Fonseca, el lugar de la luz por el día y la magia de las estrelladas noches estivales

Triste y sola, triste se queda Fonseca y quien esta mañana quiso llevar allí tu recuerdo

¡Hola, papá! ¿Cómo estás pasando el domingo? Espero que al solecito y con una cerveza fría disfrutando de algún bello paisaje.

Hoy también ha tocado paseo. Al final es mi momento favorito del día. Comenzar a caminar sin rumbo e ir dejándote guiar un poco por donde te dicta el corazón. Mi soledad y yo nos encontrábamos algo nostálgicas esta mañana y mi cabeza de repente se acordó de un lugar especial para los dos: el colegio Fonseca.

Despacito, porque ya te he contado que ando floja de fuerzas y de defensas, llegué hasta su patio, me senté y quise disfrutar del silencio. Un silencio infinito que te deja meditar, reflexionar y que tu mente recuerde los momentos mágicos que allí pasamos.

Siempre era un sitio de celebración. Por las mañanas cuando había algo que celebrar íbamos a su exquisito restaurante con esas privilegiadas vistas que se tienen desde el ventanal. Y cuando el sol caía, durante los meses de verano, el patio de convertía en improvisado escenario al aire libre para acoger a algunos de los mejores artistas nacionales o internacionales de las más variadas disciplinas artísticas.

Allí reímos, cantamos y bailamos tantas y tantas veces al contagioso ritmo de la inigualable Vieja Trova Santiaguera; las notas de Compay Segundo y, sobre todo, con la gaita de uno de tus más admirados músicos: Carlos Núñez.

Te embelesaba con cualquiera de sus temas, pero cuando llegaba ‘Bailando con Roxiña’, aquel hombre que parecía serio y formal saltaba del asiento para mover brazos y piernas con esa descoordinación total que tenías para llevar el compás, pero que te hacía aún más divertido.

De hecho, si no mal recuerdo, fue con él, a Carlos Núñez, con quien te despediste de este enclave que tanto te fascinaba hace ya hace tres veranos. La violinista que le acompañaba bajó del escenario para interactuar con el público y fue haciendo un trenecito para que los asistentes subieran allí a bailar al ritmo de tan pegadizas notas.

Tomó mi mano y yo enseguida me giré para coger la tuya, pero preferiste quedarte en tu asiento riéndote, porque en el fondo, como muchas veces me decías, pensabas que estaba como una cafetera.

Y allí terminé yo, en el escenario, brincando y aplaudiendo a tu músico favorito mientras me mirabas con una cara que irradiaba felicidad, con esos ojos grises que brillaban incluso más que las estrellas en ese espacio único de tu querida Salamanca.

Cuando volví a mi asiento te regañé por vago. Por no haber vivido tú ese momento. Y es que al final los momentos son únicos y nunca vuelven, por desgracia, especialmente los buenos.

Después de ese rato de silencio, sentada en el banco que más de una vez compartimos, continué mi ruta y aproveché para saludar a don Miguel de Unamuno, que la última vez que lo vi, el 31 de diciembre, estaba muy solicitado. Hoy no. Sólo algún turista se paraba para mirar y hacer una foto a su estatua.

Y así terminó otra mañanita de domingo, en la que no tengo muchas cosas más por contarte y en la que mis ojos otra vez llegaron llenos de lágrimas por lo insoportable que es intentar vivir sin mi amor eterno. ¡Te quiero, papá!

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