Tu primer colegio, las gafas rotas y el ‘pos se me olvidó’

Tu colegio, papá

¡Hola, papá! ¿Cómo va el día? Como cada mañana que puedo salgo a pasear, ya sabes que últimamente no me gusta mucho estar en casa. Prefiero que el aire gélido del invierno acaricie mi cara y despeje un poco mi empanamiento mental.

Así que hoy mamá quería que le fuera a buscar el periódico (quitamos la suscripción cuando te fuiste porque tú eras el que realmente disfrutabas leyéndolo y no lo cogías sólo para ver los sucesos y las esquelas, como hace ‘la parienta’).

Como nunca tengo rumbo definido, simplemente me dejo llevar por los pies, estaba pensando donde comprar el pan, pero pan rico. No esa especie de chicle precocido que tú odiabas y yo también. Y me acordé de un kiosko cercano a la calle Toro donde podía hacer ambos recados.

Caminaba por allí con las manos en los bolsillos, porque se me olvidaron los guantes, cuando las voces de unos niños llamaron mi atención. Y me giré. Entonces me dí cuenta que estaba pasando por tu colegio, en el que empezaste a ser el hombre sabio, culto, intelectual en el que te convertiste.

Los niños celebraron el día de la paz al son de ‘Imagine’

De fondo sonaba ‘Imagine’, de John Lennon, y es que hoy es el Día Mundial de la Paz. Y lógicamente mi cabeza comenzó a imaginar, mejor dicho, a imaginarte.

De repente me acordé de aquella anécdota que contabas una y mil veces con una sonrisa en la boca. Como eras un poco ‘trasto’, una mañana, durante el recreo, le rompiste las gafas a un niño. Tenías miedo de contarlo en casa, porque seguramente que la abuela te iba a castigar, y tampoco querías volver al cole, porque te iba a caer una buena regañina.

Así que durante varios días, a pesar de que tu madre te dejaba en la misma puerta del centro escolar, tú te esperabas a que desapareciera y te refugiabas en unas escaleras cercanas esperando a que llegara la hora de volver a casa.

Un secreto que nadie conocía hasta que una mañana pasó por allí tu vecina Gabi y, lógicamente, se lo fue a contar a tu madre, que rauda bajó al lugar y te preguntó que por qué no habías entrado a la escuela. Como ya apuntabas maneras de genio, le respondiste: ‘Pos se me olvidó’.

Al final no te libraste del castigo y, aunque no recuerdo que lo contaras, supongo que también te dieron algún cachete. ¡Qué ocurrencias!

Luego ya dejabas la parte graciosa para contar la seria. La de los ‘cabrones’, como tú mismo los definías, que olvidaron una granada de la Guerra Civil en el patio, y que nadie sabe cuánto tiempo llevaba allí camuflada. Hasta que una mañana de recreo algunos de los chavales que compartían juegos contigo vieron una objeto extraño que llamó su atención, tiraron de él y les explotó. Fatal desenlace que terminó con la vida de varios de ellos, dos de tu pandilla (sé que tienes guardado el recorte por ahí y cuando pase un poco más tiempo lo buscaré).

Cuántas anécdotas para contar. Y lo mejor era cómo lo hacías. ¡Gracias, papá por todo lo que aprendí contigo! Y no lo olvides nunca. Por mil años que pasen ¡te quiero!

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