sabías que yo también había hecho un esfuerzo por complacerte.

Gracias, papá. Hoy daría lo que fuera por volver a hacerte tus tortillas, tus hornazos… todo lo que sí se me daba bien, pero bueno… ya no puede ser. Así que antes de que mis lágrimas me impidan leer lo que te estoy escribiendo, te dejo para que disfrutes de la tarde. ¡Te quiero, mi amor!

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