Un brindis por tu libro y un Carnaval sin pregonero


Cava para brindar por el libro que pronto verá la luz desde el maravilloso enclave de ‘La barra de Gonzalo’

¡Hola, papá! ¿Sigues contento? Yo también. Ayer por la noche, después de casi cinco meses, fue la primera vez que salí porque tenía algo que celebrar. No fue lo mismo sin ti, pero bueno, cuando miraba hacia la Plaza Mayor desde La barra de Gonzalo, te veía reflejado en el cristal, sonriendo, quizá con un poco de nostalgia en esos maravillosos ojos grises que desde hace tres meses también guardan los míos.

Los callos de ‘La barra de Gonzalo’. Un manjar de dioses.

Lógicamente hubo brindis con cava y, por fin, mamá probó los que yo te decía que eran los mejores callos del mundo. ¡Como hubieras disfrutado! Tenían una pinta exquisita y un olor… Seguro que salivabas desde donde estés.

Me puse guapa, dentro de lo que cabe, porque ahora me cuesta bastante más que cuando salíamos a tomar nuestros vinos, le di un toque de color a mis labios y no me puse mucho rimel por si acaso las lágrimas empezaban a brotar. Aunque no. Creo que ayer la felicidad interior superaba a la tristeza.

Ahora espero que me guíes, igual que lo haces cuando escribo cada día, para darme una idea de cómo quieres que sea tu portada. Todavía tengo la mente un poco bloqueada y tengo que buscar fotos de aquellas maravillosas jornadas carnavaleras con nuestra panda de la peña ‘El último’.

José Pinto, pregonero mayor del Carnaval, fallecido a dos días de pronunciarlo.

Este año el Carnaval mirobrigense no ha empezado demasiado bien. El encargado de dar el pregón ‘grande’, José Pinto, un ganadero que se hizo famoso por participar en varios concursos televisivos, murió de repente ayer y el alcalde, mi compañero de faenas en ‘El Adelanto’, Juan Tomás Muñoz, ha decidido suspender ese acto.

Cuántas veces soñaste con ser tú quien diera la bienvenida en ese Teatro Nuevo a una de las fiestas que más disfrutaste desde bien joven.

Pero bueno, al final tú y yo, sólo tú y yo, tuvimos el privilegio de ser pregoneros en Miróbriga en la asociación cultural ‘El Porvenir’. Por una vez, y sin que sirviera de precedente, te tomé la delantera y me eligieron a mi primero para tan gran privilegio.

Eso sí, conté con la inestimable ayuda de tu exquisita pluma. Nunca olvidaré la imagen en la que yo estaba en el escenario, nerviosa, con 120 pulsaciones al minuto, y tú desde abajo, mirándome embelesado desde tu silla, me hacías gestos con las manos para que leyera pausado, despacio.

Fue misión imposible. La verdad es que lo de hablar rápido es algo que nadie ha logrado corregirme. Y como de un pregón, como si de una boda se tratara, luego salió otro: el tuyo. Inolvidable, mágico, cautivador, hechizante, perfecto… como cada cosa que escribías con ese don que te dieron para la literatura.

Este año cuando suene ‘La Campana Gorda’ en el Casino, esa que tantas veces bailamos mientras nos tomábamos un aperitivo ‘light’ de Martini Blanco con ginebra, la canción comenzará con el ‘Ya estamos todos aquí’, pero no, no estarán todos. Faltarás tú, papá. Y yo también. Porque ya hace años que nos daba algo de pereza.

Pero en mi cabeza tengo mil y una anécdotas para contar, con las que pasamos risas y algún que otro rato de miedo durante los encierros y que me voy a guardar para narrarlas con todo lujo de detalles en estos próximos días de bullicio, jolgorio, música y diversión en las calles mirobrigenses.

Como cada día, y por si acaso se te olvida, te recuerdo lo de siempre. ¡Te quiero, papá!

‘La campana del Carnaval’ ya no es un sueño sino una realidad


La campana del Carnaval, fuente de inspiración de tu libro (Imagen:
aredisweb2.wordpress.com )

¡Hola, papá! Hoy ni te pregunto cómo estás, porque sé que no entrarás en ti de felicidad. ‘La campana del Carnaval’, esa maravillosa novela inspirada en la fiesta que tantos y tantos años vivimos juntos, y de la que te sentías tan orgulloso, ha dejado de ser un proyecto. Es una realidad.

No te puedes imaginar cuando esta mañana abrí el correo electrónico y vi que sí, que se publicaba, el vuelco que me dio el corazón. Primero, lógicamente, fueron lágrimas, pero ahora tengo un orgullo y una satisfacción que no se puede describir con palabras.

No hace falta que te lo diga, porque seguro que lo sientes. Mi corazón palpita más fuerte de la emoción y en mi cara por fin se ha dibujado una gran sonrisa.

Va a ser otro ‘hijo’ más, como tú llamabas a tus libros, que pase a engrosar la numerosa familia que ya tienes.

Y como el destino es un poco complicado de entender, la noticia llega a apenas unas horas de que Ciudad Rodrigo se convierta en fiesta, bullicio, encierros, capeas, reuniones de amigos, comidas… Para que esa campana que te inspiró esta novela vuelva a sonar anunciando que los toros ya están sueltos por la calle Madrid.

Bendita campana que cautivó tus oídos y tu pluma para que hoy te pueda dar esta gran noticia, papá. Cuando estabas en el hospital ya te lo decía que lo ibas a conseguir, que te merecías eso y más, aunque como el mundo de la literatura es tan complicado y salvo que tengas verdadero talento, la mayor parte de publicaciones que ven la luz son de hijos de papá o de cualquier Belén Esteban de la vida, tú no acababas de creértelo.

A pesar del dolor de tu marcha, yo no me rendí. Porque sí creo en ti, en que tus manos estaban hechas para firmar auténticas obras de arte en forma de libro. Ha sido tu recompensa y la mía. Tu felicidad y la mía. Tu orgullo y el mío, mi vida.

¡Enhorabuena, papá! Tu recuerdo está más vivo que nunca y tu legado sigue creciendo, porque hay una frase que siempre me encantó: ‘Sólo muere aquel que es olvidado! Y lejos de olvidarte, tienes mucha gente que te recuerda, te admira y te echa de menos.

¡Te quiero infinito, papá!

El amante del buen vino, los libros y las mujeres hermosas


¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Espero que tan guapo como siempre y que me eches de menos sólo la milésima parte de lo que te echo yo a ti.

Y es que no hay lugar por donde pase que no me recuerde al hombre que más he querido en mi vida. Tenías tantas vivencias, tantas inquietudes, tantos conocidos (porque amigos en vida pocos y ahora que ya no estás desaparecieron otros cuantos), tanto… en general.

Esta mañana estaba en el supermercado y a cualquier lado que miraba te sentía. Tus alubias pintas, el pulpo, los boquerones, los berberechos de tamaño XXL, el bacalao ahumado, las cervezas nuevas, las aceitunas y, por supuesto, el vino.

Muy a tu pesar, y ahora al mío también, nunca me gustó un buen vino. Sólo mojaba los labios y recuerdo que mi ceño se fruncía, porque el sabor no me acababa de llenar.

Todo lo contrario a ti. Lo sorbías lentamente, lo saboreabas un rato en tu boca y luego tragabas. Disfrutabas cada sorbo.

Lo que sí me enseñaste bien eran los que realmente apreciabas. El primero, como no, el Vega Sicilia, del que guardabas unas cuantas botellas para cuando volvieran los premios literarios.

La terraza con vistas a la sierra y una silla que siempre estará vacía


Tu terraza, papá, que ibas a pintar este año, pero que ya lo haré por ti para que siga igual de bonita.

¡Hola, papá! ¿Qué tal llevas el día? ¡Madre mía hay 20 grados y está terminando febrero! El tiempo está un poco loco. Desde mi habitación, a lo lejos, oigo reír y charlar animadamente a las vecinas en su terraza. Y sólo pienso lo feliz que estaría tú en tus sillas viendo de fondo la sierra de Béjar y con un rico aperitivo antes de comer.

¡Cómo disfrutabas allí! ¿Verdad? No había nada que me hiciera más feliz que cruzar la calle, verte asomado a la barandilla y que me saludaras desde arriba. Yo te lanzaba besos y aceleraba mi paso para llegar antes a dártelos en persona.

Tú me regalabas tu mejor sonrisa y cuando entraba en casa nos quedábamos un rato allí ‘cotilleando’ de quien pasaba por la calle o simplemente contándote cualquier cosa que hubiera sucedido en el rato que no te había visto.

Era tu lugar favorito para sentarte a leer en las noches de verano, siempre con tu buena cerveza fría al lado. Allí tenías tus flores, tus toldos, tus estrellas y la luna, a la que te podías pasar horas mirando sin cansarte.

Ahora soy yo la que la miro cada noche por si desde donde estás tú también la estás viendo y podemos cruzar nuestra mirada.

Cuando éramos muy niñas, y como el calor siempre pega fuerte en la época estival, te gustaba cogerte una colchoneta y una almohada y dormir allí con la única luz que llegaba desde las constelaciones estelares. Era un auténtico placer para ti hasta que, como niñas, se nos ocurrió ir a hacerte compañía. Y entonces la tranquilidad se convertía en una auténtica batalla campal por ver quién tenía el mejor sitio para descansar.

De madrugada, cuando las temperaturas empezaban a bajar, nos cubrías con una manta para que no cogiéramos frío y ya con los primeros rayos de luz nos llevabas a la cama, porque era hora de irse a trabajar.

Allí también vivíamos nuestras noches de San Lorenzo, contando estrellas fugaces y yo pidiendo deseos. Especialmente que las siguiéramos viendo muchos años juntos. Al final la vida fue bastante generosa, fueron más de cuatro décadas las que tuve la suerte de tenerte a mi lado, aunque para mí se me quedan muy cortas, porque me hubiera gustado que fueras eterno, mi vida. Te dejo porque estoy hecha un mar de lágrimas, mi boca reseca de tanto llorar y mis manos temblorosas. ¡Qué vacío tan grande!

Se me olvidaba preguntarte por los Óscar. Bueno, no. Por las estatuillas no. Sólo quería saber a cuál de tus dos ‘divas’ viste más guapa: Jennifer López (la Jenny, como la llamabas familiarmente) o Charlize Theron. Te dejo las fotos por si aún no las has visto.

¡Te quiero, papá!

Fonseca, el lugar de la luz por el día y la magia de las estrelladas noches estivales


Triste y sola, triste se queda Fonseca y quien esta mañana quiso llevar allí tu recuerdo

¡Hola, papá! ¿Cómo estás pasando el domingo? Espero que al solecito y con una cerveza fría disfrutando de algún bello paisaje.

Hoy también ha tocado paseo. Al final es mi momento favorito del día. Comenzar a caminar sin rumbo e ir dejándote guiar un poco por donde te dicta el corazón. Mi soledad y yo nos encontrábamos algo nostálgicas esta mañana y mi cabeza de repente se acordó de un lugar especial para los dos: el colegio Fonseca.

Despacito, porque ya te he contado que ando floja de fuerzas y de defensas, llegué hasta su patio, me senté y quise disfrutar del silencio. Un silencio infinito que te deja meditar, reflexionar y que tu mente recuerde los momentos mágicos que allí pasamos.

Siempre era un sitio de celebración. Por las mañanas cuando había algo que celebrar íbamos a su exquisito restaurante con esas privilegiadas vistas que se tienen desde el ventanal. Y cuando el sol caía, durante los meses de verano, el patio de convertía en improvisado escenario al aire libre para acoger a algunos de los mejores artistas nacionales o internacionales de las más variadas disciplinas artísticas.

Allí reímos, cantamos y bailamos tantas y tantas veces al contagioso ritmo de la inigualable Vieja Trova Santiaguera; las notas de Compay Segundo y, sobre todo, con la gaita de uno de tus más admirados músicos: Carlos Núñez.

Te embelesaba con cualquiera de sus temas, pero cuando llegaba ‘Bailando con Roxiña’, aquel hombre que parecía serio y formal saltaba del asiento para mover brazos y piernas con esa descoordinación total que tenías para llevar el compás, pero que te hacía aún más divertido.

De hecho, si no mal recuerdo, fue con él, a Carlos Núñez, con quien te despediste de este enclave que tanto te fascinaba hace ya hace tres veranos. La violinista que le acompañaba bajó del escenario para interactuar con el público y fue haciendo un trenecito para que los asistentes subieran allí a bailar al ritmo de tan pegadizas notas.

Tomó mi mano y yo enseguida me giré para coger la tuya, pero preferiste quedarte en tu asiento riéndote, porque en el fondo, como muchas veces me decías, pensabas que estaba como una cafetera.

Y allí terminé yo, en el escenario, brincando y aplaudiendo a tu músico favorito mientras me mirabas con una cara que irradiaba felicidad, con esos ojos grises que brillaban incluso más que las estrellas en ese espacio único de tu querida Salamanca.

Cuando volví a mi asiento te regañé por vago. Por no haber vivido tú ese momento. Y es que al final los momentos son únicos y nunca vuelven, por desgracia, especialmente los buenos.

Después de ese rato de silencio, sentada en el banco que más de una vez compartimos, continué mi ruta y aproveché para saludar a don Miguel de Unamuno, que la última vez que lo vi, el 31 de diciembre, estaba muy solicitado. Hoy no. Sólo algún turista se paraba para mirar y hacer una foto a su estatua.

Y así terminó otra mañanita de domingo, en la que no tengo muchas cosas más por contarte y en la que mis ojos otra vez llegaron llenos de lágrimas por lo insoportable que es intentar vivir sin mi amor eterno. ¡Te quiero, papá!

El ‘Tejerazo’, el tabaco y los discos que desaparecieron por unas horas


Antonio Tejero, en el Congreso de los Diputados, el 23 de febrero de 1981 (foto El País)

¡Hola, papá! ¿Cómo sigues? Supongo que disfrutando de esta primavera anticipada que va a estar otra semana más. Con lo friolero que eras, estarás encantado de ponerte un rato al sol desde tu terraza particular ahí arriba.

Hoy es 23-F, el día del ‘Tejerazo’, como tú mismo lo calificaste. Y quiero recordar con todos aquellos que leen la manera en la que vivimos aquella jornada.

A pesar de que han pasado la friolera de 38 años, me fluyen perfectamente las imágenes de aquella jornada. Era por la tarde, no había colegio o no habíamos ido porque Marta estaba con algo de fiebre y en el salón estaba puesta la radio, como casi siempre hacías a las horas en punto para enterarte de las noticias.

De repente se interrumpió la programación y comenzó a sonar música militar. Y entonces rápidamente pusiste la tele. Tampoco había emisiones. Sólo la carta de ajuste y más música militar.

Empecé a notar en ti un gesto de preocupación y a oír por primera vez en mi vida la palabra golpe de estado. No tenía ni idea de lo que era, pero tu manera de actuar me decía que algo no iba bien.

Estaba en casa una amiga jugando y su hermano apareció corriendo a recogerla. Las tías se presentaron de repente y fue ese momento en que tú aprovechaste para bajar corriendo al estanco a hacer acopio de tabaco, pues era la época en que fumabas dos cajetillas diarias.

Como siempre, tú intentabas tranquilizarme e intentaste explicarme de la forma más sencilla posible y comprensible para una niña de 8 años el por qué de aquel alboroto. Me dijiste que un militar había entrado en el Congreso de los Diputados cuando se estaba votando al que iba a ser nuevo presidente del país y que la intención de ese asalto era hacerse con el poder.

Te pregunté que si era algo malo, pero creo que no me quisiste asustar más. Con el tiempo me di cuenta de que aquello podía haber sido algo realmente grave.

No había noticias por ninguna parte. La música militar seguía sonando, tú fumabas con el gesto preocupado mientras que buscabas un lugar seguro para guardar algunos discos de cantautores reivindicativos, que sabías que te podían costar hasta la vida si aquello se consumaba.

Mi miedo iba creciendo cuando me asomé a la terraza y vi las calles vacías. Sólo pasaban tanques y tanques, que hacían un ruido que aún hoy llevo clavado en mis oídos.

La música militar en la radio fue dejando paso a algunas primeras y confusas informaciones, momento que aprovechaste para acompañar a tía a su trabajo al hospital. Eras muy valiente, papá. Mientras en casa nos quedamos esperando ansiosas y preocupadas tu vuelta.

Recuerdo que fue una noche larga, muy larga. También como Manuel Fraga gritaba que quería irse del Congreso y de aquella famosa frase “Quieto todo el mundo”, con la que Antonio Tejero irrumpió en el hemiciclo mientras que otras militares disparaban al techo para amedrentar a los diputados.

Todos se tiraron al suelo menos dos: Antonio Gutiérrez Mellado y Adolfo Suárez, que no dudó en poner su vida en juego para defender a su compañero cuando los golpistas le zarandearon para intentar tirarlo al suelo.

Poco a poco, pero ya de madrugada, y aunque me llevaste a la cama como cualquier otra noche, oía tu conversación con mamá y, por fin, la música militar cesó para dar paso al discurso del Rey donde decía que el intento de golpe de estado había fracasado.

Te fuiste a la cama tarde, cansado, exhausto por la preocupación de esas largas horas. Mamá y yo salimos por la mañana, tampoco hubo colegio ese día, y le dejaste encargado que te comprara ‘La Vanguardia’ y ‘El País’. Querías conocer los distintos puntos de vista de la prensa y conocer al detalle lo que había ocurrido para luego poder hablar con conocimiento de causa sobre lo que había pasado en una jornada que forma parte de la historia de España y que después nos contaste con detalle para que supiéramos lo que había pasado y también poder hablar de ello, valorar la libertad, la democracia… Qué fortuna haber tenido un padre como tú, siempre queriendo que fuera una hija que supiera de casi todo, menos de fútbol, pero como no nos gustaba a ninguno de los dos, no había mucho problema.

Voy a terminar diciéndote algo que seguro que te va a enorgullecer. La poca gente que todavía conoce el blog, me dice que escribo bonito. Yo sé que como tú no lo hacía nadie, pero me gusta. ¡Te quiero, papá!

Ochenta años sin San Antonio Machado y mi primera gripe sin tus cuidados


La tumba de ‘San Antonio Machado’, en Colliure

¡Hola, papá! ¿Cómo va todo? Espero que mejor que por aquí. Desde que te fuiste todo el mundo me dice que sobre todo el primer año voy a pasar días malos: tu cumpleaños, San Ignacio, el Día del Padre… Pero hoy no es ninguna festividad especial y también te echo de menos.

Tu muerte minó mi apetito y creo que también mis defensas y ahora mismo te escribo con casi 38 de fiebre y, como bien sabes, un dolor de tobillos impresionante (que nadie piense que estoy loca, pero desde niña a medida que mi temperatura corporal aumenta, esas articulaciones se convierten en auténticas losas de plomo que me dejan exhausta).

Y estoy aquí, en mi cama, con tu ordenador, pensando en cuando venías a ponerme el termómetro, te sentabas junto a mí y pasábamos este rato tan malo juntos, charlando de cualquier cosa, y tú constantemente pendiente de si necesitaba algo, lo que fuera. Por suerte nunca necesité nada más que un par de antigripales y unos reconfortantes besos para al día siguiente estar como nueva, pero hoy sólo tengo una caja con pastillas para quitar la fiebre y una botella de agua para no deshidratarme. Miro la puerta de mi habitación sabiendo que ya nadie va a venir a sentarse en mi cama para ver si sigo mejor y te puedo prometer que no hay consuelo.

Pero vamos a cambiar de tema. La gripe se pasará y quizá mañana esté ya recuperada. Estoy segura de que no hace falta que te recuerde que hoy hace 80 años que falleció San Antonio Machado, como tú le llamabas. Y sé que en ese calendario con anillas que está en tu despacho, si tuviera valor para ir pasando páginas, lo tendrías apuntado entre las fechas importantes, pero la última vez que lo consultaste fue el 6 de octubre y desde entonces he decidido dejar parado el tiempo ahí.

Por un día, Twitter te hubiera encantado. Tu admirado escritor lleva siendo tema del momento todo el día. Y la gente lo está recordando con el hashtag #Machadoenuntuit. Cada uno va colgando una frase o un párrafo de ese legado, también eterno, que dejó a la humanidad.

Y aunque no te lo creas, el primero que me ha aparecido, ha sido uno que tú solías utilizar con frecuencia, porque realmente lo pensabas así. “En España, de cada diez cabeza nueve embisten y una piensa”. De repente te he imaginado pronunciándola y una tímida sonrisa se ha dibujado en mi cara, ahora siempre con ojeras, la mirada perdida y una lágrima asomando.

Después, he seguido leyendo y he encontrado esta otra que te encantaba recitar, de memoria, por supuesto, porque para ti Machado era un referente, y con la que hoy quiero cerrar este post:

“Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace el camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino sino estelas en la mar”.

¡Te quiero, papá!

El empleado rebelde que duró un día atendiendo clientes en su primer trabajo


¡Hola, papá! ¿Qué tal va todo? Por tu casa pocas novedades. Los rosales siguen brotando y ya tengo ganas de que empiecen a echar flores. Por tu Salamanca querida las cosas también están tranquilas. No tanto en España, donde Pedro Sánchez ha publicado ya su libro (no te dés muchos cabezazos contra las paredes) y un tal Palomo Linares, hijo de su padre, también se dedica ahora a juntar letras.

El panorama político está calentito y ayer Pablo Casado invitó al presidente del Gobierno a ir embalando su colchón, que por lo visto fue lo primero que hizo cuando llegó a la Moncloa para que no se le pegara nada de Rajoy. ¡Qué país!, como dirías tú.

Después de ayer, donde mi pena me llevó a escribir una entrada demasiado bucólica, hoy quiero que los que me leen conozcan de nuevo tus cosas más divertidas. Y como cada día, siempre brotan cuando voy de paseo matinal para intentar despejar un poco la cabeza.

Pasaba yo por Unicaja, lo que antes era la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Salamanca y no pude menos que acordarme de ti, pero con una sonrisa, como la que se te ponía cuando contabas a la gente una de tus primeras experiencias como trabajador de una entidad que si ya era irreconocible desde hace años, no te puedes imaginar cómo está ahora.

Cuando comenzaste a trabajar, el director decidió ponerte en ventanilla para que atendieras al público, pero no se dio cuenta de que por aquel entonces eras un hombre serio, me atrevería a decir que poco simpático.

Así que llegó uno de tus primeros clientes y supongo que sería de estos señores que van al banco a pasar la mañana (lo justo para ti). En un momento determinado sé que terminó con tu paciencia y no le contestaste de la forma políticamente correcta. El señor, indignado, te dijo que quería hablar ahora mismo con el director. Quizá se pensó que te iba a asustar o algo así, pero tú, con ese carácter tan fuerte, y sin que te temblara la voz, le indicaste: “Primera puerta a la derecha”.

Lógicamente que fue para allá a comentar el altercado. Al día siguiente pasaste al departamento de personal. Y allí estuviste muchos años, casi hasta la jubilación, en el que te encargaron escribir la ‘Historia de Caja Duero’ y te sentiste pleno, porque todos sabemos que trabajar en banca fue la manera de mantener holgadamente a tu familia, pero lo que siempre te gustó fue la literatura, un camino que te forjaste tú solo a base de mucho leer y de horas en tu máquina de escribir. Autodidacta, meticuloso, cautivador y con tanta garra que llegaste a la final del premio Planeta.

¡Qué orgullo de padre! Nada más por hoy, cariño. ¡Te quiero!

Los Marco que marcaron mi vida y otras cosas absurdas de un día gris


¡Hola, papá! ¿Cómo va todo? Por aquí supongo que ya ves que las cosas no se nos están poniendo demasiado fáciles. Hay rachas que el destino te empieza a poner obstáculos y no sabes hasta dónde. Es como si quisiera poner a prueba tus límites. Una crueldad máxima cuando apenas hace dos meses que perdí a la persona que más me quiso en mi vida.

Hoy estoy cansada, confundida, intentando encontrar un por qué a todo lo que esta pasando, pero creo que con eso lo único que consigue es reavivar el dolor, la pena, el duelo. El duelo, maldita palabra, que además todo el mundo sabe cómo tienes que pasarlo y te miran a la cara y te dan consejos mientras tú sólo piensas en qué sabrán ellos.

Y con esto no generalizo, porque hay personas que sí se han esforzado en dedicar un minuto o diez de su tiempo en hablar contigo y escuchar tus sentimientos, calmar tus lágrimas o rodear tu hombro con su brazo para que puedas desahogarte a gusto.

Recordando como siempre las miles de cosas que me contabas de cuando era niña, o incluso bebé, no me digas por qué, o sí, empecé a hilvanar cosas que pueden resultar hasta absurdas. Realmente creo que lo son, pero la inspiración se me debe haber escapado en alguna de las incesantes lágrimas que salen de mis ojos por cualquier cosa. Un libro, una moneda, una canción… hasta ir a hacer la compra se ha convertido en una tortura.

Pero bueno, a lo que iba. Y sé que si estuvieras aquí seguramente me dirías que me lo hiciera mirar (creo que odiabas esa expresión. No lo creo, lo afirmo). Cada mañana de sábado, cuando yo tenía cuatro años, desayunaba viendo ‘Marco: de los Apeninos a los Andes”. Una serie que me rechiflaba. Y cuando se terminaba el capítulo, tocaba llorera, de las gordas, que no sé cómo me quitarías.

Y será que hoy estoy especialmente nostálgica, y que en mi habitación también tiene un rincón sagrado, pensé en que otro Marco, Simoncelli, más de 30 años, me volvió a hacer llorar. Por desgracia él no era un dibujo animado, era un ser maravilloso, un piloto de motos carismático, con un punto de locura que a muchos no les gustaba y que finalmente terminó en un fatal accidente que se lo llevó con 24 años.

No fue un sábado, sino un domingo, también por la mañana, pero esa vez nada podía calmar mis lágrimas. Tampoco mi dolor, porque a él lo vi morir en directo compitiendo.

Y en el colmo de lo absurdo de mi reflexión de hoy, nostálgica, triste, con el corazón hecho añicos y la cabeza a punto de explotar de tanto recordarte, se me viene a la cabeza el momento de tu adiós. Sólo recuerdo que cuando te empezabas el viaje más difícil yo sólo te besaba con fuerza. Y como Marco, el que los dibujos animados, decía “no te vayas, papá” (él buscaba a su madre). Como el otro Marco, Simoncelli, te marchaste luchando, como un campeón, resistiéndote a la parca, que al final te ganó el pulso.

Desde ese día nadie calma mis lágrimas, nadie sabe consolarme como lo hacías tú. Nadie, papá. Y siento de verdad no poder contar las cosas tan divertidas que nos pasaban, pero cuando estás intentando levantar cabeza y la vida te da otro puñetazo te deja noqueada, prácticamente KO, con miedo, con angustia, con incertidumbre… Te dejo ya. Que no quiero ponerte triste. Ya hay bastante tristeza en esta habitación, en la que la soledad se ha convertido en mi mejor compañera. ¡Cuídate, mi amor! ¡Te quiero!

Augusto Pimenta y el loco viaje a Gandía pasando por Cascais


La ‘Boca do Inferno’, en Cascais

¡Hola, papá! ¿Cómo estás? Supongo que igual ya te has encontrado con él por ahí arriba, pero ayer murió tu amigo Augusto Pimenta, cónsul honorario de Portugal. Tenía 88 años, unos cuantos más que tú. Me enteré a última hora de la noche y pensé que, por desgracia, cada vez sois más los que os vais.

Hay días que da miedo abrir el periódico, porque a medida que pasan la vida, vas viendo como se marcha la gente que quieres, que aprecias o que simplemente conoces.

Lógicamente al ver su esquela, no pude por menos que acordarme de unas de las vacaciones más locas de la familia Carnero. Tú, enamorado siempre del mar y de los paisajes hermosos, cautivadores, hechizantes, de aquellos que pudieran inspirar tu espíritu para después plasmarlo en algún cuento, novela o artículo de prensa, decidiste que el verano de 1988 lo íbamos a pasar en Cascais, porque había visto la ‘Boca do Inferno‘ y te había maravillado.

Así que hicimos las maletas para disfrutar en tierras lusas y de madrugada, no recuerdo muy bien el día de julio que era, nos montamos en un tren destino Lisboa.

¡Qué viaje, papá! Largo, cansado y con aquel pobre señor al que le habían robado la cartera y abría una y otra vez los compartimentos del vagón para ver si los encontraba, a la par que daba voces de desesperación.

Cuando por fin llegamos a la estación, allí estaba tu amigo Augusto, con un Mercedes impecable, dispuesto a acercarnos a nuestro destino final. El trayecto fue de locos. Recuerdo a mamá completamente mareada por las rotondas y los frenazos y con el único miedo de no manchar el impoluto vehículo.

Como nunca eras de los que te gustaba ir con todo reservado, fue el propio Augusto quien nos cogió un apartahotel en Cascais. Bastante alejado de la playa y más cuando vas sin transporte privado.

Decidimos bajar a comer andando y terminamos en un chiringuito donde el cartel colgante del menú amenazaba nuestras cabezas y después subimos a dormir la siesta.

Ya por la noche, son el salón del alojamiento repleto de gente apoyando a la selección portuguesa, porque había una competición importante, Marta y yo preferimos quedarnos en la habitación y pedir algo al servicio de habitaciones.

Mamá y tú salisteis a dar un paseo a ver si podías tomar un vino o una copa, como cada día hacíais en Salamanca. No tardastéis mucho en regresar. Y cuando llegaste a nuestra habitación, dijiste.”Este sitio no me gusta. Hemos pasado por una agencia que anuncia viajes a Gandía, (donde habíamos estado el año anterior), y mañana a primera hora nos vamos para allí,

A primera hora el bueno de Augusto estaba ya en la puerta con su Mercedes para llevarnos de nuevo a la estación de tren. Y de allí hicimos un primer trasbordo Lisboa-Madrid, luego Madrid-Valencia y finalmente Valencia-Gandía. 24 horas de regreso a ese destino mediterráneo donde estaba ‘Kissi’, una preciosa perrita blanca, que en cuanto te olió comenzó a ladrar y a dar brincos de alegría, aunque habían pasado 12 meses.

Por suerte, allí te encontrabas como en casa. Sólo fue accidentado el inicio de las vacaciones, pero luego te encantaba contarle a la gente que tú habías sido el único que había viajado a Gandía pasando por Lisboa.

Por cierto, acabo de salir a ver tus rosales. Algunos ya tienen brotes y en unas semanas empezarán a llenarse de hojas y luego de esas hermosas flores que le ponen un toque de luz a la terraza.

¡Qué cabeza la mía! Se me olvidó comentarte que hay un nuevo académico en la RAE. Carlos García Gual ocupa el sillón J, vacante desde la muerte de Francisco Nieva en 2016.

Bueno, papá, espero no tener que contarte muchas más noticias como las de hoy, aunque al final seguro que te estás riendo acordándote de aquel loco viaje. Te dejo mi vida. ¡Te quiero infinito!