Sara, la dulce Sara, y la lágrima que brotó de sus enormes ojos por ti


¡Hola, papá! ¿Qué tal ha empezado la semana? La mía bastante ajetreada por cosillas que estoy comenzando a hacer y que ya te iré contando si todo sale bien. Si antes te sentías orgulloso de mí, ahora quiero que te sientas aún más.

Sé que si me estás viendo sabrás con quien he estado hace un rato. Con Sara, la socorrista de la piscina. En cuanto me vio me preguntó por ti. Te quería mucho, como casi todo el mundo. Y cuando le dije que te habías ido, una lágrima comenzó a brotar de esos enormes ojos que mirabas con ternura cuando llegabas allí y te iba a buscar para llevarte cogida de su brazo hasta la tumbona.

No presumías tú ni nada de llevar a la chica más guapa del recinto como ‘bastón’. No te importaba dejarme por un rato para sentarte tranquilamente bajo su sombrilla para hablar de libros, porque a ella también le encanta la literatura.

La verdad es que han pasado casi tres meses y me sigo sorprendiendo. Con algunas personas para bien y con otras para mal, pero me quedo con las buenas.

Los días ya comienzan a ser más largos. Estamos casi en primavera, aunque este año tendrá un color distinto, papá. Ni tan siquiera soy capaz de pensar ahora en eso. Ni en cuando llegue el verano y la época de piscina y tu tumbona esté vacía.

La pena es que no te hiciste ninguna foto con Sara, la dulce Sara, pero bueno, aquí te dejo una en la que seguramente la estabas contemplando. Como seguramente quedemos para hablar un rato y recordarte, le haré una para que veas que sigue igual de bonita. Hoy ni tan siquiera sé decirte lo que ha pasado por el mundo, porque no he parado. Sigue girando, eso sí.

Te dejo, mi amor, que seguramente ya habrás comido y estés deseando que termine de contarte historias para echarte la siesta. ¡Te quiero, papá!