Nostalgia de tu amada Deba en una gélida tarde invernal

¡Hola, papá! ¿Qué tal va todo? Yo hoy tengo un día en el que la melancolía invade mi alma. No sé muy bien por qué. Supongo que el silencio que hay en casa desde que tú te fuiste tampoco ayuda mucho. Y además el invierno se ha recrudecido y mis manos están casi tan gélidas como mi corazón.

Después de 7 semanas logré hablar con tus amigos Joserra y Marián. Sí. Esos a los que dedicaste aquel precioso artículo titulado ‘El primer mar’, que aún cuelga en un lugar privilegiado del restaurante ubicado en la misma plaza de Deba.

¿Recuerdas los huevos fritos con patatas caseras y jamón que nos comimos allí hace casi un año? Y, por supuesto, tu botella de Remelluri, especialmente descorchada para celebrar el reencuentro después de más de una década sin volver por allí.

La verdad es que pensaron que la llamada era para decirle que volvíamos, pero rápidamente el tono de voz les cambió cuando les conté que no, que era para comunicarles algo triste. “Ay, el aitá”, exclamó Marián mientras yo sujetaba el teléfono con las manos temblorosas y los ojos empapados en lágrimas. Sólo pude responder que sí y hacerle un breve resumen de cómo fue todo. Pero no te preocupes, mi amor, hemos quedado en que nos reencontraremos. Y ese día el local permanecerá cerrado para dedicarlo entero a nosotros y especialmente a ti.

No sé por qué desde el primer día que me hablaste de Joserra lo imaginaba como el típico señor vasco, de complexión fuerte, alto. Lo que tú llamabas un tiarrón, para entendernos. Mi sorpresa fue cuando me lo presentaste y era todo lo contrario. Un hombre de estatura normal, más bien delgado y con gorra para protegerse del frío y gafas. Amable, generoso y muy entrañable.

Creo que si estás leyendo esto te vendrá a la cabeza el famoso rodaballo al que te invitó en una de tus últimas visitas (yo no fui en esa ocasión), y que te conquistó el paladar por su frescura y su exquisitez. Recién traído del mar, comentabas siempre que hablabas de aquella comida.

La verdad es que hay veces que las mejores fotos las tiene uno guardadas en el disco duro de su memoria. Y de esas tengo mil, porque te fascinó volver allí, a pesar de que llegaste reventado al tren después de una larga caminata para poder volver a escuchar el ruido de ese primer mar, de ese río infinito que conociste con 18 años y que te dejó fascinado para siempre.

Como el destino es caprichoso, quiso que precisamente aquel primer mar fuera el último. Quizá porque se te olvidó tocar la campana de Santa Catalina para pedir volver otra vez. Pero siempre me quedará el orgullo de haber estado contigo, agarrada del brazo, contemplando las olas y regalándote un beso infinito en ese lugar mágico para un bohemio soñador de ojos grises cautivadores.

Espero que te haya gustado este pequeño recorrido por nuestra historia reciente y que tú estés feliz viendo todo desde donde estés. Al final yo siempre te ‘reñía’ porque le ponías finales tristes, extremadamente tristes, a tus cuentos. Ahora me puedes regañar a mí por no contar los cientos de anécdotas divertidas que hemos pasado juntos, pero que tengo guardadas en la recámara, porque también quiero que te rías cuando las recordemos juntos. ¡Te quiero, mi vida!

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