Los bocatas de jamón del Gran Vía y los tiernos abrazos de Estefi añorándote

granvia

Los restos del restaurante Gran Vía, donde comíamos uno de los mejores jamones ibéricos de Salamanca.

¡Hola, papá! Otra mañana frenética, pero fructífera. No quiero dejar ni un cabo suelto del proyecto más importante que ahora nos une. ¿Estás feliz? Yo, al menos, como no paro un minuto, me ‘olvido’ de lo malo y te siento a mi lado cada segundo.

Después de la paliza que me dio ayer el fisioterapeuta mi espalda parece que va mejor, pero hoy los dolores son intensos. Pero iré a hacer un poco de Pilates para estirar y poco de zumba para sacarte una sonrisa.

Te pedí una señal, porque tengo muchas dudas sobre una cuestión que te atañe personalmente, y lo malo es que, lejos de resolverla, cada día se hace mayor, pero sé que al final me acabarás guiando por el camino correcto.

Ayer estuve con una de tus mejores amigas, Estefi, ese morenita de ojos oscuros y melena larga y azabache, que te abrazaba cual osito de peluche cada vez que te veía. Esta vez me los llevé todos yo, pero sabes de sobra que tú y yo somos uno, y sé que de alguna manera sentiste su calor, se te dibujó una sonrisa en la boca cuando ella empezó a hablar maravillas de ti y seguramente que se te escapó algún suspiro cuando miraste su preciosa cara.

Huyó de Salamanca en busca de un trabajo que le aportara mayor estabilidad, pero me confesó que te llevaba siempre en su pensamiento, especialmente cada vez que estaba cerca de nuestra zona de ‘chateo’.

Y siguiendo con mujeres bonitas, en uno de mis muchos paseos por la ciudad para resolver un trámite detrás de otro, recalé en el edificio del restaurante Gran Vía. Ese en cuya barra, con garbo y sabiéndose exuberante, Carmen preparaba los mejores bocadillos de jamón ibérico de Salamanca.

Seguro que tú lo recuerdas lleno, con decenas de señoras jugando la partida, echando horas y horas por el módico precio de un café, y con su dueña con una sonrisa perfecta y su cabello rubio, que paseaba por toda la barra para recreo de la vista de los caballeros que frecuentaban el local.

Ahora está vacío. Lleno de pegatinas de ‘Se alguna’, de panfletos de pisos universitarios, con las cristaleras tan sucias que apenas dejan intuir aquel precioso lugar donde pasamos muchas tardes de buen yantar.

Me dio pena, porque cada vez que se cierra un sitio donde fuimos felices, se va un trozo de nuestra historia, que, por fortuna, permanece en nuestras mentes y ahora en este blog.

Poco más, papá. Hace un día espléndido. El cielo brilla, como ayer, azul y los termómetros ya llegan a 20 grados a la hora de comer. Las terrazas se llenan de gente, pero en cada una de ellas hay una silla vacía, que ya nadie podrá ocupar, porque tu presencia era única. ¡Te quiero, papá! Y cada minuto de mi vida un poco más.

 

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