Llegó la primavera a la ciudad, todo ha cambiado de color (o casi) con superluna de gusano

primavera

Los árboles, llenos de brotes, ya tiñen de color las calles de tu querida Salamanca.

¡Hola, papá! ¿Cómo sigue todo?

Supongo que hoy estás feliz, porque ahora Mariko, tu ‘hija’ japonesa, te lleva en su corazón y, pese a que siempre juraste y perjuraste que no ibas a montar en avión, en unas horas un trocito de ti, hecho cenizas, cruzará el océano a no sé cuántos miles de metros de altura para que, por fin, puedas ver Japón y saludar a tus ‘nietos’, que tanto lloraron tu pérdida.

Ha sido una visita corta, pero intensa, que ha servido para unirnos aún más y para traer un poco de aire fresco a esta casa que desde hace tres meses se quedó sin la luz que alumbraba cada rincón por donde pasaba.

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Juan y Mariko brindando por su ‘papá’ y su amigo Nacho.

A la pequeña fiesta que hicimos en tu honor se unió nuestro querido vecino, Juan Figueroa, quien por fin accedió a tomar una copa de cava y nos amenizó la tertulia con sus siempre agradables conversaciones y esa risa tan particular que se contagia fácilmente. Creo que todos te sentíamos allí, porque cada uno, a nuestra manera, te llevamos dentro y eso me llena de orgullo. Has dejado una huella imposible de borrar en quien te amó con locura (es decir, yo), y en quien mantuvo contigo una hermosa amistad y un aprecio personal que sigue persistiendo en él a pesar de tu ausencia.

Pero no quiero pasar por alto otro día especial. Llegó la primavera a la ciudad, todo ha cambiado de color… Desde esta mañana llevo tarareando esa canción, porque era la que entonabas tú cada 21 de marzo para celebrar el cambio de estación.

Y lo hizo con un fenómeno astrológico de esos que nos fascinaba compartir y que no se repetirá hasta 2030 (dónde estaremos, cariño) la ‘superluna de gusano, que no se veía desde hace casi 40.

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La ‘superluna’ de gusano desde tu terraza que Mariko inmortalizó con su móvil

Mariko, como buena japonesa (y no lo digo yo, lo decía ella) cogió su móvil y tomó una foto especialmente para ti, desde tu terraza, para que hoy veas la hermosura del cielo de Salamanca. Juan, mientras tanto, tarareaba ‘Fly me to the moon’, de Frank Sinatra, y yo pensaba en lo bonito que sería volar hasta allí juntos. ¿Recuerdas esa noche de verano cuando yo la bailaba para ti mientras contemplábamos el eclipse?

Tú sentado en tu silla, con una de esas cervezas especiales que gustosamente te compraba para saciar tu sed… Y el abrazo infinito en el que nos fundimos durante minutos, mientras yo besaba tu frente sabiendo que esa momento no iba a volver a repetirse, como me explicaste de pequeña con aquella frase que hoy me cuesta más aceptar: ‘El tiempo pasará y nunca volverá’.

Y así es, papá, el mundo sigue girando, la vida continúa, mis lágrimas siguen brotando y mi corazón latiendo, unos días con más fuerza que otros…

Lo que no se me olvida jamás es despedirme con un ‘te quiero’, con locura, mi amor.

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