La capa charra siempre la luciste con más garbo que yo


Como empecé a escribirte todo lo que me iba pasando un poco más tarde de lo que debía, porque me flaqueaban las fuerzas, hoy te voy a contar lo que hice el 31 de diciembre. Tú y yo sabíamos que ese día era especial para nosotros.

Además de ser el último del año, tenía un significado muy marcado para quien tanto amaba la literatura.

A la una en punto, llegábamos a la calle Bordadores, junto a la estatua dedicada a don Miguel de Unamuno, y sí, recalco bien el don, para ver el homenaje que el Ayuntamiento le rinde con motivo del aniversario de su fallecimiento.

Y no puedo olvidar que ése era uno de los pocos días en que tú te ponías tu capa charra. Esa que te encantaba y que ‘castigaste’ algún tiempo en el armario porque a mamá se le ocurrió llevarla a la tintorería para que le limpiaran los terciopelos internos, que estaban bastante sucios, pero como tú decías tenían solera.

Mucha solera. La verdad. Pero al final, por suerte, cada 31 de diciembre la sacabas de tu armario para rendirle tu particular homenaje a uno de los escritores a los que más admirabas.

Como te fuiste apenas un par de semanas antes de esa añorada fecha, tuve mis dudas sobre seguir con esa tradición, puesto que sabía que la emoción me iba a poder y las lágrimas iban a brotar de mis ojos.

Al final decidí que es donde te hubiera gustado que estuviera. Así que no se me ocurrió mejor tributo al amor de mi vida, es decir, a mi padre, que acudir y ser yo la que portara tu capa. 

Fueron muchas las imágenes que se me vinieron a la cabeza, tuve que tragar mucha saliva, pero me puse un vestido bonito, como me gustaba hacer siempre ese día, taconazos, me fui a la peluquería para que mi cabello brillara tanto como mis ojos al recordarte y allí estuve, sin poder soltar la capa ni un momento, porque era como si estuviera contigo, acariciándote.

Y como quería sonrieras desde el cielo, por un día dejé las gafas de sol en casa, a pesar de que el día lo pedía, para presumir de ojos, como me pedías siempre que me veías con ellas puestas.

Tengo tantas historias que contarte, mi amor. Pero bueno, poco a poco. Como siempre me despido con un ‘Te quiero’ infinito. Hasta mañana, mi vida.

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Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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