La maruja ahora llega en enero y las setas también


¡Hola, papá! ¿Cómo va todo? Por aquí la cosa va regular. Muchos jaleos. Pero vamos tirando como podemos. La verdad es que está haciendo un invierno es muy duro, pero aunque no te lo creas ya hay maruja.

Sí, maruja. Ese manjar de ‘dioses’ que tanto te gustaba aliñada con un poco de aceite de oliva y un poco de ajo. ¡Lo que podías disfrutar de tus ensaladas! Y la verdad es que tenía una pinta excelente. Te he sentido relamiéndote de gusto.

Pero no sólo eso. Como está lloviendo mucho, en breve habrá setas. Y supongo que se te estará haciendo la boca agua de la que te comías en aquel viejo bar, de exquisito trato a la clientela, y que hacía esquinazo a la avenida de Italia. Y, además, como amigos, os ponía generosas raciones recién cocinadas por las manos de su mujer. Acompañado, como no, de unos buenos vinos para ayudar a que entraran mejor.

Cierto es que tenías menos peligro allí, aunque fuera con tres vinos, que cuando te dedicabas a cogerlas tú por el campo. ¡Las que pudiste liar! Si es que tenías para escribir un libro.

Nunca se me olvidará la anécdota del perro que te encontraste en la mitad del campo cuando ibas tú con la navaja para traer un cesto, que generalmente iban a la basura, porque no nos fiábamos de que realmente fueses comestibles, pero era una forma divertida de pasar la mañana de los domingos.

Ahora, lo que fue épica es la del día que te metiste en una finca a buscar unas cuantas y con había un gran barrizal a la entrada. Teníamos un coche modesto (el ‘Supermirafori) y lograste entrar. Pero ¡ay, amigo! luego había que salir. Y las ruedas se metieron en el lodo y no había manera de sacarlo de allí (sé que ahora te estarás riendo a carcajadas). Saliste a la carretera a buscar ayuda y pasó un coche de la Guardia Civil, pero era demasiado poco potente, por lo que pidieron refuerzos. Y allí llegaron los compañeros con un ‘todoterreno’. Como era domingo llevaban uniforme de gala y se tuvieron que meter con él para empujar hasta que finalmente te pusieron de nuevo en la carretera y llegaste a casa para contarnos esta aventura que tantas y tantas veces repetiste después.

Cada día miro Twitter para ver “lo que ha pasado por el mundo”, que era tu frase favorita cuando estábamos tomando nuestro vino cada noche en el Cava Comerón. Hoy he visto que se han alineado la luna, Venus y Júpiter, un espectáculo único en el que seguramente habrás vuelto a tener un lugar de privilegio para verlo desde el cielo.

Por lo demás, ya sabes. El fútbol sigo moviendo masas y TT y los políticos siguen en una guerra sin tregua que realmente nadie sabe a dónde nos va a llevar. Pero como esos temas nunca nos interesaron en exceso, porque llega un momento en que te saturan, prefiero que hoy te quedes con la imagen de la maruja recién cortado. Estoy aprendiendo la receta para cuando te vuelva a ver en la séptima farola de la eternidad. Me despido un día más, mi amor, con la misma tristeza que invade mi corazón desde el 15 de diciembre y diciéndote como siempre las que eran tus dos palabras favoritas: ¡Te quiero!

Tu primer colegio, las gafas rotas y el ‘pos se me olvidó’


Tu colegio, papá

¡Hola, papá! ¿Cómo va el día? Como cada mañana que puedo salgo a pasear, ya sabes que últimamente no me gusta mucho estar en casa. Prefiero que el aire gélido del invierno acaricie mi cara y despeje un poco mi empanamiento mental.

Así que hoy mamá quería que le fuera a buscar el periódico (quitamos la suscripción cuando te fuiste porque tú eras el que realmente disfrutabas leyéndolo y no lo cogías sólo para ver los sucesos y las esquelas, como hace ‘la parienta’).

Como nunca tengo rumbo definido, simplemente me dejo llevar por los pies, estaba pensando donde comprar el pan, pero pan rico. No esa especie de chicle precocido que tú odiabas y yo también. Y me acordé de un kiosko cercano a la calle Toro donde podía hacer ambos recados.

Caminaba por allí con las manos en los bolsillos, porque se me olvidaron los guantes, cuando las voces de unos niños llamaron mi atención. Y me giré. Entonces me dí cuenta que estaba pasando por tu colegio, en el que empezaste a ser el hombre sabio, culto, intelectual en el que te convertiste.

Los niños celebraron el día de la paz al son de ‘Imagine’

De fondo sonaba ‘Imagine’, de John Lennon, y es que hoy es el Día Mundial de la Paz. Y lógicamente mi cabeza comenzó a imaginar, mejor dicho, a imaginarte.

De repente me acordé de aquella anécdota que contabas una y mil veces con una sonrisa en la boca. Como eras un poco ‘trasto’, una mañana, durante el recreo, le rompiste las gafas a un niño. Tenías miedo de contarlo en casa, porque seguramente que la abuela te iba a castigar, y tampoco querías volver al cole, porque te iba a caer una buena regañina.

Así que durante varios días, a pesar de que tu madre te dejaba en la misma puerta del centro escolar, tú te esperabas a que desapareciera y te refugiabas en unas escaleras cercanas esperando a que llegara la hora de volver a casa.

Un secreto que nadie conocía hasta que una mañana pasó por allí tu vecina Gabi y, lógicamente, se lo fue a contar a tu madre, que rauda bajó al lugar y te preguntó que por qué no habías entrado a la escuela. Como ya apuntabas maneras de genio, le respondiste: ‘Pos se me olvidó’.

Al final no te libraste del castigo y, aunque no recuerdo que lo contaras, supongo que también te dieron algún cachete. ¡Qué ocurrencias!

Luego ya dejabas la parte graciosa para contar la seria. La de los ‘cabrones’, como tú mismo los definías, que olvidaron una granada de la Guerra Civil en el patio, y que nadie sabe cuánto tiempo llevaba allí camuflada. Hasta que una mañana de recreo algunos de los chavales que compartían juegos contigo vieron una objeto extraño que llamó su atención, tiraron de él y les explotó. Fatal desenlace que terminó con la vida de varios de ellos, dos de tu pandilla (sé que tienes guardado el recorte por ahí y cuando pase un poco más tiempo lo buscaré).

Cuántas anécdotas para contar. Y lo mejor era cómo lo hacías. ¡Gracias, papá por todo lo que aprendí contigo! Y no lo olvides nunca. Por mil años que pasen ¡te quiero!

San Valero llega este año con una ciclogénesis explosiva


¡Hola, papá! Hoy es San Valero. ¿Recuerdas? Aunque ya hace muchos años que no íbamos a la fiesta de ese pueblo que te hizo enloquecer de belleza una noche de verano mirando su cielo, sí es cierto que unas cuantas tardes de frío pasamos allí viendo el primer festival taurino del año en la provincia.

Después, cuando terminaba, era la hora de ir a disfrutar de una buena merendola en el bar Canete. Y un vino de la sierra para que entrara en calor el cuerpo. ¡Qué tiempos aquellos! ¿Verdad?

No sé si desde ahí arriba se siente, o si incluso eres tú el que está soplando y provocando este vendaval que deja un ambiente gélido en la calle y lluvia. Un temporal de los de toda la vida, que hace ya algunos años alguien decidio denominar como ‘ciclogénesis explosiva’. Un buen titular para abrir informativos y periódicos en el caso de que no haya noticias más importantes. Y la verdad es que todos los días, varias veces, abro Twitter para ver “qué ha pasado por el mundo”, como si me lo siguieras pidiendo y estuvieras a mi lado leyendo la noticia.

La verdad es que no hay mucho que contar. Seguimos con el fútbol, los presupuestos sin aprobar y aún colean historias de la trama Gürtel. El cuento de nunca acabar.

Un día como hoy, nublado, lluvioso, con tu veleta en forma de cigüeña sonando sin cesar no ayuda mucho a que mi ánimo crezca, aunque la gente se empeña en repetirme una y otra vez que a ti no te gustaría verme así.

Yo también tengo ganas de levantarme una mañana y sonreír, que mis ojos vuelvan a recuperar el brillo que tenían cuando ibas agarrado de mi hombro y de pensar que me estás esperando allí arriba para darme ese beso infinito que tanto añoro, pero creo que es algo que va a tardar.

Lo siento, papá, que sólo me veas llorar, que no quiera ni pasar por el salón y que mis historias no sean más divertidas. Supongo que vendrán tiempos mejores, aunque lo único que tengo claro es que el vacío que has dejado en mi corazón no lo va a llenar nadie.

Te dejo, mi vida, que hoy no estoy muy comunicativa, como verás. Ahora, en breve, cogeré nuestro paraguas del hotel Londres, mis botas, mi abrigo y mis guantes y me iré a dar un paseo a ver si sobrevivo a la ‘ciclogénesis explosiva’ . No lo olvides nunca, mi amor: ‘Te quiero’.

El hombre que enciende y apaga las estrellas cada noche


¡Hola, papá! Como durante un tiempo después de irte no fui capaz de abrir un blog, te perdiste varias cosas que sé que ahora te gustaría conocer. Aunque te las contaba a través de Facebook, no es lo mismo. Este es mi lugar para contarte todo lo que, por desgracia, no puedo hacer en persona.

No sé si recuerdas en el hospital cuando tu querida amiga Adriana, que a sus 6 años está enorme, te mandaba mensajes para que te pusieras bueno. En una de esas conversaciones que teníamos, que eran muchas y variadas, me dijiste este año había que dejarle su regalo de Reyes, como habíamos hecho ya un par de ellos más.

Ella te adoraba y tú la adorabas a ella. Incluso cuando estabas sedado te ponía el Whattsapp y en tu cara se dibujaba una sonrisa e intentabas abrir un poco los ojos, algo que era un gran esfuerzo para ti, pero lo hacías porque era una de tus personas especiales.

Bueno. Pues siempre respetando todo lo que me pediste, y a pesar de que me costó un esfuerzo psicológico importante, el 4 de enero quedé con tu niña para darle su regalo. Ya sus tíos le habían explicado que estabas en el cielo, pero ya sabes que los pequeños de hoy en día son muy listos. Demasiado. Y en un momento determinado de la conversación, me preguntó: ¿Cuánto hace que murió Nacho?

Mi cara empalideció. No sabía ni por dónde me había venido el golpe. Pero tuve una capacidad de reacción que ni yo misma me lo creo. No sé si se quedó muy conforme, pero le dije: “Adriana. Nacho no ha muerto. Estaba malito y como él era muy listo, lo llamaron porque necesitaban a alguien que todos los días encienda y apague las estrellas. Así que ya sabes. Cada vez que veas una estrella, la más grande que haya cada noche, es Nacho que te está saludando”. Mientras tanto las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos. Creo que fuiste tú el que me ayudaste a contarle esa historia tan bonita para que no te olvide nunca.

Luego cogió sus chocolatinas de los Reyes Magos y decidió que tú te parecías a Melchor, así que ya sabes, déjate la barba bien blanca. Después cogió su ‘Tragabolas’ y se fue encantada con el primer regalo especial de esa noche tan mágica.

Gracias, papá, porque tú también siempre fuiste mágico y lo sigues siendo. ¡Te quiero, mi amor!

La primera visita de Mónica y el ‘Marqués de Cáceres’ en el armario de casa


¡Hola papá¡ Hoy está un día simplemente radiante. Yo creo que son esos ojos grises tan hermosos que iluminan la ciudad, porque ayer estuvo aquí, y no lo hacía desde el 2 de mayo. Fíjate. ¡Cuánto tiempo!

No te voy a decir que estaba guapa; supongo que lo difícil es que estuviera fea. Pero aunque sabemos que nos estábamos viendo desde arriba, nos hicimos una foto que te dejaré en tu ordenador para cuando lo abras.

Estaba afectada. No podía imaginarse tampoco venir a Salamanca y no verte. Compartimos casi 2 horas de tertulia. En el Cava, donde la viste por última vez.

Y aunque tú mejor que nadie sabías su debilidad por el vino de ‘Marqués de Cáceres’, como se quedó en el armario de casa, tomó un caña de cerveza en copa. Exactamente igual que ese dos de mayo. Estuvimos hablando de tu inmensa obra literaria, que ella conocer mejor que yo porque le encanta devorar libros, y los tuyos los recuerda todos, pero recuerda con especial cariño ’28 de diciembre’

En el fondo las dos te sentíamos ahí, a nuestro lado, sentado en tu taburete, con tu vino y una sonrisa gigante.

No podía ocultar su orgullo por haber conocido a uno de los escritores que más le había entusiasmado, y se daba cabezazos, como todos, de que sigan durmiendo el sueño de los justos. Ya le dije que tenías uno en la Diputación esperando a ver si se publica, pero de momento seguimos sin noticias.

Cotilleando Facebook, que te recuerda lo que hacías cada año, me recordó que hace 365 días te las estaba preparando para merendar. Ya hace casi 4 meses que ese horno no se enciende. Mi receta mágica del hornazo también te la metí con mi corazón en la caja de madera.

Por cierto, papá, ¿te acuerdas que teníamos un grupo de Whattsapp de ‘Los piscineros? donde estaban todos tus colegas de Tejares. Ayer lo eliminé. En un mes y medio no he recibido ni una llamada ni un mensaje ni de apoyo ni de recuerdo. Creo que al final o no eran tan amigos o sólo te apreciaban a tí.

Te dejo mi vida, que hoy con lo que te he contado y la foto ya sé que vas a estar supercontento. Y como nunca te gustó el fútbol, no veas el tiempo que ahorro contándote lo que ha hecho tal o cual equipo.

Recuerda una vez más, aunque sea muy pesada, que te quiero con locura y que sueño con ese abrazo infinito cada noche.

‘Mi héroe’, un conciertazo, el misterio del pañuelo desaparecido y Julen


¡Hola papá! Hoy estreno dominio, así que perdona que el blog este hecho un poco desastre, pero era necesario hacerlo. Lo iré mejorando poco a poco. Ahora se acumulan las entradas y parece que te llevo escribiendo 24 horas, cuando en realidad ya son dos semanas las que llevamos compartiendo esas cosas que te contaba cada día y ahora ya no puedo hacerlo.

Ayer fue a mi primer concierto después de perderte. El de Antonio Orozco. A tí no te hubiera gustado, porque no coincidíamos demasiado en gustos musicales, pero tenía la entrada desde principios de diciembre y era un cantante al que quería ver desde hace tiempo. Me imagino tu comentario cuando lo hubieras sabido. “Ya vas a ver otro sopazas”. Y yo me hubiera reído y te hubiera dejado refunfuñando.

Total, al final eras feliz si a mí me veías feliz. Aunque bien es cierto que lo de ayer distó bastante de la felicidad. Me senté en mi asiento, sola (aunque eso es lo de menos, porque últimamente me gusta demasiado la soledad) y a los 10 minutos se iluminó el escenario y apareció un cartel, en una pantalla tipo cine, donde se podía leer: “Los heróes son héroes porque no saben que lo son”. Y entonces comenzaron a sonar las primeras notas de la canción que yo tarareaba desde la primera ve que la oí y que siempre te dediqué; ‘Mi héroe’ (aquí te la dejo para que la escuches con calma).

Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos, los apreté con fuerza y comencé a visualizar imágenes que había vivido junto a tí. Después llegó el ‘Devuélveme la vida’ y otro poco más de lo mismo.

Y yo que me había puesto toda guapa y me había pintado los labios de rojo, que sabía que te encantaban…

Pero lo más extraño de la noche fue que antes de salir de casa, como no encontré pañuelos de papel, fui a tu mesilla y cogí uno de los que te había regalado este verano para secar mis lágrimas. Lo tuve todo el rato conmigo, pero al ir por la calle de camino a casa lo empecé a buscar y no apareció. Se quedó allí, en el asiento 10 de la fila 7, donde volvimos a revivir tantas cosas bonitas. Y es que yo creo que al final no querías que yo tuviera ese recuerdo de una noche tan complicada y alguna trastada harías para que se me cayera.

Cuando llegué, puse la televisión, como cada noche, y vi una noticia que hasta ahora no te había contado porque siempre queda un hilo de esperanza hasta que se confirma lo peor. Hace 10 días, un niño de nombre Julen, y de sólo 2 años, se cayó a un pozo. Después de excavar y de acceder a un sitio muy difícil de llegar, otros héroes, aunque seguramente desolados por el final, los que tuvieron el valor de llegar hasta los 80 metros de profundidad donde se encontraba el pequeño, lo encontraron sin vida. Seguro que te has quedado tan conmocionado como lo estamos todos.

Hoy viene a verme una persona muy especial para tí, quizá la más especial: Mónica. Sé que desde arriba brindarás con nosotras y que te daré un poco de envidia, pero te guardaré bien las fotos para que las mires con esos ojos tan hermosos que se te ponían cada vez que la veías. ¡Te quiero papá! Hasta mañana.

El recuerdo de don Fernando en la misa de San Francisco de Sales


¡Hola, papá! Ya sé que aún estarás ‘cagándote ‘ en todos los dioses, pero la verdad es que fue un momento muy emotivo. 

Por la tarde nos encontramos al párroco de San Marcos, Fernando, como le llamabas tú cada vez que pasaba por delante del banco donde te sentabas cada tarde y le invitabas a un ‘whisky’, que negaba entre risas.

Se paró con su habitual sonrisa para ver cómo nos iba la vida. Y fue entonces cuando le comunicamos que te habías ido.

Se quedó pálido. No sabía por dónde le había venido. No sabía casi ni qué decir. Fue entonces cuando dijo que iba a tener un recuerdo muy especial en misa. 

Y yo no pude decir de nada. 

Evidentemente. Porque iba a ser una cosa bonita. Además, ya se lo advertí, que no eras ni católico ni apostólico, sino más bien lo contrario.

Así que a las 20.30 allí estábamos, puntuales, en la iglesia. Y llegó la hora de recordar a los difuntos. Pero él no te recordó como a uno más, te recordó como a un amigo, como a Nacho Carnero, tal y como le pedí cuando entraba por la iglesia.

Y sólo minutos hablaba de San Francisco de Sales, patrón de los periodistas. Y pensaba yo en las casualidades de la vida, porque a fin de cuentas tú eras periodista. No reportero, pero sí columnista, uno de los mejores que tuvieron en sus páginas ‘El Adelanto’ y ‘La Gaceta’, ese panfleto que ni tan siquiera tuvo la decencia de dedicarte una línea en sus páginas el día de tu muerte, cuando todo el mundo dice que eres quizá el mejor cronista de Salamanca de los últimos tiempos.

Bueno, papá, te dejo, que hoy me voy a de concierto y sé que cada canción me va a recordar a ti. En realidad todo me recuerda a tí, porque aunque me repito mucho, eres eterno. ¡Te quiero!

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La capa charra siempre la luciste con más garbo que yo


Como empecé a escribirte todo lo que me iba pasando un poco más tarde de lo que debía, porque me flaqueaban las fuerzas, hoy te voy a contar lo que hice el 31 de diciembre. Tú y yo sabíamos que ese día era especial para nosotros.

Además de ser el último del año, tenía un significado muy marcado para quien tanto amaba la literatura.

A la una en punto, llegábamos a la calle Bordadores, junto a la estatua dedicada a don Miguel de Unamuno, y sí, recalco bien el don, para ver el homenaje que el Ayuntamiento le rinde con motivo del aniversario de su fallecimiento.

Y no puedo olvidar que ése era uno de los pocos días en que tú te ponías tu capa charra. Esa que te encantaba y que ‘castigaste’ algún tiempo en el armario porque a mamá se le ocurrió llevarla a la tintorería para que le limpiaran los terciopelos internos, que estaban bastante sucios, pero como tú decías tenían solera.

Mucha solera. La verdad. Pero al final, por suerte, cada 31 de diciembre la sacabas de tu armario para rendirle tu particular homenaje a uno de los escritores a los que más admirabas.

Como te fuiste apenas un par de semanas antes de esa añorada fecha, tuve mis dudas sobre seguir con esa tradición, puesto que sabía que la emoción me iba a poder y las lágrimas iban a brotar de mis ojos.

Al final decidí que es donde te hubiera gustado que estuviera. Así que no se me ocurrió mejor tributo al amor de mi vida, es decir, a mi padre, que acudir y ser yo la que portara tu capa. 

Fueron muchas las imágenes que se me vinieron a la cabeza, tuve que tragar mucha saliva, pero me puse un vestido bonito, como me gustaba hacer siempre ese día, taconazos, me fui a la peluquería para que mi cabello brillara tanto como mis ojos al recordarte y allí estuve, sin poder soltar la capa ni un momento, porque era como si estuviera contigo, acariciándote.

Y como quería sonrieras desde el cielo, por un día dejé las gafas de sol en casa, a pesar de que el día lo pedía, para presumir de ojos, como me pedías siempre que me veías con ellas puestas.

Tengo tantas historias que contarte, mi amor. Pero bueno, poco a poco. Como siempre me despido con un ‘Te quiero’ infinito. Hasta mañana, mi vida.

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Los tomates gigantes en pleno mes de enero


¡Hola, papá! ¿Cómo sigue todo por ahí? Aquí siguen los días nublados, el frío y la amenaza de nieve. Pero aunque no te lo creas hoy, en el paseo matinal que suelo darme todos los días para evitar estar en casa, ya he visto tomates gigantes, de esos que me encantaba traerte porque para tí eran un manjar de dioses.

La verdad es que les falta color, son de los que ahora llaman ‘rosé’ (no quiero pensar lo que dirías cuando te comentara el nombre) y supongo que sabor, porque cada cosa tiene su época y el tomate bueno, ese que te comías sólo con un poco de sal y que crece en las huertas de Salamanca, no llegará hasta bien entrado agosto.

Ahora es todo un poco locura. En las fruterías hay cerezas, fresas y cosas que antes eran impensables antes de una determinada época.

He vuelto al fisio. Ya te dije que me caí. Y la verdad es que tengo una parte de cuello que apenas puedo girar la cabeza. Inés, la chica que estaba en recepción, me ha dado un abrazo enorme cuando me ha visto, porque sabes que te apreciaba mucho. Como tanta otra gente.

Te hacías querer, papá. Últimamente habías cogido una costumbre que a mí me encanta, aunque haya gente que me diga que estoy un poco pasada de moda: besar la mano a las señoras o señoritas que se paraban a hablar contigo. Te habías convertido aún en más caballero de lo que ya eras.

Estos días son complicados. Ya he recibido la primera llamada para ir a buscar tu certificado de defunción. Y me está dando pánico pasar por ese momento. Todo el valor y la alegría se me quedó en aquellas largas jornadas de hospital donde no me cansaba de sonreír y de hacerte cosas para que tú también sonrieras y te quedaras más tranquilo cuando me marchaba para casa.

Entiendo que es su trabajo, pero no sé cómo pueden tener tanta frialdad los hombres que se dedican a las pólizas de decesos. Bueno. Al final para ellos eres un número. Exactamente que cuando estás en el hospital y te tienen que dar la comida o hacer una prueba. Nadie decía vamos a llevarnos a Ignacio, sino hay que llevarse al de la 106A.

Ya te contaré cosas de la nueva chica que viene a limpiar a casa. Se llama Ainhoa. Sabe lo que significas para mí y me va a enseñar a podar rosales. Además quiere que limpiemos tu despacho con todo el cuidado del mundo para que tus libros luzcan relucientes y no se estropee por el paso del tiempo.

Bueno, mi vida. Te dejo. Que supongo que ya habrás comido y estarás a punto de echarte la siesta, si es que no estás machacando oreja ya.

¡Te quiero, papá! Y cada día que pasa más. Ahora entiendo cuando la gente me dice que se puede morir de pena. Te mando un beso infinito.

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La esparraguera de la vida y tus tres ‘amigos’ australianos


¡Hola, papá! ¡Qué fuerte viene está viniendo el invierno! La verdad es que no hay quien para de frío. Aunque casi mejor, porque como decías tú sabiamente: ‘Como temple un poco nieva! Lo que te gustaba esa frase, sobre todo en verano, cuando todo el mundo se quejaba del calor que hacía. Aún puedo ver sus caras y la tuya partiéndote de la risa.

Como buen genio siempre tenías la palabra perfecta en el momento adecuado.

Pero por desgracia los genios no son inmortales, aunque alguien debería remplanteárselo, porque cada vez quedan menos y este país cada día va peor.

Ya sé que tú no eras mucho de cotilleos, pero esta mañana lo he leído y he pensado en tu comentario. El tal ‘Paquirrín’, al que no le voy a poner calificativos porque tú y yo ya sabemos quién es este personaje, cobra 45.000 euros a la semana por estar en un ‘reality’ (no me mates por utilizar anglicismos, que ya sé que tú eres un purista del castellano).

Hace unos días me percaté de un detalle que me puso muy triste. Tu ‘esparraguera’, esa planta que tenías en tu despacho, ya no está.

De repente se me vino a la memoria lo que decías de ella. Que era como tú vida misma. Si se secaba un poco caías enfermo, cuando estaba verde y reluciente, tú también estabas así. Y es verdad que este verano comenzó a marchitarse.

Yo todos los días le echaba agua y le quitaba las partes que estaban secas. Sé que parece una bobada, pero seguramente se acabó de secar aquel 15 de diciembre y mamá, además, ha tirado hasta el tiesto, o lo tendrá para plantar alguna cosa suya.

Por aquí tengo a tus tres ‘amigos’ australianos: Ramón, Benito y Miguel. Así quedamos en que se llamarían el koala, el canguro y el pingüino que me pediste como regalo de mi viaje a Australia cuando te los llevé al hospital.

Creo que también están tristes, como yo. Durante muchos días te estuvieron esperando en tu mesilla, junto a tu cama, para darte la bienvenida cuando regresaras a casa. Ahora los tengo en mi habitación, y los abrazo muchas veces, al igual que hago con tu almohada, tus libros…Con todo lo que hace que sienta un poco de calor en el corazón gélido que me has dejado con tu ausencia.

Poco más, cariño. Supongo que habrás disfrutado como nadie de la ‘superluna’, que anoche lucía más bonita que nunca, quizá porque estabas tú iluminándola para que la viera y me acordara más de ti.

Me despido como cada día, papá. ¡Te quiero! Y sólo sueño con el día en que volvamos a vernos y a fundirnos en un abrazo que esta vez sí, va a ser infinito y eterno, porque no quiero separarme de ti nunca.

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