La herradura de la suerte y las herraduras de la muerte

herradura

¡Hola, papá! ¿Qué tal sigue todo por ahí? Aquí con frío y lluvia. Ya lo anunciaba el infalible barómetro aneroide, que siempre nos daba una pista más que fiable de la meteorología.

Justo hoy, colocando la aguja hacia lluvia, encontré otro de los pequeños tesoros que habías creado con esa mente inquieta, curiosa, privilegiada y genial.

Fue un día caminando por el campo cuando topaste, sin querer, con una herradura de un caballo. La cogiste y la trajiste a casa. Aunque tú no creías en supersticiones, quisiste dedicarle un texto que decía así: “Gracias a alguna cabalgadura y su jinete, recorrimos caminos y campos sin cuento, en busca de quien sabe cuantos horizontes. Quizá algún día sobre ella, cabalgue también la buena suerte”.

Y la verdad es que buena suerte me trajo. La buena suerte de vivir contigo todo lo que pasamos juntos, de conocerte, de quererte, de que me inculcaras todos los valores que hoy hacen de mí una persona culta, educada, respetuosa y no sé cuantas cosas más, porque me faltaría texto para contarlas.

Pero el tiempo pasó. Y de la herradura de la suerte, pasaste a hablar de las herraduras de la muerte. Algo que me sobrecogía el alma cada vez que te lo oía mentar, y que hacía referencia a las ojeras, que a medida que iban creciendo eran indicativo de que el final estaba cerca.

Odiaba esa expresión, y hoy con más motivo. Pero al final tenías razón. Cuando estabas a punto de irte esas herraduras de la muerte se veían perfectamente en tu cara. De hecho tú no te cansabas de repetirlo, a pesar de que yo te decía que no, que eso era por la debilidad, y que pronto estarías en casa recuperado.

Cuando veo algunas fotos que nos hicimos juntos en el hospital, y que guardo porque quiero que haya muestras del sufrimiento que pasaste por la incompetencia de algunos matasanos que se hacen llamar médicos y que se consideran eminencias, distingo perfectamente esas malditas herraduras bajo esos preciosos ojos grises que inspiraron el título de este blog.

Comienza a llover. Y quiero pensar que son tus lágrimas por ver las mías cuando escribo este texto. Duro, seguramente, pero era lo que me pedía contar el corazón hoy.

Te dejo papá. Que las obligaciones me reclaman y contigo hablo cada minuto que estoy sola. No lo olvides nunca, mi vida. ¡Te quiero!

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