El amante del buen vino, los libros y las mujeres hermosas


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Espero que tan guapo como siempre y que me eches de menos sólo la milésima parte de lo que te echo yo a ti.

Y es que no hay lugar por donde pase que no me recuerde al hombre que más he querido en mi vida. Tenías tantas vivencias, tantas inquietudes, tantos conocidos (porque amigos en vida pocos y ahora que ya no estás desaparecieron otros cuantos), tanto… en general.

Esta mañana estaba en el supermercado y a cualquier lado que miraba te sentía. Tus alubias pintas, el pulpo, los boquerones, los berberechos de tamaño XXL, el bacalao ahumado, las cervezas nuevas, las aceitunas y, por supuesto, el vino.

Muy a tu pesar, y ahora al mío también, nunca me gustó un buen vino. Sólo mojaba los labios y recuerdo que mi ceño se fruncía, porque el sabor no me acababa de llenar.

Todo lo contrario a ti. Lo sorbías lentamente, lo saboreabas un rato en tu boca y luego tragabas. Disfrutabas cada sorbo.

Lo que sí me enseñaste bien eran los que realmente apreciabas. El primero, como no, el Vega Sicilia, del que guardabas unas cuantas botellas para cuando volvieran los premios literarios.