Los Marco que marcaron mi vida y otras cosas absurdas de un día gris

¡Hola, papá! ¿Cómo va todo? Por aquí supongo que ya ves que las cosas no se nos están poniendo demasiado fáciles. Hay rachas que el destino te empieza a poner obstáculos y no sabes hasta dónde. Es como si quisiera poner a prueba tus límites. Una crueldad máxima cuando apenas hace dos meses que perdí a la persona que más me quiso en mi vida.

Hoy estoy cansada, confundida, intentando encontrar un por qué a todo lo que esta pasando, pero creo que con eso lo único que consigue es reavivar el dolor, la pena, el duelo. El duelo, maldita palabra, que además todo el mundo sabe cómo tienes que pasarlo y te miran a la cara y te dan consejos mientras tú sólo piensas en qué sabrán ellos.

Y con esto no generalizo, porque hay personas que sí se han esforzado en dedicar un minuto o diez de su tiempo en hablar contigo y escuchar tus sentimientos, calmar tus lágrimas o rodear tu hombro con su brazo para que puedas desahogarte a gusto.

Recordando como siempre las miles de cosas que me contabas de cuando era niña, o incluso bebé, no me digas por qué, o sí, empecé a hilvanar cosas que pueden resultar hasta absurdas. Realmente creo que lo son, pero la inspiración se me debe haber escapado en alguna de las incesantes lágrimas que salen de mis ojos por cualquier cosa. Un libro, una moneda, una canción… hasta ir a hacer la compra se ha convertido en una tortura.

Pero bueno, a lo que iba. Y sé que si estuvieras aquí seguramente me dirías que me lo hiciera mirar (creo que odiabas esa expresión. No lo creo, lo afirmo). Cada mañana de sábado, cuando yo tenía cuatro años, desayunaba viendo ‘Marco: de los Apeninos a los Andes”. Una serie que me rechiflaba. Y cuando se terminaba el capítulo, tocaba llorera, de las gordas, que no sé cómo me quitarías.

Y será que hoy estoy especialmente nostálgica, y que en mi habitación también tiene un rincón sagrado, pensé en que otro Marco, Simoncelli, más de 30 años, me volvió a hacer llorar. Por desgracia él no era un dibujo animado, era un ser maravilloso, un piloto de motos carismático, con un punto de locura que a muchos no les gustaba y que finalmente terminó en un fatal accidente que se lo llevó con 24 años.

No fue un sábado, sino un domingo, también por la mañana, pero esa vez nada podía calmar mis lágrimas. Tampoco mi dolor, porque a él lo vi morir en directo compitiendo.

Y en el colmo de lo absurdo de mi reflexión de hoy, nostálgica, triste, con el corazón hecho añicos y la cabeza a punto de explotar de tanto recordarte, se me viene a la cabeza el momento de tu adiós. Sólo recuerdo que cuando te empezabas el viaje más difícil yo sólo te besaba con fuerza. Y como Marco, el que los dibujos animados, decía “no te vayas, papá” (él buscaba a su madre). Como el otro Marco, Simoncelli, te marchaste luchando, como un campeón, resistiéndote a la parca, que al final te ganó el pulso.

Desde ese día nadie calma mis lágrimas, nadie sabe consolarme como lo hacías tú. Nadie, papá. Y siento de verdad no poder contar las cosas tan divertidas que nos pasaban, pero cuando estás intentando levantar cabeza y la vida te da otro puñetazo te deja noqueada, prácticamente KO, con miedo, con angustia, con incertidumbre… Te dejo ya. Que no quiero ponerte triste. Ya hay bastante tristeza en esta habitación, en la que la soledad se ha convertido en mi mejor compañera. ¡Cuídate, mi amor! ¡Te quiero!

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