La misteriosa dama de la maleta roja que durmió un gélido invierno en un portal

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La misteriosa dama de la maleta roja buscando el sol después de las gélidas noches durmiendo en un portal.

¡Hola, papá! Hoy te escribo desde tu despacho. Necesito encontrar una foto especial para la Feria Municipal del Libro. ¡No te imaginas la cantidad de recuerdos que se agolpan ahora en mi cabeza!La verdad es que es complicado elegir. Y más cuando la herida está tan reciente. Pero hay que hacer las cosas, y cuanto antes mejor.

A veces parece que seguimos conectados por esa telepatía que teníamos en infinidad de ocasiones. Y creo que me has leído el pensamiento una vez más. Bajaba yo esta mañana por el Campillo y vi el banco donde se sentaba la misteriosa mujer de maleta roja, de pelo cano y mirada perdida. Sabes perfectamente de quien te estoy hablando. Y justo, rebuscando en los archivos, apareció una imagen que tú, curioso como pocos, quisiste tomar para ver si lograbas encontrar algún dato que te ayudara a satisfacer esa curiosidad.

Pero como quien lea este texto probablemente no se esté enterando de lo que estamos hablando, voy a contar la historia de esta mujer.

En 2011, cuando nosotros regresábamos de ‘embriagarnos’ cada noche de invierno, una señora, con un chaquetón azul y una pequeña maleta roja esperaba a que la calle se quedara vacía y se sentaba en el portal de enfrente de casa. Recuerdo que había días de cuatro o seis grados bajo cero y aquella mujer, en algunas ocasiones, ya había caído rendida y sin siquiera recostarse en el suelo, sus ojos estaban cerrados, soñando quizá con algo que jamás llegamos a descubrir.

Aún se me estremece el cuerpo de pensar en ella. Porque no fueron ni uno ni dos los días. Pasó todo el invierno allí, sin hacer ruido, queriendo pasar inadvertida, a pesar de que algunas personas quisimos ayudarla a través de los Servicios Sociales.

Hablaban, como es lógico, muchas cosas sobre ella. Que si tenía una hija y no quería pernoctar en su casa, que si le manaba el dinero y prefería esa vida bohemia… Nadie sabe realmente lo que pasaba por la mente de la misteriosa dama, que nada más que amanecía, cogía su pequeña maleta y, en cuanto salía un rayo de sol, se sentaba en un banco del campillo, quizás para mitigar la hipotermia de esas noches eternas pasando frío en aquel recóndito lugar, expuesta a los peligros que supone dormir sin techo.

Casi siempre hacía una pequeña compra en un supermercado cercano. Fiambre, algo de fruta y un poco de pan, seguramente su sustento para todo el día, esperando otra vez a que oscureciera para repetir esa escena que por más que veíamos no dejaba de sobrecogernos.

Un día, sin más, la mujer desapareció. Hay quien comenta que se la llevaron a alguna residencia para ayudarla, pero viendo que era un alma perdida y solitaria, es más fácil creer que decidió dar otro rumbo a su existencia y emprender camino hacia donde le pidiera el corazón o, simplemente, a un lugar donde poder descansar con la calma que necesitaba.

Otra historia más y otra historia menos de las miles que vivimos juntos. Dura, intensa y sobrecogedora, pero real como la vida misma. Disfruta de esta tarde primaveral, mi amor. ¡Te quiero, papá!

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