Recordando a Miguel Hernández y la ‘Nanas de la Cebolla’ siempre leías en el aniversario de su muerte

miguelherna¡ández

¡Hola, papá! ¿Cómo sigues? Hoy casi me puedo imaginar que estás con un libro, pero no con uno cualquiera, porque en ese calendario que aún sigue sobre la mesa de tu despacho, que paraste el 6 de octubre, seguramente que tendrías apuntado que hace 42 años moría otro genio de las letras: Miguel Hernández.

Insisto en el seguramente porque para mí tu despacho sigue siendo un lugar intocable. Quiero que lo veas tal y como lo dejaste. La misma página del diccionario de la RAE que consultaste, los últimos apuntes a bolígrafo y con tu inconfundible letra casi ilegible por tu tamaño, que quizás tendrían como destino final algún libro o cuento, alguna genialidad, sin dudarlo.

Recuerdo desde bien pequeña que siempre quisiste que supiéramos quienes eran los grandes de la literatura y, como no, Miguel Hernández formaba parte de ese grupo de plumas tocadas por un don que sólo unos cuantos tienen la suerte de poseer.

Tú le hacías tu particular homenaje. Solías coger las ‘Nanas de la Cebolla’ y la leías en voz alta en el salón, entonando cada verso cual música celestial, con el sentimiento que únicamente Nacho ponía a las auténticas joyas literarias.

Y yo te escuchaba atenta, sin pestañear, disfrutando de ese momento, porque recitabas muy bien, a pesar de que la poesía no era lo que más te gustaba.

Cosas de la vida, mirando en Twitter, encontré a una persona a la que le tenías un gran aprecio, David Senabre, que no sabía que iniciaste tu viaje con destino desconocido el 15 de diciembre. Se soprendió por la noticia, pero ahora ya he recuperado contacto con él para que sepa de ti a través de estas líneas que te escribo cada día.

No hace falta que me recuerdes que este fin de semana cambian la hora. El sábado yo misma cogeré el reloj que te regalé hace casi dos décadas y que estuvo en tu muñeca hasta que ingresaste en el hospital, y dejaré que sigan contando las horas, precisas y ahora eternas con tu ausencia.

Poco más por hoy. Quiero imaginar que quizá estés recitando las ‘Nanas de la Cebolla’ con tu admirado Miguel Hernández. Pasa un buen jueves, mi vida. Y haciendo mi propio tributo al genio, rescato el final de la ‘Elejía a Ramón Sijé’: “

A las aladas almas de las rosas…

de almendro de nata te requiero,:

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

¡Te quiero, papá!

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