El más difícil no es el primer beso, sino el último


Sí. Ya sé que no soy la única persona en el mundo que ha perdido a su padre, que es ley de vida y que antes o después todos nos acabamos quedando huérfanos, unos más temprano y otros cuando sus progenitores tienen ya una edad avanzada.

Empiezo este blog justamente un mes después del último beso que le pude dar a mi padre cuando aún estaba vivo y esperando a que en cinco días le lleváramos a una residencia para comenzar una rehabilitación que le hacía falta para recuperar la calidad de vida que había perdido después de más de 60 días hospitalizado y un montón de salvajadas consecuencia de repetidas negligencias médicas que le fueron minando poco a poco hasta terminar con su existencia.

Hace justo 30 días mi felicidad era completa porque mi padre salía del hospital. De momento a ese lugar tan poco acogedor como es una residencia, pero sabiendo que las horas que durante los últimos años le dedicaba a diario en casa, que eran casi las 24 del día, las íbamos a pasar juntos allí, luchando con todas nuestras fuerzas por volver a caminar normal sin los cinco dedos del pie izquierdo que le amputaron tras la ‘sabia’ decisión de una inepta residente de primer año de colocar una escayola hasta la rodilla por la fractura de dedo meñique.

Sin embargo, faltaban horas para el fatal desenlace. Nunca podré olvidar aquel último beso, o besos, porque siempre me parecían pocos, y hasta mañana, cariño: ¡Te quiero mucho, hasta el infinito, papá! ¡Descansa, mi vida, que mañana a primera hora estoy aquí! 

Una hora después en mi móvil sonaba una llamada que me hizo dar un vuelco al corazón. Mi tía me gritaba desesperada que bajara, que mi padre se había puesto muy mal.

Con las piernas temblando y un esguince en el tobillo, corría sin aliento a una parada de taxi cercana para bajar hasta el Hospital Clínico Universitario de Salamanca y subía desencajada a la sexta planta. Las enfermeras intentaban calmarme diciendo que ya estaba estable, pero yo quería saber lo que significaba exactamente esa palabra después de la agónica llamada de mi tía, que hacía el turno de noche, porque no queríamos que pasara solo ni un segundo.

Poco me faltó para saberlo. Recuerdo que me metieron en una sala con los médicos de la UVI. Había sufrido un ahogamiento con los mocos que nadie le había aspirado en cuatro días, a pesar de subir de la UVI con una insuficiencia respiratoria causada por una bacteria que le dejaron en la herida del pie y que se subió al pulmón.

Ya no había marcha atrás. Era cuestión de horas. Sedacion, morfina y esperar a que dejara de respirar. 

Imposible olvidar ese momento. Del subidón matinal al golpe sin anestesia que suponía saber que Nacho, mi padre, mi otra mitad, por el que llevaba luchando más de dos meses se estaba apagando.

Un dolor infinito empezó a llenar mi corazón. Mi mano cogió la suya porque no quería que dejara de sentir mi calor, aunque yo me comenzaba a quedar fría, vacía, porque sabía que perdía al amor de mi vida. Empezaron 36 horas de agonía, 36 horas eternas para él, al que recuerdo cerrando los ojos para iniciar el viaje más difícil de su existencia, y para mí. Maldito 13 de octubre.

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Publicado por

Patricia Carnero

Periodista, bloguera y huérfana de padre desde el 15 de diciembre. Este es mi pequeño tributo al hombre que me dio la vida y todo lo que necesité para convertirme en una persona, principalmente, buena, como él, culta, educada y sabia. ¡Gracias, papá, por estos 45 años que me has dejado vivir a tu lado!

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